martes, 3 de diciembre de 2013

Comandante Torrabadella

Este texto es parte de un juego de un grupo de Facebook (¡Yo he venido aquí a hablar de mi libro!, es el grupo en cuestión), en el que se nos daban cinco frases a elegir una de ellas como inicio del relato y otra como frase final del mismo. Esto es lo que ha dado de sí mi ingenio, en este menester. Espero que os guste.




El hombre salió del cohete con aire despreocupado. Bajó la escalinata con cierto aire de superioridad, ni siquiera las leves risillas que se escuchaban de fondo le hicieron perder el paso. Desde luego si la misión había fracasado no había sido por su culpa. Y justo por ese motivo alguien iba a pagar los platos rotos.

-          ¿Qué diantres ha pasado? – Espetó
-          La verdad no lo sé Baltasar. – Le contestó la voz al otro lado de la radio.
-          ¿Baltasar? Para ti, comandante Torrabadella. – Seguía con paso firme, sin quitarse la escafandra, quizá para ocultar su rostro, entre el enfado y la vergüenza.
-          Sí, señor, no lo sé señor. – La voz de la radio se iba haciendo pequeñita por momentos.

Cuando llegó al Centro de Operaciones de la misión le empezaron a avasallar con disculpas, informes inacabados, más disculpas y varias excusas. Las culpas pasaban de los ingenieros aeroespaciales a los informáticos y de vuelta, cual partido de badmington.

Todo eso a él le parecía palabrería barata. No en vano él era Baltasar Torrabadella Beascoa. Heredero del Conde de Torrabadella y de varias decenas de títulos menores. En su familia no se permitía el fracaso. No se concebía. Y eso, a ojos vista de su familia, iba a ser un fracaso. Bien sonoro. Y retransmitido por televisión a no menos de cincuenta países. ¡Por Dios! Ya se imaginaba las burlas de su padre y su abuelo. Por no hablar de las de sus cuatro hermanos.

Nada más quitarse el traje espacial, y ponerse su uniforme de gala del ejército del aire, se marchó como alma que lleva el Diablo. No quería escuchar más excusas baratas. Lo único que quería era montar en su Lamborghini Murciélago, bajar la capota y disfrutar del viento sobre su ondulado cabello castaño, salpimentado con bastante fortuna por unas cuantas canas. Ni siquiera iba a escuchar la radio. No necesitaba que nadie le recordara tan vergonzante momento.

No llegó a disfrutar ni tan siquiera de cinco kilómetros de viaje, a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, cuando en la lejanía divisó un coche en la cuneta. Aminoró la marcha, ante la más que fundada sospecha de que pudiera ser algún tipo de control. ¡Qué más le podía salir mal! Redujo cuanto puedo, pero no fue suficiente. El guardia civil hizo un gesto perentorio con la mano, y Baltasar supo que hasta allí había llegado.



8 comentarios:

  1. Un buen relatato con tintes futuristas, aunque choque con lo más trivial :-)

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    1. Gracias María, por pasarte y por tus palabras.

      Saludos

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  2. Curiosa y arriesgada elección de frases de inicio y fin. El relato se lee con agilidad y combina bien los dos elementos. Si es que hay días que más vale no levantarse de la cama XD

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    1. Pues sí, muchos más de los recomndables... XD

      Gracias y un saludo!

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  3. Me ha sacado una sonrisa este relato. Me esperaba otra cosa y me tomó por sorpresa. Muy bueno, Ramón y enhorabuena por el blog, seguiré leyendo.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Sandra. Y por pasarte por estos lares. Me alegra el haberte sacado una sonrisa.

      Saludos!

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  4. La verdad es que el principio no te hace intuir para nada como va a ser el devenir de la historia, aunque saber el nombre del protagonista si que te muestra la frase del final. Me ha gustado.

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  5. Pobre Baltasar, más le valdría no haberse levantado esa mañana jajajajaja

    Que día más malo le planteaste al pobre muchacho.


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