domingo, 15 de marzo de 2015

#TeRoboUnaFrase (IX): La Figura Encapuchada

Para todos los que estéis interesados en jugar en el mes de abril, podéis encontrar la frase que obtuvo más votos y, por consiguiente, con la que participaremos en la próxima entrega, al final del texto, así como la fecha y unas cuantas frases para que votéis por la que más os guste para mayo.

Os recuerdo que podéis dejar propuestas de frases en los comentarios. También voy a copiar el código de InLinkz al final de mi entrada por si a alguien le da algún problema.

La frase con la que jugamos en el Te Robo esta vez es la siguiente: 

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. - De Edgar Allan Poe, El Gato Negro.


No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Ojalá lo fuera…

Todo empezó hace ocho meses y veintitrés días. Andaba yo deambulando por la calle, sin rumbo fijo, maldiciendo mi suerte, nada que no hubiera hecho cientos de veces antes de aquel jueves…

Al girar una esquina el destino quiso que me tropezara con una extraña figura. Su rostro estaba embutido en una capucha, aunque se adivinaban unos ojos verdes engatusadores.

—     Lo siento. —Me disculpé.
—     No tiene importancia. —Una sonrisa se dibujó en el interior de la capucha. La voz te atrapaba como una tela de araña.

Ambos continuamos nuestros respectivos caminos sin mediar ninguna palabra más. Con el paso de los metros iba creciendo en mí una extraña sensación. Un escalofrío recorrió mi espalda, al tiempo que unos sudores gélidos hacían acto de presencia. Esto era extraño, ya que estábamos  en pleno verano y con una de las mayores olas de calor de los últimos cuarenta años.

Como soy un gallina, a la par que supersticioso, aceleré mi caminata tanto como mi resuello era capaz, lo cual no era mucho. En cuanto llegué a casa cerré con llave y pasé la cadena de seguridad. No salí a la calle en tres días.

Cuando por fin me decidí a que la luz del sol me volviera a deleitar con su presencia en mi cuerpo, volvió a suceder. En esa misma esquina volví a tropezar con la misma figura, era lo que los finolis denominarían un déjà vu, y para los tipos como yo era una coincidencia. Incluso repetimos el mismo diálogo.

—     Lo siento. —Me disculpé.
—     No tiene importancia. —Una sonrisa se dibujó en el interior de la capucha. La voz te atrapaba como una tela de araña.

La misma sensación volvió a estremecerme. Y yo, por no variar la rutina, volvía a acelerar el paso hasta mi casa. Una vez hube cerrado con tanto ahínco como se encerraría a un asesino psicópata, hallé en mi bolsillo una especie de tarjeta de visita. En ella sólo aparecía un número de teléfono y una palabra escrita: llámame. Si tuviera que describir aquel pedacito de cartulina lo creerían del todo inverosímil, pero yo la recuerdo perfectamente. Estaba escrito en negro sobre negro. Casi la puedo visualizar aún, en mis sueños más angustiosos.

Todo en mi me pedía a gritos que la destruyera. Que hiciera caso omiso. Incluso que huyera de aquella casa, de aquella ciudad. Pero no lo hice. Sigo sin saber el motivo, pero no lo hice. Al contrario. No sé muy bien de dónde saqué las fuerzas, pero llamé a aquel maldito número, aquel maldito día de verano.

La voz que contestó seguía siendo adictiva. Demasiado adictiva. Era imposible resistirse a ella. Así que sucumbí a sus encantos.

Comenzamos a vernos de forma regular. Al principio una vez cada semana. Pero la dosis enseguida se me hizo pequeña. Y comencé a aumentarla. Dos veces por semana. Tres. Seis… Al final no podía vivir sin escuchar su voz. Sin sentir su presencia. A pesar de cuando no estaba con ella notaba como si me hubieran extraído parte de mi ser, de mi esencia, de mi alma… A pesar de que cuando estaba lejos de ella mi cabeza me decía que no volviera a ella. Que me olvidara. Pero el síndrome de abstinencia era más fuerte que mi fuerza de voluntad. Ella dominaba cada aspecto de mi vida, y lo sabía. Y eso parecía hacerla feliz. Curiosamente, a mí también, aunque sospecho que era parte de la adicción. Quizá estaba pasando por eso que denominan: el síndrome de Estocolmo. Quizá aún este bajo ese embrujo.

No, no hace falta el quizá, aún lo estoy. De no ser así no habría comenzado a frecuentar, con ella, esta secta en la que ahora me veo atrapado. De la que no voy a escapar. Y lo que es peor, de la que no quiero escapar.

—     Raimundo Robles Figuerola, ¿acepta a esta mujer como su legítima esposa…?

El matrimonio…



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La próxima entrega será desde las 0:00 del lunes 20 de abril hasta las 23:59 del viernes 24. La frase propuesta es la siguiente:

"Logré ver el brillo de mis ojos al maquillarme frente al espejo, ahora entendía cuando decían que una mujer después de hacer el amor lucía radiante." de UN NUEVO AMANECER, de Karina Delprato.

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Las frases que os propongo (en realidad las propuso el bueno de Ricardo) para elegir son las siguientes:



1.- "Cuando vieron la expresión, primero confundida, luego aliviada, de mi cara, se echaron a reír. " de MOLOBO, de Vidal FS.


2.- "Fue entonces cuando la culebra, apareciendo de improviso desde quién sabe dónde, le inyectó su veneno en la muñeca dejándole dos claros orificios amoratados.", de Entremundos, de Lg Morgan.

3.- "Muertes y desapariciones inexplicables convertían el sitio en un lugar poco apetecible. Decian las malas lenguas que en días lluviosos aquella tierra oscura no llegaba a mojarse, y que los pájaros no sobrevolaban su cielo, dando un rodeo para evitar pasar cerca." de EXTENUACIÓN, de Irene Comendador.


4.- "Entró tambaleante. No estaba seguro de si realmente había bebido tanto como para hallarse tan mareado. Richard se agarró al pasamanos de la escalera y miró hacia arriba. Definitivamente no llegaría allí de no ser a gatas." de EQUILIBRIO, de Karol Scandiu.



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miércoles, 11 de marzo de 2015

#BlogsColaboradores I: Robo en la Galería Nacional, Capítulo 2 de 4: Trazos

La primera parte de esta historia la podéis encontrar aquí...

Llegué a la Galería un buen rato antes de la hora prevista. Hice saber de mi presencia al conserje de la entrada, el cual me prometió con una sonrisa estándar que se lo haría saber a la señorita Fisher. Yo le contesté, con una sonrisa cínica, que estaría dando una vuelta por allí hasta que tuvieran a bien recibirme.

Contra todo pronóstico, yo era un gran amante del arte, y por qué no decirlo, un entendido. No en vano había estudiado en el Instituto de Arte de Chicago, uno de los mejores del país, con una beca completa. Y ahí no me licenciaron con deshonor, al contrario, lo hicieron summa cum laude. Era de las pocas cosas de mi vida de las que estaba orgulloso. Mi madre también. Y supongo que mi padre, si supiera dónde está.  No en vano mi afición por el arte la heredé de él.

Cuando estaba admirando Las Hilanderas, un cuadro de Velázquez, el genial pintor español, escuché el repiqueteo de unos tacones acercándose por mi derecha. La dueña de esos tacones era una mujer alta, a la que sin duda no le hacían falta centímetros extra. Morena, con suficientes curvas como para necesitar una señal de peligro. Era guapa. Tenía una belleza sutil, comedida, sin llegar al exceso. Y desde luego sabía cómo sacarse partido. Casi les rompe el cuello a varias de las estatuas que iba dejando atrás en su camino.

—     Buenos días, señor Tucker. —Dijo con una sonrisa de las que te hacen firmar un acta matrimonial, una hipoteca y, seguramente, un divorcio.
—     La señorita Fisher, supongo… —Contesté, tratando de mantener la compostura.
—     Puede llamarme Ali.
—     Sólo si usted me llama Frank. —Estaba dejando patente que flirtear no era lo mío.
—     Muy bien Frank, ¿le gusta Velázquez?
—     Sin duda. Pero espero que esto de aquí haya sido un test. Una trampa para probar mi valía.

La mirada de ella hacía presagiar que no sabía de lo que le hablaba. Lo cual no era bueno para la Galería, sin duda, ya que la obra pertenecía al Museo del Prado de Madrid y, a buen seguro, no le habría sido fácil a la Galería Nacional traerla aquí a préstamo. La sonrisa dejó paso a una mueca muy cercana al terror.

—     De… De… ¿De qué me está hablando?
—     Bueno, de que este no es el cuadro original, claro.

Sus ojos no podían estar más abiertos. Estaba a punto del desmayo.

—     ¿Cómo no va a ser el original? Claro que lo es… —Dijo con toda la convicción que fue capaz de reunir, que no era mucha.
—     No. Podría ponerme pedante y decirle que se puede ver en el trazo del artista, pero es más sencillo que todo eso. Mire, puede observarlo en la muñeca de una de las protagonistas del tapiz. No creo que en el siglo XVII existieran los relojes calculadora.

La joven se quedó boquiabierta. No era capaz de articular palabra. Temblaba tanto que temí, por unos instantes, por su salud, física y mental.

—     Tranquila, Alisson, lo hemos puesto nosotros ahí. —Dijo una voz tras nosotros.
—     Ah… — La muchacha comenzó a recobrar el color— Permita que le presente a mi jefe, el director de la Galería, el señor Louis Martin.
—     No necesita presentación. —Dije yo ofreciendo mi mano a modo de saludo— Un placer.
—     Igualmente señor Tucker. Disculpe esta pequeña broma, no pretendíamos ponerle a prueba.

Hice un leve gesto con mi cabeza, como restándole importancia al asunto.

—     Muy bien, y si no he venido aquí a pasar un examen, ¿a qué he venido?
—     En un par de semanas tendremos aquí una importante exposición de arte impresionista. Van a cedernos las mejores obras de Monet, Cezanne, Degas…
—     No hace falta que los enumere a todos, entiendo el concepto y la importancia, pero sigo sin saber qué pinto yo aquí… Nunca mejor dicho.
—     Queremos que sea usted el encargado de la seguridad. Creemos que es el más adecuando, dado su historial.
—     ¿Mi historial?
—     Sabemos de sus excelentes dotes artísticas, además de las detectivescas. Si a eso le unimos que es hijo de quien es…
—     ¿Me quieren contratar por ser hijo de un famoso ladrón de arte?
—     Hombre… Dicho así…
—     No, no se preocupe, no me ofende. Acepto el trabajo.
—     Me alegro mucho.
—     Una cosa…
—     Usted dirá.
—     Lo del Boticelli es anterior a que yo haya aceptado el trabajo.

Ahora era el director Martin el que estaba boquiabierto.

—     ¿Perdón?
—     El Nacimiento de Venus, es falso.
—     ¿Perdón? —Insistió Martin.
—     Está usted perdonado, al menos por mi parte, no sé si tanto por sus superiores.
—     ¿Está seguro?
—     Sí, y en este caso sí le podría hacer una disertación sobre trazos, sobre la yuxtaposición de colores y un largo etcétera de diferencias entre el original y éste. Incluso le podría decir quién lo ha falsificado y robado.
—     ¿Lo sabe?
—     Mi padre.
—     Pero… Su padre… Está muerto…
—     ¿Lo está? —Pregunté sin demasiada carga emocional o sorpresa.
—     ¿No lo sabía?
—     Nunca hemos tenido una gran relación. Yo le decepcioné por no querer seguir sus pasos, y él me decepcionó por ser un grandísimo cabrón.
—     Ah…
—     No se preocupe. A lo mejor le encuentro el cuadro este también. —Sonreí.

El director trató de devolverme la sonrisa, pero pudo más el miedo de haber perdido una obra de tamaña importancia. Nos volvimos a estrechar las manos a modo de despedida y como cierre del contrato, y yo me marché a preparar mi estrategia ante posibles ladrones.



Continúa aquí...

domingo, 8 de marzo de 2015

#150Palabras (Volar, leyenda y gritos): El Hombre Del Bosque


La sucesión de gritos se le hacía insoportable. Llevaba ya horas en aquella situación, no sabía cuántas, pero sí que le parecían una eternidad. No sabía qué era mejor, si seguir caminando o buscar un lugar para descansar, quizá para siempre. Notaba presencias, miradas que le acechaban entre la maleza, que se difuminaban en la niebla. Escuchaba susurros. Unos susurros que parecían tramar algo, y que casi eran peor que los gritos.

El resuello le faltaba. El corazón le dolía de tan fuerte que palpitaba. Las veces que decidía parar aprovechaba para maldecir a sus amigos, desaparecidos hacía horas, y a él mismo por haberse metido en aquella aventura. En aquella soberana estupidez. Había ido allí en busca del hombre del bosque. Un siniestro personaje, según contaba la leyenda, que las noches de luna nueva vagaba por el bosque de Westland, lamentando la pérdida de su amada. Y desmembrando a todo aquel que se encontraba por el camino, eso también.

No lo vieron venir, a pesar de haber pasado por su lado un par de veces. No sospecharon que el resto del tiempo, su otra forma era la de espantapájaros. Eso no lo contaba la leyenda. Quizá porque no había nadie para contarlo. Miró al cielo y vio a los pájaros volar, y quiso ser como ellos. Pues, aunque volaban asustados, no parecía que a ellos les esperara el mismo final que a él.

Un clic. Fue un solo clic, casi imperceptible, el que sonó a su espalda. Y entonces lo supo.  



viernes, 6 de marzo de 2015

Te Robo Una Frase, Jornada 9




Quería recordaros que se acerca la fecha de la siguiente jornada de “Te Robo Una Frase”. Comenzará a las 0:00 del lunes 16 de marzo, y  finalizaremos a las 23:59 del viernes 20 de marzo.
La frase con la que jugaremos es la siguiente:
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. - De Edgar Allan Poe, El Gato Negro.
SI queréis refrescar la memoria sobre cómo se juega y sobre el tema de los links, de InLinkz y demás podéis hacerlo en esta entrada.
Espero que os sigáis animando los que ya habéis participado alguna vez y que los que no lo hagáis en esta ocasión. Recordaros que podéis sugerir frases para siguientes jornadas a través de los comentarios de este blog.
¡Nos vemos/leemos a partir del lunes 16!

miércoles, 4 de marzo de 2015

#BlogsColaboradores I: Robo En La Galería Nacional, Capítulo 1 de 4: Un Día Más En La Oficina

Blogs Colaboradores es una nueva iniciativa ideada por Katherina's Thoughts y que reune tanto blogs escritores como blogs lectores. Los primeros (entre los cuales me incluyo) escribimos una historia en cuatro capítulos, mientras que los segundos harán una reseña de una de dichas historias (cada blog tiene una pareja en el otro grupo). En mi caso el blog al que le ha tocado la suerte (o la desgracia) de reseñarme ha sido Don't stop believing!
 En cada nueva ronda de dicha iniciativa habrá un tema común para todos los blogs, así como un elemento común también a añadir en la historia. Esta vez el tema es una relación padre-hij@, y el elemento un cuadro impresionista.
Para más información no dudéis en acudir al enlace de Blogs Colaboradores, allí encontraréis cómo participar en futuras ocasiones.
Sin más os dejo con mi historia de esta primera ronda de la iniciativa.



La luz del sol entraba con la alegría de un nuevo día. Los pajarillos canturreaban armónicamente, con jolgorio, llenos de vida, con las pilas cargadas para una nueva jornada. Las flores perfumaban los balcones de gran parte del edificio. Era todo tan bucólico que a uno le daban ganas de suicidarse. Todo este arsenal de dulzor servido por la Madre Naturaleza me habría pasado desapercibido, como la mayoría de los días, de no ser por el maldito timbre del teléfono.

Hubo una batalla entre los dichosos timbrazos y la fuerza de voluntad de mi sueño. Ganó mi sueño por KO técnico en el quinto asalto. Con un esfuerzo, digno del mayor de los halteristas, abrí uno de los ojos, lo justo para ver la hora en el reloj de la pared. Eran las nueve y seis minutos de la mañana. Alguien podría decir que era tarde. Que me había dormido. Que un profesional como yo debía estar en marcha mucho antes, atendiendo su negocio. Ese alguien puede que tuviera razón, pero lo que no tenía era valor para venir a decírmelo a la cara. Y mucho menos recién despierto.

Con la misma desgana me senté sobre lo que parecía ser el sofá de mi despacho. No recordaba haberme quedado dormido allí, pero tampoco era una novedad. Desde luego no podía decir que era por porque la abundancia de trabajo me hiciera hacer horas extra. Más bien era una mezcla de alcohol barato y pereza la que me hacía quedarme muchas noches allí. Tampoco es que en casa me esperara nadie, ni siquiera un colchón más cómodo que el sofá.

Me desperecé a duras penas. Todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo se fueron quejando según les iba tocando su turno. Los huesos no se quedaron atrás y le dieron forma a una obertura muy descorazonadora. Dirigí mis pasos hasta una pequeña barra que hacía las veces de cocina de campaña. En ella puse a calentar la cafetera. Mientras esperaba abrí uno de los cajones de los archivos y saqué una botella de bourbon. En otro de ellos tenía unas cuantas camisas guardadas, elegí la que parecía estar menos arrugada. Me quité la que había pasado la noche conmigo de camino al pseudo baño con el que contaba también mi despacho. Me conocía bien y sabía, cuando abrí la oficina, que tanto una cocina como un aseo iban a ser imprescindibles, igual o más que una mesa o unas sillas.

Me miré en el espejo y no me gustó la persona que había al otro lado. Nunca me había gustado aquel tipo. Era un borracho, además de un policía fracasado y un militar licenciado con deshonor. Pero cuando uno lleva viviendo treinta y muchos años con él se le acaba por… no diré querer, pero si aceptarle tal como es. De todos modos, sospecho que al tipo del espejo tampoco le debo gustar mucho yo. Me aseé lo mejor que pude, dadas las circunstancias y me dispuse a tomar mi dosis de cafeína y los cereales que aporta un buen whiskey.

No iba por la mitad del desayuno de los campeones, cuando volvió a sonar el teléfono. Esta vez no tenía excusa, así que descolgué.

—     ¿Diga? —Fue mi escueta a la par que previsible contestación.
—     ¿Es el despacho del señor Tucker? —Dijo una voz amable.
—     Lo es. —Contestó una voz apática, la mía.
—     ¿Puedo hablar con él?
—     Ya lo está haciendo… —En ningún momento traté de esconder mi malestar por interrumpir mi desayuno.
—     Oh… ¿Es un mal momento? — Aquella voz seguía siendo amable, a pesar de… Bueno, de mí.
—     No veo ninguno mejor en un futuro cercano, así que, adelante.
—     Permítame que me presente, soy Alissa Fisher, la secretaría del señor Martin, director de la Galería Nacional.
—     Ajá… —Contesté sin dejarme impresionar.
—     El señor Martin querría reunirse con usted lo antes posible.
—     ¿Para qué?
—     Es un tema que prefiere tratar con usted en persona.
—     Está bien, ¿cuándo quiere que esté allí?
—     A las doce y media tiene un hueco libre. —Esto me sentó mal. Era él quien quería hablar conmigo y era yo el que se tenía que amoldar a su hueco libre— ¿Es buena hora para usted?
—     Me parece igual de buena que cualquier otra. —Acepté a pesar de todo.

Tenía más de dos horas por delante hasta mi cita. Acabé el desayuno y me preparé una segunda ronda para afrontar el día con energía. Podía haber ido a casa a adecentarme un poco para así dar una buena impresión al posible cliente. No lo hice. No me gustaba engañar a la gente. Si me iban a contratar que supieran cómo era en realidad. Aunque era muy probable que ya lo hicieran.


Continúa aquí...

domingo, 1 de marzo de 2015

#150Palabras (Contacto, acróbata y solitario): Perfectos Desconocidos

Para esta historia he usado como inspiración, además de las tres palabras propuestas, dos canciones. La primera ha sido Perfect Strangers, de Deep Purple, que me ha dado gran parte de la idea general. Y la segunda Another Brick In The Wall, de Pink Floyd, que me ha propuesto el remate final. Espero que este pequeño remix sea de vuestro agrado.


Siempre le veía, desde la lejanía, deambulando solitario, como un autómata. Suponía que él le vería del mismo modo. Lo que no sabía era si dejaría volar su imaginación imaginándolos juntos. A él sí le gustaba hacerlo. Mucho. Se visualizaba junto a aquel perfecto desconocido en las situaciones más cotidianas, pero también en las más inverosímiles. Tanto en una cena familiar, como en una romántica. Dándolo todo en el centro de una discoteca, como bailando solos bajo la luz de la luna.

¿Haría aquel desconocido lo mismo? No lo sabía, prácticamente no habían tenido contacto. Si acaso alguna mirada furtiva desde la lejanía en estos meses. Meses. A él le parecían horas y años a la vez, esos meses. Siempre, a la misma hora, ambos coincidían en la lejanía, él con la esperanza intacta de que algún día aquel muro caería. Y con su valentía, digna del mejor acróbata, le haría saber sus sentimientos. Pero aún no, todavía estaban cada uno a un lado de aquella maldita frontera. Aquella línea sin sentido que habían trazado para separar a hermanos, pretendiendo que una raza, o una religión los hacía distintos. Él sabía que no era así, que sólo había una raza, la raza humana, y que si existía algún dios no les querría luchando los unos contra los otros en su nombre. Él lo sabía, y confiaba en que aquel perfecto desconocido también. Y confiaba en poder unir sus almas. Aunque también sabía que de momento no era posible, de momento sólo eran dos ladrillos más en el muro.

domingo, 22 de febrero de 2015

#150Palabras (Gente, Luces y Nombre): Sueños


Desde que podía recordar había querido hacerse con un nombre dentro de la industria. Con uno de los principales. Siempre había deseado que la gente se deslumbrara al verle. Que no pudieran quitar la vista de él. Que se maravillaran con su belleza, con su arte intrínseco a su ser, a su esencia.
Todo parecía indicar que, por fin, lo había conseguido. Podía decir, desde su experiencia, que los sueños se cumplen. Que si uno, por insignificante que sea en apariencia, se lo propone, es capaz de conseguir cualquier meta.

—     ¡Atentos! ¡Luces!

Esas simples palabras le sonaron a gloria. A La Gloria. Era su estreno, pero lo era por todo lo grande. En el lugar soñado por todos los que, como él, alguna vez había aspirado a ser un luminoso. Y ahí estaba, en pleno Times Square, anunciando la inminente gira de Bruce Springsteen. The Boss. No podía pedir más.