domingo, 16 de noviembre de 2014

#150Palabras (Aldea, Momento y Respuesta):Caso 28, El Hombre Del Saco



El lugar al que me había llevado aquel caso era de lo más remoto. Aunque no muy lejos de mi Nueva Chop’d natal, sí que parecía una aldea sacada otro planeta. De hecho sus habitantes, los Deitsch, provenían del viejo Rho Setón. Su religión les hacía mantener a raya cualquier atisbo de tecnología o modernidad. No era para mí todo aquello, sin duda. No es que yo fuera un friki de la tecnología, pero cuando llevaba seis horas sin cobertura en el móvil comencé a traspirar de una manera compulsiva.

Afortunadamente ya estaba acabando con todo aquel lío.

—     Vamos, Boog, has de reconocer que ha sido un movimiento rastrero. —Dije lo más calmado que pude.
—     No sé de qué me habla. —Fue su respuesta— Yo me llamo Roberto.
—     Sí, ese es tu nombre humano. Pero no por el que se te conoce… profesionalmente…
—     No sé a qué se refiere… —En sus ojos había cierto aire de duda.
—     Conmigo no tienes que disimular, yo te veo tal y como eres. Sé lo que eres. Y está muy feo que vengas a una aldea como esta a sembrar el miedo y a robar niños por las noches. Niños, que en ningún caso merecían que los llevara el hombre del saco. ¿Tenías problemas de cupo? ¿Querías ascender?
—     Pero, ¿cómo…? —No cabía duda, ya se le habían despejado todas.
—     Es una larga historia que se remonta a uno de mis abuelos, pero no viene al caso hoy, quizá mañana te la cuente… Lo que sí viene al caso es que te voy a tener que entregar a las autoridades de Técnopolis. Sabes muy bien que no puedes actuar a tu antojo, que todos vosotros, los no muertos, tenéis unas normas al igual que el resto de los habitantes de Psi Deral.
—     Y… Y… ¿Quién...?
—     ¿Te ha delatado? Han sido los tuyos, los de El Comité de Sueños y Pesadillas. Y ahora, si me permites un momento… –Dije, zanjando la conversación con un gancho que lo dejó dormido el tiempo suficiente como para buscar un método por el cual poder llamar a la policía del Senado.



jueves, 13 de noviembre de 2014

La Colección Stonard (Uno)

Uno


            “Después de cinco meses como investigador privado, el balance que puedo hacer no es todo lo bueno que esperaba. Y no ya sólo por la escasez de casos a resolver, si no más bien por la poca relevancia de los mismos. Lo más apasionante fue cuando le encontré el perro a Cindy, la del segundo, que además, al ser vecina, no le cobré mi minuta...”
            Y es que Chinan no es lo que podríamos entender por un detective normal. Pero es que en él nada es normal. Ese adjetivo le viene grande en casi todos los aspectos. El apelativo que más se le ajusta es vulgar. Destacar una cualidad suya, que le hiciera resaltar sobre los demás, sería una ardua tarea por mucha buena voluntad que se tuviera. De estatura media y figura bastante desgarbada, su cuerpo contiene la misma cantidad de grasa que un sándwich vegetal. Su rostro blanquecino es de los que se olvidan con la misma facilidad con la que olvidamos un estornudo.
            Parte de su vida ha girado en torno al mundo del arte, más por la poca durabilidad de sus empleos que por su propio interés en ese mundo. En poco más de un año ejerció como bedel del museo de una localidad cercana, a conserje de la biblioteca de su pueblo. Incluso cuando decidió hacerse detective privado despreció una maravillosa y prometedora carrera en el mundo del cine, como acomodador del Luxor, el cine de su pueblo. Sala de reestreno por las tardes y de películas X por las noches. El Luxor tuvo su época de esplendor cuando aún era un teatro. De esa época conserva todavía el foso para la orquesta, el habitáculo del apuntador y un escenario cuyas tablas ya no son frecuentadas ni por las termitas. La decoración aun recuerda el glamour de los buenos tiempos, aunque por los desconchados de la pintura se diría más bien que ya acabó la última gran función de su carrera y que está desmaquillándose para pasar a mejor vida.
            Pero él es un tipo con la miras muy altas, demasiado para el nivel de inteligencia que posee. Y es que en las pocas cosas que llega a destacar por encima de la media son su total falta de criterio y su nula competencia laboral.
            “Quizá no debería haberme gastado esa cantidad de dinero en mis estudios de detective. Ahora creo que cinco mil pavos por un curso por correspondencia es demasiado, no sé. Al menos tengo un título. No tengo trabajo, pero sí un título... Soy licenciado, pero no puedo pagar el alquiler... Ganaba más cuando era un inculto sin diploma que ahora que tengo uno que lo acredita... ¿Me aceptarán de nuevo en el Luxor?”
            Pero no todo es culpa suya. Algún Dios, si es que cualquiera de ellos se tomó la molestia de fijarse en él, gastó todo su sentido del humor con su vida, desde el mismo inicio de ella. Un mes antes de nacer, murió su padre. Durante el parto quedó huérfano de madre. Al mes de su nacimiento fue adoptado y en menos de un año volvió a quedar huérfano. Vivió hasta la mayoría de edad en el centro de acogida del pueblo. Y no por ello fue menos feliz que el resto de los niños, pero esto es debido a su falta de consciencia, innata en él.
            Casi todo lo que conoce de la vida lo aprendió en el Luxor. Ya desde pequeño frecuentaba el que hasta hace unos meses sería su último lugar de trabajo. Esto no hizo sino crearle más confusiones de las que ya había desarrollado en su etapa escolar. Vivía en un mundo de fantasía perenne. Cegado por el esplendor de los films policíacos. Entonces supo que él quería ser el detective alcohólico que se queda con la rubia peligrosa. Y no se puede decir que haya fracasado por completo, es un detective y un alcohólico.
            - Hola Chinan, ¿qué tal? ¿Lo mismo de siempre? – le preguntó Mike, su mejor amigo y gerente del club-restaurante-sala de fiestas del pueblo. Mike y él han crecido correteando por todas y cada una de las variopintas calles de su localidad natal. De haber vivido en un lugar más grande habrían tenido muchas opciones de haber acabado en algún clan mafioso, pero su pueblo no es el lugar idóneo para ese tipo de oficios. Mike y Chinan son de la misma edad, un par de meses mayor Chinan, ambos han pasado hace un tiempo la barrera de los treinta, estando mas cerca de ella que de la de los cuarenta. Mike es un tipo de mayor inteligencia y mas emprendedor que su amigo, cosa bastante fácil por otro lado. Además de en el local de su propiedad, reparte su tiempo en chanchullos en la frontera de lo legal. Ambos comparten además una estatura semejante, aunque la complexión del empresario es más atlética que la del detective, modelada a ratos en el gimnasio que se ha montado en el sótano del club. Le gusta cuidar su imagen como si en el momento menos esperado le fueran a inmortalizar en algún óleo. Así una buena parte de sus ingresos los destina a ropa, productos de belleza y salud que la mayoría de los hombres del pueblo no saben ni que existen.
            - No Mike, hoy quiero cenar sobrio, por variar... Ya sabes...
            El Luxor también ayudó, en gran medida, a que sus relaciones fueran de fracaso en fracaso. Con el tiempo aprendió que sólo hay un modo para que las relaciones sean idénticas a las películas X. Y aún siendo más caro, es el que más asiduamente ha ido practicando. Tanto es así que casi se le podría catalogar de catador oficial del “Michele’s night club”. Como no podía ser de otra manera, tanto abono le ha llevado a cultivar grandes amistades dentro de la profesión. Gracias a las cuales subsiste, en parte, en los momentos malos. Es decir, casi a diario.
- ¿Que tal el día, jefe? – Le susurró al oído Vanity, una de las chicas del club y su secretaria en los ratos libres.
- Mantenemos la media de casos diarios. Lo cual sería excelente si tuviéramos casos diarios. – Respondió sin apartar la vista del plato del día. Mas pendiente de alimentar su apetito físico, que el apetito sexual al que ese susurro le habría abierto en cualquier otro momento. - ¿Puedo dormir otra vez aquí, Mike?
            - ¿Siguen montando guardia en tu casa?
            - Sí, y eso que llevo días sin aparecer por allí. Pero de camino aquí he visto a Rob merodeando por la puerta con el bate. Ya sabes como se pone cuando no cobra...
            Rob, viejo amigo también de Chinan, es un tipo alto y delgado, de rasgos más que dibujados, esbozados, casi caricaturizados. Y con una voz tan grave, que casi se podría penalizar por contaminación acústica. Es famoso en el pueblo tanto por su mal carácter como por su pasión por la corrección gramatical. En realidad es un académico frustrado, lo cual le ha llevado a acrecentar sus impertinencias con los que le rodean. Aunque también es posible que las amistades de ideología, cuando menos, poco recomendable por las que se ha visto rodeado él y algún miembro de su familia hayan ayudado a su constante estado de malhumor. No en vano un familiar cercano fue captado por una secta de vegetarianos radicales, y cuando pudieron sacarle de allí no era capaz de distinguir un solomillo de ternera de un cenicero.          
- Está bien, quédate. Pero tienes que solucionar lo de Rob cuanto antes.
            - Gracias tío. Haré lo que pueda, pero no prometo nada...
            Y desapareció escaleras arriba. Murmurando y maldiciendo. Unas escaleras que otras veces le habían conducido a cumplir mil y una fantasías. Hoy las subía con la esperanza de que al menos sus sueños se cumplieran mientras dormía.



¿Continuará? Puede que sí, puede que no...

martes, 11 de noviembre de 2014

Te Robo Una Frase, Jornada 5




Quería recordaros que se acerca la fecha de la siguiente jornada de “Te Robo Una Frase”. Comenzará a las 0:00 del lunes 17 de noviembre, y a partir de este mes alargaré la fecha de finalización, para hacerlo más cómodo a los que quieran participar, finalizaremos a las 23:59 del viernes 21 de noviembre.

La frase con la que jugaremos es la siguiente: No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella. —De Elbert Hubbard. Ensayista estadounidense. —Propuesta por Frank Spoiler.

SI queréis refrescar la memoria sobre cómo se juega y sobre el tema de los links, de InLinkz y demás podéis hacerlo en esta entrada.

Espero que os sigáis animando los que ya habéis participado alguna vez y que los que no lo hagáis en esta ocasión. Recordaros que podéis sugerir frases para siguientes jornadas a través de los comentarios de este blog.

¡Nos vemos/leemos a partir de lunes 17!

domingo, 9 de noviembre de 2014

#150Palabras (Amanecía, Picoteaban y Puerta): Amanecer


Amanecía un día más a orillas del Mediterráneo, en ningún sitio en concreto y en todo el litoral a la vez. Y lo hacía sin darse importancia, como tampoco se daban importancia los pajarillos que picoteaban por el suelo encontrando manjares diminutos. Todo fluía con naturalidad, aunque no hubiera nadie allí para observarlo. O quizá por ese mismo motivo…

Al fondo de aquella escena había una puerta. No abría ni cerraba nada, ya que no había nada que abrir ni cerrar. Si tuvo su uso tiempo atrás, pero ahora sólo era una puerta en medio de la nada.

Detrás de ella, sin embargo, sí había alguien. Una persona. La última persona viva del planeta, aunque él no lo sabía. Un virus había eliminado toda vida inteligente, y él era el único superviviente, lo cual no decía mucho en su favor. Estaba sentado en el suelo, tratando de recuperar el resuello, cansado de vagar por aquel páramo en el que se había convertido el planeta, cansado de buscar a alguien, a ser posible del sexo femenino, para intentar reconducir aquella situación.

—     ¡A la mierda todo!
—     ¿Qué haces? ¡Que lo has matado!
—     ¿Para qué preguntas entonces?
—     Pero… Lucifer, tío, en serio ¿qué problema tienes?
—     Tú sabrás, que me desterraste del cielo…
—     Ya, joder, pero con él íbamos a empezar a construir de nuevo…
—     ¿En serio? ¿Con él? Pero si tuviste que hacer que llovieran entrecots ya cocinados para que no se muriera de hambre…
—     Eso es cierto…
—     Además, ¿de verdad quieres volver a poner humanos aquí? ¿No has visto que son incapaces de llevarse bien? Y no, no digas que es culpa mía, que la mayoría de las veces yo sólo tengo que sentarme y observar.
—     Entonces…
—     Ni entonces, ni leches. Déjalo estar. Deja que los animalillos vivan su vida y vamos a tomarnos unas vacaciones.

Varios millones de años después una pequeña especie decide abandonar el mar y comenzar una nueva vida en la superficie…

—     ¡Que no joder! —Dijo una voz sulfúrica al tiempo que de un pisotón acababa con el pequeño aventurero.



La estupenda foto es, una vez más, cortesía de Diego Escolano.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Dos Sheriffs Y Un Destino



La calle estaba vacía, como sabedora de los acontecimientos venideros, tan sólo un arbusto se atreve a cruzar con la inestimable compañía del silbido del viento. Unas contraventanas se cierran raudas, mientras unos ojos escrutan la calle desierta. A lo lejos se escucha el tintineo de unos adornos metálicos que cuelgan de un porche. La escena, en definitiva da más miedo que otra cosa. Tan sólo el gallo del corral del viejo Bob se atreve a gritar, el resto de los habitantes callan con expectación mientras el trote de un caballo comienza a ser audible. Los murmullos van dando paso a los suspiros contenidos. Incluso el gallo del viejo Bob decidió hacer mutis por el foro. No parecía quedar una brizna de valentía por allí. De hecho la valentía había puesto pies en polvorosa y de ella sólo quedaban facturas sin pagar.

El trote del caballo trajo consigo a un jinete, el cual atravesó la calle principal lentamente, como se corteja a una dama de buena familia, pero con su mano derecha apoyada en la culata de su revólver, que desenfundaría, tan rápido como se consigue dormir con una de las bailarinas del Saloon, al primer movimiento sospechoso.

Atadas a su silla había unas riendas y al final de ellas un caballo. La sorpresa hizo su aparición, empujada desde el fondo de algún lugar eso sí, pero apareció. Era el caballo de Jim, de eso no cabía ninguna duda, como tampoco cabía ninguna duda sobre quién iba sobre él. La sorpresa no pudo más y huyó como un niño cuando le rompen su juguete favorito.

Un chirrido hizo que el jinete se detuviera y simultáneamente amartillara el revólver. No tuvo ni que pensarlo, su pulgar actuó por iniciativa propia. De una blanca puerta, perteneciente a una blanca casa, salió un hombre de sombrero blanco, todo era tan blanco que sintió el impulso de disparar, sin preguntar siquiera,  aunque sólo fuera por darle una nota de color a la escena.

—     ¡Jack! —Gritó la blanquecina figura.

El jinete detuvo el caballo y, con una desgana digna de un parlamentario en agosto, contestó.

—     Hola Rick. —La voz salía porque no le quedaba más remedio— No esperaba verte por aquí. He estado a punto de dispararte.

La blanca figura de nombre Rick y cuyo apellido, White, resultaba tan obvio que casi uno se avergüenza escribirlo, mostró una sonrisa tan falsa como un dólar cuadrado que dejó ver una blanca dentadura.

—     Bueno, tampoco es que nosotros hayamos contratado una banda de música para recibirte, no sé si te has dado cuenta. —Dijo, mientras señalaba las casas y los locales cerrados a cal y canto.
—     Es curioso que uses el plural, Rick, —espetó Jack— teniendo en cuenta que esta gente se esconde en sus casas desde que tú y tus hombres os apoderasteis del pueblo. Y hablando de secuaces, ¿dónde te dejo a Jim? A lo mejor queréis darle el entierro que merece. O podéis enterrarlo como a una persona, también es una opción.

El miedo se fue, era demasiado para él. Allí sólo quedaba una sensación de vacío. Esa sensación previa a… ¿cómo decirlo?... El fin del mundo. Suponiendo que el fin del mundo fuera lo suficientemente valiente como para interrumpir aquella escena.

—     Será mejor que el padre O’Hara se haga cargo del bueno de Jim y mientras tú y yo podemos tomar un trago en mi casa. Hace demasiado calor para hablar aquí y seguramente te apetezca bajar del caballo y descansar un poco. Hablaremos de los viejos tiempos y de paso me cuentas qué pasó con Jim. —Se giró y dio un silbido. De la casa blanca salieron un par de tipos y se acercaron para hacerse cargo de los caballos.

Una atronadora carcajada salió de la garganta de Jack. El sonido permaneció reverberando por las callejuelas del pueblo. Era una carcajada desafiante, como la figura del propietario. Y no conocía la palabra miedo, porque esas cosas no las conoce una carcajada, o al menos eso le enseñó su madre de pequeñita, y menos una carcajada de Jack Wilson.

Jack Wilson debía ser la persona más valiente a ambos lados del Pecos. No en vano cuenta que La Muerte le ha tachado de su lista porque teme enfrentarse al desprecio de Jack. Otros cuentan que él es el propio hijo de La Muerte, ya que allá por donde ha pasado ha dejado un sembrado de cruces. Si bien es cierto que, últimamente, lo hace dentro de la Ley, o todo lo dentro de la Ley que la Ley le permite, como sheriff de Kinsley.

—     ¿En serio crees que he venido hasta aquí para entrar en esa porquera que llamas casa?

Los dos esbirros de Rick pararon en seco, hasta ellos tuvieron miedo en ese instante.

—     Jack, Jack… —Respondió Rick, pronunciando lenta y suavemente el nombre—Sabes que me caes bien. Incluso me caes bien a pesar de ser quien eres y hacer lo que haces. Pero será mejor que no te pases, hay gente a la que no le caes tan bien, que no te aprecia tanto como yo. Gente que estaría encantada de que el hombre que tengo apostado te atravesara la cabeza de un disparo. Así que, seamos razonables, ¿de acuerdo?
—     ¿Qué tipo? —Dijo Jack con su habitual desgana.

Los hechos siguientes fueron rápidos. Demasiado rápidos. Incluso a  un observador neutral, al que hubieran entrenado desde la infancia, al que hubieran adiestrado única y exclusivamente para anotar y relatar los hechos que acontecieron en ese instante, le habría costado.
Se oyó un disparo. Alguien murió. Y Rick White era el único que seguía encañonado por un arma.

—     Joder, Jack, eres mejor de lo que recordaba. Y un maldito cabrón, ese era mi mejor hombre.
—     Pues te he quitado un sueldo tonto de encima, Rick. ¿Hay alguien más al que le caiga mal?— Lanzó la pregunta al aire, y el aire se fue a un rincón a hacerse el distraído.
—     La lista es larga y lo sabes. En fin, no puedo obligarte a tomar un trago conmigo, pero si te quieres quedar por aquí un rato o a pasar la noche los gastos corren de mi cuenta. Nos veremos pronto. —Diciendo esto se giró y desplazó su blancura al interior de la blanca casa.

Los hombres de Rick, que aún mantenían las manos en las fundas de sus revólveres, y se preguntaban cómo demonios había podido acertar desde tan lejos, se apresuraron a coger las riendas del caballo de Jim para llevarlos a descansar, al caballo al establo y a Jim al cementerio.

Jack bajó de su caballo con tranquilidad. Con esa tranquilidad que hace que hayan oído hablar de ti en veintidós estados. Su mayor virtud no era, sin embargo, esa tranquilidad. Ni su velocidad para desenfundar. Ni su valentía. Ni siquiera el que dijeran de él que era capaz de ver más allá del horizonte. Su mayor virtud era que su aspecto no delataba nada de eso. Era un tipo al que la normalidad le había retirado el saludo por aburrido. Además su afición al whiskey podía hacer pensar que sus facultades disminuirían. Ese solía ser el último error de los que le menospreciaban.

Una vez que la extraña reunión se hubo disuelto, el pueblo comenzó a volver a la vida. Las ventanas se abrían, las habitaciones respiraban de nuevo y las maderas volvían a crujir. Presintiendo que los paisanos necesitarían una buena dosis de alcohol, el dueño del Saloon, que no era otro que Rick White, ordenó que abrieran sus puertas. Y así se comenzó a volver a la normalidad, con Francis el pianista tocando y con Rob, paño en manos, dando lustre a los vasos tras la barra.

Las notas salían a la calle, más por ganas de salir del pueblo cuanto antes que por el ímpetu que ponía Francis al tocarlas. Francis podría haber sido un gran pianista. O al menos podría haberlo sido si se le hubiera dado el don de nacer unas quinientas veces más. Aunque nadie le ponía un pero a su forma de tocar. Por varios motivos. El primero porque lo siguiente más parecido a la música que había oído los lugareños eran las campanas de los entierros. Porque la mayoría de los clientes distraían sus sentidos en dos actividades, los senos de las chicas y lo que quiera que fuera que vendía Rob en aquellas botellas añejas. Y por último porque Francis tenía a bien apellidarse White y, si bien es cierto que no era hijo de Rick, no podía tomarse a la ligera que llevara el mismo apellido.

Un tipo entró en el local atravesando la portezuela de dos hojas con agilidad. Estas se abatieron repetidamente, como si quisieran ventilar el viciado ambiente cargado de una mezcolanza de alcohol, sudor y tabaco de mascar. Vestía camisa azul, unos tejanos, botas marrones con unas espuelas plateadas, a juego con la estrella de su pecho, y un bonito sombrero. Pero lo que más llamaba la atención era lo que no llevaba, una cartuchera.

—     Buenos días, Rob, dame una botella de ese whiskey que sirves aquí.
—     ¿Y desde cuándo te gusta a ti el whiskey, Matt?
—     No si sigue sin gustarme, pero tengo quitar unas manchas de grasa en unos pantalones y la tienda de la Sra. Wilkins sigue cerrada.
—     Sheriff… —Saludó Jack.
—     Sheriff… —Contestó Matt— Ya he visto que sigues haciendo amigos.
—     Bueno, sólo hago cumplir la ley, Matt. —Sonrió
—     Lo sé, lo sé, ¿qué me vas a contar? —Devolvió la sonrisa— ¿Qué tal sigue Chiquitín? —Se refería a Chiquitín McBride, el ayudante de Jack en Kinsley.
—     Muy bien, lo he dejado al mando en el pueblo. Le diré que has preguntado por él. ¿Y tú qué tal por aquí? Si necesitas mi ayuda sólo tienes que pedirla.
—     Lo sé. —Esbozó una sonrisa sincera— Está todo donde yo quiero que esté.

Jack apuró su vaso.

—     Creo que lo mejor es que me marche antes de que me pille la noche por el camino.
—     Sí, será lo mejor. Por la noche es más difícil ver las balas.

Se estrecharon las manos antes de que Jack tomara el camino hacia la calle. Cuando Jack estaba a punto de cruzar el umbral algo hizo reaccionar a Matt.

—     ¡Rob!

Sólo fue necesaria esa palabra para que un instante después apareciera en su mano un rifle de repetición. Con la misma celeridad apareció junto a Jack en la puerta del Saloon. Nadie en el interior osó moverse. Parecía que lo peor estaba por llegar.

Sin haber puesto siquiera un pie en la calle, propiamente dicha, los dos sheriffs ya habían dado cuenta de un par de los matones de Rick. Cuando por fin lo hicieron los asalariados del Sr. White fueron cayendo como moscas. Un tercer tirador se había unido a ellos en dicha labor, era Franklin, el segundo de Matt en el pueblo que debía estar sobre aviso dada la escena protagonizada unas horas antes. Los disparos se iban sucediendo, como en un castillo de fuegos artificiales, en los que el color rojo era el predominante. Si Jack era bueno con su revólver, Matt y su ayudante no se quedaban atrás. Daba la sensación de que estaban  en una exhibición de tiro al malhechor. Éstos, a pesar de ser más en número no parecían ser tan certeros y seguían siendo los receptores de las malas noticias en forma de balas.

De repente el estruendo dio paso al silencio, a una calma tensa. Sólo quedaban cuatro personas en pie, los tres defensores de la ley y Rick White.

—     Vaya, Rick, parece que vas a ahorrar un dineral en sueldos… —Dijo el parsimonioso de Jack.
—     Lo mejor es que no hagas ninguna tontería, ya has visto el resultado de tu última ocurrencia. —Sugirió Matt.

Rick los miraba con furia, con rabia mal contenida. Era un cartucho de dinamita al que se le estaba acabando la mecha. Había pasado de ser el dueño del pueblo a ser el hazmerreír, o eso pensaba él. Lo que estaba claro era que estaba en un camino sin retorno. Había quedado demostrado que su mandato en el pueblo era porque Matt así lo quería. Porque cuando contravenía la ley siempre era en otros pueblos y no en Larned, el pueblo de Matt. No se sabe si fue un error de juicio, o un suicidio provocado, pero trató de desenfundar su revólver. No llegó a hacerlo, dos disparos llegaron antes a su blanco pecho, que comenzó a teñirse de rojo.

—     Le he dado yo primero. —Dijo Jack
—     Ni de broma, he sido yo. —Contestó Matt
—     Sabes que soy mejor que tú disparando. Siempre lo he sido.
—     Eso es lo que tú te has creído.

El pueblo seguía en silencio, observando con cierto temor la discusión de los dos sheriffs. Sin saber muy bien en qué iba a acabar aquello. Si habría un nuevo duelo por ver quién tenía la supremacía.

—     No es que lo crea, es que es así.
—      Pregúntale a papá. Él nos enseñó a los dos…
—     Oh… Vamos, Matt, ¿vas a jugar esa carta ahora? No seas niño…

Ambos sonrieron y se fundieron en un abrazo antes de dirigirse de nuevo al Saloon. Cuando entraron las notas del piano volvieron a sonar, mucho más sosegadas que hacía un rato.

—     Pagas tú, que has perdido. —Dijo Matt
—     Ni de coña, pagas tú, que para eso es tu pueblo. —Contestó Jack
—     Me parece bien. —Ambos sonrienron.


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[19:56:01] chinan dice:
cruza un arbusto acompañado por el silbido del viento...
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unas contraventanas se cierran raudas
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mientras unos ojos escrutan la calle desierta
[19:57:29] chinan dice:
a lo lejos
[19:57:50] chinan dice:
se escucha el tintineo de unos adornos metalicos colgados en un porche
[19:58:25] chinan dice:
la escena, resumiendo, da mas miedo que otra cosa
[20:00:14] esquivando dice:
el gallo del corral del viejo Bob es el único que se atreve a gritar
[20:00:34] esquivando dice:
el resto de los habitantes callan expectantes
[20:01:00] esquivando dice:
mientras el trote de un caballo comienza a ser audible
[20:01:14] esquivando dice:
(cambio)
[20:01:33] chinan dice:
los murmullos van dando paso a los suspiros contenidos
[20:01:57] chinan dice:
incluso el gallo del viejo Bod decide hacer mutis por el foro
[20:02:56] chinan dice:
la valentia habia puesto pies en polvorosa y de ella solo quedaban facturas sin pagar
[20:03:01] chinan dice:
(cambio)
[20:03:02] esquivando dice:
(juaz)
[20:06:03] esquivando dice:
El jinete atravesó la calle principal lentamente, como se corteja a una dama de buena familia pero con su mano derecha apoyada en la culata de su revolver, que desenfundaría tan rápido como se consigue dormir con una de las bailarinas del saloon, al primer movimiento sospechoso.