"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. El lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense".
Alfred Hitchcock
—¿Alguien me puede decir por qué estamos aquí?
—Fue su apoteósica frase inicial.
—Eh… ¿Por lo del libro…? —Dijo titubeante
un asistente, entre los murmullos de los allí congregados.
¿Libro? No sabía nada de un libro. Él desde luego no había
escrito ninguno. Su madre sí, escribió uno de recetas. Pero no podía
ser por eso.
—¿Qué libro? —Preguntó, después muchas dudas.
Temía que la multitud se inquietara. Una cosa estaba clara,
si aquella gente se alborotaba contra él, le podían dar mucha cera.
El murmullo se intensificó.
—El libro del advenimiento… —Era otra voz, igual
de titubeante que la primera— El que anunciaba su llegada ante nosotros. Hoy.
Ahora. Aquí.
Esto le desconcertó tanto que ni se molestó en preguntar el
significado de advenimiento. Quién era esta gente, y qué narices les hacía
pensar que era a él a quien estaban esperando. Hoy. Ahora. Allí.
No tenía ningún sentido.
Continuará...
150 palabras es una entrega dominical, creada por Marta, (DiarioDeAlgoEspecial) de una microhistoria o microrrelato, con la que podemos dar rienda suelta a nuestra creatividad, y enfocada a los niños. Te daré tres palabras de inicio, y habrá que crear un cuento. ¡de 150 palabras!
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Para conocer como nació esta idea de 150 palabras y las reglas, puedes hacer click aquí.
Si quieres leer la historia desde el principio, empieza aquí. Si quieres leer el capítulo anterior, es este.
Yavoy conociendo
un poco la nave, aunque aún no la he recorrido toda. No tengo tanto tiempo
libre como creía en un principio. Debo seguir con la preparación física, para
lo cual me han puesto un gimnasio, que para él lo querría Rocky Balboa. También
sigo con la aclimatación para la ingravidez en un habitáculo especial para
ello, ¡sin agua! Qué alegría me ha dado, porque al final, con las prisas, no me
traje los manguitos... Lo mejor de todo es que tengo televisores en todos los
departamentos de la nave, así algunas cosas van siendo menos aburridas.
Hace tres días ya que se estropearon
los relojes de la nave. Estaba jugando al FIFA y de repente apareció un mensaje
de: “Error grave del sistema. Aceptar”. Acepté, no sin reparos, ni maldiciones
varias, y a partir de ahí se “fueron”
los relojes. Es una putada, porque empiezo a tener desordenes biológicos. Pero
bueno, me tendré que ir acostumbrando poco a poco a hacer las comidas y las
siestas conforme me las vaya dictando el cuerpo. Así y todo, echo de menos
saber la hora de Quintanar de la Orden.
Nunca había contemplado una posibilidad real de ser un ejemplo
para nadie. Como tampoco lo había hecho sobre qué legado iba a dejar para el futuro.
Lo único real era su dolor de cabeza, bueno y los doscientos muchachos que
había frente a él mirándole como al mesías.
No había pedido aquello. De hecho, nunca había pedido nada
más allá de la siguiente cerveza. Quizá alguna tapa para acompañarla. Y sin
embargo allí estaba. Lo peor de todo era no recordar cómo había llegado a
aquella situación, a aquel momento. Esa era la única parte mala del consumo
desmedido de alcohol.
Aunque por lo general no se despertaba en medio de
situaciones como aquella. Por lo general, cuando despertaba, su mayor
preocupación era dónde había aparcado el coche, o dónde estaban las llaves.
Por fin se animó. Hizo un gesto para apaciguar a la masa
antes de comenzar a hablar.
150 palabras es una entrega dominical, creada por Marta, (DiarioDeAlgoEspecial) de una microhistoria o microrrelato, con la que podemos dar rienda suelta a nuestra creatividad, y enfocada a los niños. Te daré tres palabras de inicio, y habrá que crear un cuento. ¡de 150 palabras!
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Esta historia la escribí hace tiempo. Acababa de leer el libro de Stephen King, Mientras escribo. Es un libro en que habla de sus vivencias como escritor y da también algunos consejos para aquellos que quieran escribir historias, relatos, novelas... En el libro venía una especie de reto (lo que me gusta a mi un reto), en el que él proporcionaba las líneas básicas en cuanto a personajes principales y argumento. A mi la idea me pareció interesante, así que me animé. También sugería que aquel que escribiera la historia se la enviara y él les contestaría con su opinión. Yo esto no lo hice, primero porque ya me cuesta escribir en castellano, como para hacerlo en inglés, y segundo porque cuando yo leí el libro debía hacer unos seis años que estaba publicado. Espero que os guste.
Se conocieron en la universidad. Él estaba
estudiando periodismo y ella arquitectura. El primer encuentro fue en una de
las múltiples fiestas que celebraba la hermandad de él. Ella llegó acompañada
de un par de amigas, las cuales tenían a sus novios en aquella hermandad. Nada
más verla se sintió atraído hacía ella. Se pasó un buen rato observándola, casi
memorizando cada detalle de su físico. Su pelo negro rizado, sus ojos verdes,
su boca de diseño casi minimalista, surostro con un ligero toque bronceado. Su silueta tampoco desmerecía,
pero él prefirió centrarse en el la cara. Si no se atrevía a aproximarse a ella
ese día, la podría recordar perfectamente si se la cruzaba por el campus. De
todo lo que memorizó lo que más le gustaba era la boca. No tenía los labios
carnosos, ni siquiera su propietaria los había hecho resaltar, era el encanto
de lo natural lo que le llamaba la atención. Un amanecer no necesita del
technicolor para ser bello, aquellos labios tampoco necesitaban de aditivos
para cautivar. Estaba a punto de lanzarse al acecho cuando oyó la voz de su
amigo Brian.
- ¿Dónde te metes Mike? Llevaba un rato buscándote.
Ven, te quiero presentar a alguien.
No tuvo ocasión de replicarle. Quería decirle que
no, que él ya sabía a quién quería conocer. Pero antes de poder reaccionar
Brian ya le había cogido del brazo y lo llevaba a rastras, como una grúa a un
coche mal aparcado. Y lo llevaba en dirección a aquella mujer. No se lo podía
creer. No podía tener tanta suerte. Quizá no la tenga, pensó, a lo mejor no es
a ella a quién me va a presentar. Y aunque así fuera, ¿qué posibilidades tengo
con una mujer así? Los pensamientos se le acumulaban, en el breve camino que
recorrieron.
- Es aquella morena de allí. - Dijo Brian un poco
antes de llegar. -Es amiga de mi novia.
Lleva un buen rato controlándote tío. Quiere conocerte.
- ¿A mí?
- Sí, ya ves, estará loca, porque para querer
conocerte...
Mike ni se molestó en replicarle. No podía, era un
almacén de nervios en aquel momento.
- Mike, esta es Sara. Estudia arquitectura. - Dijo
Brian, haciendo de maestro de ceremonias. - Este es Mike, un proyecto de
periodista.
- Hola. - Fue todo lo que pudo articular Mike.
- Hola, Mike. - Dijo ella. La voz hacía juego con
la boca. Era dulce, acogedora y con una sensualidad elegante.
Tras los nervios de rigor de los primeros minutos,
ambos se fueron soltando. Tomaron un par de copas y decidieron dar un paseo por
el campus. Paseo que acabó viendo amanecer y desayunando en la cafetería. Durante
ese tiempo se contaron parte de sus vidas. Él le habló de su Denver natal. De
lo mal que lo pasaba en su época de estudiante allí, por preferir estudiar a
hacer deporte para poder ingresar en una universidad decente. Le habló de sus
padres y de cómo a base de esfuerzo habían conseguido sacar adelante a sus tres
hermanos y a él. Sólo dos de los cuatro habían conseguido llegar a la
universidad, él y Bob el siguiente más mayor que él. Ambos habían conseguido
becas gracias a sus más que buenas notas. Ella resultó ser hija única de un
prestigioso arquitecto de Miami. También había tenido algunos problemas en su
juventud, aunque en su caso no había sido por vivir en un barrio pobre, ni por
la escasez de dinero. Su origen hispano en un colegio elitista había sido uno
de los motivos. El hecho de ser inteligente y rechazar su ingreso en el equipo
de animadoras, pese a su más que dotado físico, había conseguido hacer de ella
una marginal. Todo aquello lo único que consiguió fue reforzarla más. Era una
mujer inteligente, independiente y con unas ideas muy claras sobre su vida.
Quedaron en verse al día siguiente para ir al cine.
Y volvieron a quedar al siguiente, y al siguiente. Mike disfrutaba cada segundo
con ella, era una mujer muy divertida, de cada situación era capaz de hacer un
chiste o una broma. Seguía sin creerse la suerte que estaba teniendo. Empezaron
a hacer planes de futuro. Ambos estaban en el último año de carrera y ninguno
de los dos tenía la menor intención de separarse del otro. Mike recibió una oferta
de un periódico de Portland y se mudaron allí. Ella no tardó en conseguir un
empleo en una firma de arquitectos. Su cargamento de matrículas de honor fue
aval suficiente.
Al año de vivir juntos se casaron. Y al mes de
casados empezaron los problemas. Él tenía que quedarse muchos días hasta tarde,
por si llegaba algo a la redacción que hubiera que meter antes del cierre. Ella
empezó a sacar su lado oscuro.
- ¿Algún día vas a venir a una hora normal?
- Es lo que suelo hacer, cariño.
- ¿Sí? Pues yo llevo una semana que casi ni te veo.
- Ha sido una semana rara.
- ¿Rara? A saber qué habrás estado haciendo.
- Ya sabes lo que he estado haciendo.
- Sé lo que tú me cuentas, no lo que has estado
haciendo.
- ¿Qué insinúas cielo?
- He visto cómo te mira la rubia de bote esa.
- ¿Mandy?
- ¡Lo sabía!
- ¿Qué?
- No es la única rubia que trabaja allí, pero sin
embargo es la que tú has nombrado. Te acuestas con ella, ahora lo tengo claro.
- Estás loca.
- Sí, claro, traicionas mi amor por ti en mis
narices y estoy loca. Genial.
- Sabes de sobra que te quiero, que eres la mujer
de mi vida. El mejor regalo que me ha dado la vida.
- Ya veo cómo me lo pagas.
- Vamos, Sara... Además, Mandy tiene novio.
- Tú estás casado y no parece que eso sea un
impedimento para retozar con esa golfa.
- Haz el favor, baja el tono, se va a enterar todo
el barrio.
- ¿Enterar? ¡Luego es cierto!
- Mira, estoy muy cansado, vamos a dejarlo estar.
Las discusiones se hacían cada vez más frecuentes y
más cargadas. De la violencia verbal pasó a la violencia física. Los gritos
iban acompañados de objetos que volaban en dirección a Mike. En algunos casos
incluso hacían blanco en Mike. Un par de veces tuvo que ir a urgencias a que le
pusieran puntos en alguna herida. Él siempre daba cualquier excusa.
- Se me ha caído un jarrón de lo alto de mueble. -
Decía con toda la convicción de que era capaz.
Ni se le pasaba por la cabeza abandonar aquel
asedio. La amaba, pensaba que si estaba celosa era porque ella también le amaba
a él. Aunque fueran unos celos enfermizos e infundados. Además, se le pasaban.
Parecía darse cuenta de lo que hacía con él y pasaban unos días rebosantes de
ternura y amor. Eso le compensaba los malos ratos y los golpes. A lo mejor solo
es una mala época, pensaba Mike. Quizá es normal, la verdad que, a veces, paso
poco tiempo en casa. Es lógico que se inquiete y me eche de menos.
De uno de los momentos de calma entre tormenta y
tormenta nació David. Con la llegada del pequeño la cosa se estabilizó. Las
cosas volvían a ser como al principio. Había risas, diversión y confianza
mutua. Los celos parecían haber quedado olvidados. Mike se sintió orgulloso de
haber llevado la situación, de no haberla abandonado. Seguía convencido de que
no encontraría otra mujer como aquella.
Sólo duró tres años la felicidad. Sara volvió a
sacar sus demonios y sus paranoias a escena. Mike quiso seguir aguantando, por
el pequeño, pero la cosa se empezó a desmadrar. Denunció los malos tratos y
pidió el divorcio. Tras un juicio escabroso lo consiguió, como también consiguió
la custodia de David y una orden de alejamiento para Sara, ya que tras el
juicio pareció agravarse su locura y no hacía más que perseguirlo y abroncarlo
en cualquier lugar.
- Maldito hijo de puta, ¿te crees que te vas a
quedar con mi hijo?
Mike estaba en la sección de deportes de unos
grandes almacenes, buscando unos patines para David, cuando apareció ella y sus
gritos.
- Vamos Sara, déjalo estar. Sabes que no puedes
acercarte a mí. Olvídame y déjanos vivir tranquilos.
- Y una mierda, voy a recuperar a mi hijo, sea como
sea.
Mike se dio la vuelta con la intención de zanjar la
discusión. Estaba en un lugar público y no quería montar ningún espectáculo.
Por eso no lo vio venir. Ella había cogido un bate de béisbol y le propinó un
golpe en la cabeza lleno de rabia. El golpe le abrió una buena brecha en la
cabeza a Mike y cayó al suelo fulminado. Ni siquiera pudo gritar pidiendo
ayuda. Tras tenerlo a merced en el suelo, Sara continuó descargando su ira a
través del bate contra el cuerpo de Mike. Los golpes no parecían tener un
objetivo determinado. Los repartió por la cara y por el resto de cuerpo,
acompañándolos de patadas y gritos. El alboroto llamó la atención de los
guardias de seguridad. Para cuando llegaron, la cara de Mike era como una
pelota deforme. La sangre brotaba de varios sitios a la vez, de los oídos, de
la nariz... De la boca además de sangre habían salido varios dientes. Los ojos
se intuían detrás de los pómulos inflamados. Antes de que los guardias se la
pudieran llevar aún fue capaz de dejarle un último regalo, incrustando el tacón
de aguja de sus zapatos rojo sangre, en el abdomen de él.
Hicieron falta varias operaciones para recomponer a
Mike. Cara, costillas, clavícula izquierda. El bazo se salvó del taconazo por
milímetros. Tras las semanas que permaneció en el hospital se celebró el
juicio. Ella consiguió un buen abogado gracias a su dinero. Y gracias al
abogado consiguió que el juez la enviara a un psiquiátrico en lugar de a la
cárcel. Había logrado que varios médicos le diagnosticaran una demencia
temporal traumática por haber perdido la custodia del pequeño David. Al fin se
había librado de ella. Al menos por una larga temporada. Por mucho que ella a
la salida del juicio le dijera:
- No te vas a librar de mi tan fácil, cabrón de
mierda. Volveré a por lo que me pertenece.
No le dio mayor importancia. Ahora ya quería
olvidar todo aquello cuanto antes y centrarse en su trabajo y sobre todo en su
pequeño. Empezó a disfrutar de él sin el temor de encontrarse con ella a la
vuelta de cualquier esquina. Había empezado una nueva vida para ellos. Una vida
lejos de la locura violenta de Sara.
Un día, después de recoger a David de la guardería,
lo llevó a casa de uno de sus amigos que celebraba su cumpleaños. Iba a tener
una tarde libre. No es que estar con David le pesara, al contrario, pero había
pasado mucho los últimos meses y le venía bien una tarde de relax.
Cuando entro en casa noto una sensación extraña.
Quizá era porque nunca había estado solo en casa desde que la compraron. Siempre
había estado con Sara, con David o con los dos. Quizá por eso notaba algo raro.
Fue hasta la cocina y puso la cafetera. Un buen café para empezar una tarde sin
complicaciones. Quizá luego se daría un buen baño y, si le daba tiempo, daría
una cabezadita.
Mientras el agua se calentaba se sentó en el sofá y
puso la tele. Fue cambiando de canal hasta que dio con un avance informativo.
Al parecer tres internas del manicomio habían matado a un vigilante y se habían
escapado. Dos habían sido capturadas ya, pero la tercera aún permanecía huida.
No dieron los nombres de ninguna de las tres, pero a Mike no le hizo falta.
Acababa de comprender la sensación extraña que le produjo la casa al entrar:
era el perfume de ella. La muy zorra, pensó, es la única capaz de seguir
llevando Chanel hasta en el manicomio.
- Hola cielo, qué pronto has vuelto hoy a casa...
La oyó a sus espaldas. Estaba bajando las
escaleras. Intentó levantarse, para hacerle frente o huir, o llamar a la
policía, pero era incapaz. El pánico que le provocó la voz le había dejado
paralizado. Los recuerdos de la paliza ayudaban a entumecer aún más los
músculos. Ni siquiera pudo girar la cabeza para comprobar que no era una
alucinación. No le hacía falta. La sentía. Su cuerpo estaba demasiado acostumbrado
a ella como para equivocarse. Era ella. Había matado a una persona y había
huido. Y ahora estaba allí y él no podía moverse. No podía gritar. Estaba a su
merced. A merced de una loca. Le había dicho que volvería a por lo que le
pertenecía. Y allí estaba. Detrás de él. Acariciándole el pelo.
- Te han curado muy bien las heridas, cielo. ¿Te
trataron bien en el hospital? Seguro que lo hicieron. ¿Les diste las gracias?
Sí, seguramente lo harías. Eres tan educado, tan encantador... Seguro que les
diste las gracias a todos. A los médicos, a las enfermeras... Sí, seguro que lo
hiciste. ¿A cuántas te has tirado ya, cielo?
La voz sonaba dulce y envolvente. Tan dulce y
envolvente como una serpiente enrollándose sobre su presa. Seguía acariciándole
y le besaba.
- Pero no pasa nada, cariño, ya estoy acostumbrada
a que te acuestes con la primera puta que pase por tu lado. No pasa nada, ya no
te guardo rencor por eso. Seremos felices los tres juntos otra vez, ¿verdad?
Claro que lo seremos. Ya lo verás. Yo me encargaré de ello.
La cafetera sí podía gritar, y lo hizo.
- ¡Has preparado café! Que detalle. No te
preocupes, yo lo traeré y lo serviré. Para eso soy tu amada y abnegada esposa.
Seguía a su espalda. Le dio una última caricia
antes de darle un golpe en la columna que le hizo que dejara de sentir las
extremidades inferiores.
- Es un truquito que he aprendido en el
psiquiátrico. - Dijo Sara y comenzó a reírse mientras iba hacia la cocina.
El seguía lleno de miedo, pero tenía que hacer
algo. Se dejó caer de costado sobre el sofá y de ahí al suelo. Empezó a reptar
en dirección al teléfono. Estaba apenas a cuatro metros del sofá, pero a él le
parecían cuatro kilómetros. Iba poniendo un brazo delante del otro y
arrastrando el resto del cuerpo. No había recorrido ni la mitad del camino
cuando volvió ella.
- Oh, ¿te has caído? Espero que no te hayas hecho
daño, cielo. Ven toma, aquí tienes el café, como a ti te gusta.
Lo cogió del suelo y lo sentó de nuevo en el sofá.
- Venga, sé un buen chico y tómatelo antes de que
se enfríe.
El pánico iba en aumento. Seguía sin poder hablar y
mucho menos gritar. Sólo podía verla y oírla. Y pensar... Pensar en qué sadismo
habría planeado aquella mujer a la que él llegó a amar como nunca había
sospechado que podría amar a nadie. También pensaba en su hijo. Ahora el
pequeño era la persona de su vida. Era su vida. Empezó a llorar.
- Vamos cielo, ¿qué te pasa? ¿Te ha emocionado
verme de nuevo? Que tierno... Eres un encanto, ¿lo sabías? Sí, seguramente lo
sabrás, porque todas las furcias que te has follado te lo habrán repetido miles
de veces.
Cogió la taza y le hizo beber parte del contenido.
- Pero eso ahora eso ya no importa. Eso es pasado.
Ahora lo que importa es que volvemos a estar juntos. Los tres. Ya no te tienes
que preocupar por nada, cielo. He vuelto, para cuidarte y amarte, hasta que la
muerte nos separe...
Mike empezó a notar que perdía la consciencia. Sólo
veía una mancha borrosa delante de él. La voz la oía lejana, metálica. No sabía
que pasaba en sus tripas, pero no debía ser nada bueno. Le ardían como si
estuvieran quemando keroseno en ellas. Las manos le pesaban, igual que los
párpados. No podía mantenerlos abiertos. La voz metálica aún podía
distinguirse, aunque parecía que estuviera al otro lado del país.
- Lo dijimos en nuestra boda, ¿lo recuerdas? Hasta
que la muerte nos separe. Seguro que lo recuerdas, ambos lo dijimos: Hasta que
la muerte nos separe...
Este fue el inicio de la aventura. Y este el capítulo anterior.
Las voces resultaron ser los de la Agencia, que
intentaban ponerse en contacto conmigo. Menos mal, porque el trauma estaba
empezando a ser grave. Casi tanto como cuando vi el final de Perdidos…
La parte buena es que me han facilitado un plano de la
nave. Al menos ya se dónde queda cada cosa. ¡Por fin he podido comer! He
encontrado también una caja con unas películas de video. Es un regalo de mis
tutores en la base, trae una nota que pone: “Para
que te olvides un poco del estrés del viaje, disfrútalas”. Además no he
visto ninguna de ellas, son: “Apolo XIII, El Planeta de los Simios, Aeropuerto
78, La Guerra de los Mundos y Campo de Batalla: La Tierra”. Por los títulos
tienen buena pinta, ya las iré viendo.
Al final si me había dejado la leche
al fuego, me lo han dicho antes. Al parecer fueron al barracón donde me
alojaba, con el fin de quemar cualquier cosa que les recordara a mi, y reventó.
Bueno reventó mi barracón y una parte del ala oeste de la base. No se han
tenido que lamentar pérdidas humanas, pero sigo sin tener amigos en la Agencia.
A lo mejor se arrepienten de haberme hecho el regalo, pero esta vez si que ha
sido culpa de ellos, que yo ya les avisé durante la cuenta atrás.