domingo, 16 de noviembre de 2014

Te Robo Una Frase (V): Caso 29, Cruce De Caminos

Para todos los que estéis interesados en jugar en el mes de diciembre, podéis encontrar la frase con la que participaremos al final del texto, así como la fecha. Os recuerdo que podéis dejar propuestas de frases en los comentarios. También voy a copiar el código de InLinkz al final de mi entrada por si a alguien le da algún problema.
 La frase con la que jugamos esta vez es la siguiente: No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella. —De Elbert Hubbard. —Propuesta por Frank Spoiler.



Eran las ocho de la tarde pasadas y estaba a punto de cerrar. El día había sido de lo más aburrido. Parecía que esa era la tónica, después de un caso venían unos días de sequía. Y el día anterior había cerrado un caso con uno de los hombres del saco como protagonista.

Entonces escuché como se abría la puerta de la antesala, podría decir que dicha antesala corresponde a mi secretaria, pero estaría mintiendo. En realidad esa sala la uso para cuando requiere de mis servicios algún vampiro. Como bien es sabido ellos sólo pueden entrar si tú se lo pides, pero uno de los muchos trucos que tiene mi oficina es que tiene dos puertas principales porque no me fio de esos paliduchos. Además de un buen número de runas, sortilegios, hechizos, y demás sistemas de protección que nunca son pocos cuando te dedicas a una profesión de cierto riesgo, como la de detective privado. Pero son más importantes cuando la mayoría de tus casos tiene que ver con fuerzas ocultas para el humano medio.

¿Qué me diferencia a mí del humano medio? Pues que yo sí puedo ver esas cosas, criaturas que a veces merodean por las sombras, y que muchas otras veces conviven a plena luz del día, codo con codo, con los mortales. ¿Y por qué puedo verlas yo? Una pequeña herencia por parte de mi abuelo materno, que era un hombre lobo. Afortunadamente no heredé el gusto por aullar a la luna y por esos cambios bruscos de humor y forma, no, una de las cosas que heredé fue la capacidad de ver, en el más amplio sentido de la palabra.

No soy el único con este don, aunque creo que sí soy el único que lo ha dedicado a esta profesión. Hasta donde yo sé, los otros con este tipo de herencia la usan para crear obras literarias. Es una forma de hacer ver a la gente que no debe confiar, que hay algo más, que debe tener precaución… Pero no siempre la tienen, porque no creen hasta que es demasiado tarde, o porque ni siquiera leen ese tipo de literatura. A mí, sin embargo, me movió más el afán por hacer justicia, porque esas criaturas no se salieran con la suya. A pesar de que había infinidad de sindicatos, comisiones, asociaciones, comités, encargados cada uno de que cada criatura en concreto se ciñera a sus normas. Haciendo castigos ejemplares, en muchos casos, pero bueno… Eso también ocurre con los humanos, y siempre hay quién piensa que las normas son cosas que les ocurren a los demás.

Pero volvamos al caso que nos ocupa. Como decía, antes de irme por las ramas, escuché la puerta de la antesala abrirse.

—     ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Dijo una voz de mujer.

Abrí la puerta que daba a mi despacho y la hice pasar. Era una mujer que cabalgaba entre los treinta y los cuarenta años. No me atrevería a apostar mi minuta por qué decena tenía más cercana. Morena, de estatura y peso medios, se podía decir que era atractiva, aunque también se podía decir que había vivido momentos mejores. Un cierto halo de tristeza la rodeaba. Andaba a duras penas, como alma en pena, y lo dice alguien que sabe de lo que habla.

La invité a sentarse en una de las dos butacas que tenía para los clientes, al tiempo que yo hacía lo propio en mi silla. Ella tardó un poco en reaccionar a mi invitación, su mirada vagaba por toda la oficina, no como si tratará de memorizarla, sino más bien como si buscara algo que la anclara a la realidad, un punto desde el que aferrarse a la razón y dejar a la locura volar.

De repente sus ojos llegaron hasta mi figura y pareció despertar del trance. Su cuerpo dio un respingo y por fin se sentó. Su cara parecía volver a tomar vida. Ahora sí podría apostar por que estaba más cerca de la treintena. Por fin decidió hablar.

—     He venido… He venido… A ver si… Si me podía ayudar… —Su voz aún se estaba aclimatando.
—     Usted dirá, señorita… —Dije con una sonrisa que trataba de tranquilizarla
—     Señora. —Contestó muy tajante.
—     Está bien, usted dirá, señora…
—     Wise, Penny Wise.

Me quedé mirándola, no me gustaba forzar las historias. Era mejor cuando fluían por si solas. Solían ser más veraces.

—     Tengo un problema con mi marido… O es mi marido el que tiene el problema, no lo sé muy bien. —Se ruborizó un poco— El caso es que él está actuando de una forma muy rara...
—     ¿En qué sentido?
—     Pues… Hace cosas que nunca antes se habría planteado, como por ejemplo puenting, rafting, salto base…  Pasa mucho tiempo fuera de casa… Y gasta mucho, demasiado, en este tipo de cosas… No es que a mí me importe el dinero, al contrario, mi familia tiene suficiente para vivir cien vidas y no acabarlo… Pero él… Él nunca ha sido así, era más bien una persona austera.
—     ¿A qué cree que se debe este cambio repentino?
—     No tengo ni idea. Lo habría entendido hace cinco años, cuando pasó por una enfermedad muy grave. Los médicos no le daban más de unas semanas de vida y… Bueno, han pasado cinco años…
—     ¿Puede estar teniendo una aventura? —Pregunté sin rodeos. Ella al principio pareció ofenderse, pero se le pasó rápido.
—     Lo he pensado. —Fue su escueta respuesta.
—     Y quiere que yo le saqué de dudas. —Asintió con la cabeza— No hay ningún problema, señora Wise. Permita que le comente mi tarifa…
—     No hace falta, —me interrumpió— ya le he dicho que el dinero no me importa. Lo único que le pido es que, sea lo que sea haga que merezca la pena.
—     Eso no se lo puedo prometer.

Asintió, de nuevo, entendiendo mi postura. Sin mediar ni una sola palabra más se marchó.

A la mañana siguiente comencé a seguir al señor Wise, Alan para más señas. A pesar de ser una ciudad grande, la segunda más grande de Vespucha, o mejor dicho de los Estados Unidos de Vespucha, pero somos una nación lo suficientemente presuntuosa como para hacernos llamar como el continente entero. Como decía, a pesar de ser una ciudad muy grande era muy sencillo hacer un seguimiento y pasar inadvertido, precisamente por ese mismo motivo, el tumulto favorecía el camuflaje.

Tras pasar por el banco, cogió su vehículo y fue a Mount Reznor, una de las montañas más escarpadas del estado, a hacer escalada libre. Eso era mucho riesgo, sobre todo para alguien que según entendí por la conversación con su mujer, lo más arriesgado que habría hecho en la vida habría sido mezclar la ropa de color y la blanca en la lavadora. En ese monte había un porcentaje de defunciones superior al cuarenta por ciento. Desde luego no parecía algo muy racional.

Lo seguí de vuelta a la Gran Sandía, como llamábamos a Nueva Chop’d  los lugareños. Una vez allí se adentró en uno de los barrios menos aconsejables y dentro del mismo en uno de los garitos de más mala muerte. Hice lo propio y me senté a un par de taburetes de él. Comenzó a beber como si mañana lo fueran a prohibir, como si no costara, como si su hígado fuera de titanio. Yo lo hice a un ritmo más moderado, esperando que su estado llegara a ese punto en el que, para el borracho, todo el mundo es su mejor amigo. Quizá así podría sacarle alguna información.

Después de media destilería de Whisky de Malta, para él y un par de vasos para mí, comencé mi acercamiento.

—     Las penas suelen saber nadar… —Dije, sin levantar la vista de mi vaso.
—     ¿Qué? —Contestó con cierto aire de sorpresa, como si no hubiera notado mi presencia junto a él todo ese rato.
—     Que por mucho que beba no va a solucionar sus problemas.
—     ¿Y usted que sabrá?
—     ¿De alcohol? Bueno, podría dar un master. Soy hijo predilecto y tengo las llaves de oro de varias destilerías, pero… Lo suyo… Lo suyo es como para record… Si sigue así va a conseguir matarse
—     Ya estoy muerto… Lo único que quiero es adelantarlo lo más posible y ver si puedo joder a ese maldito cabrón. —Dijo, como escupiendo desde la conjunción.
—     No será tan grave. —Dije yo, tratando de recabar información sobre el cabrón en cuestión. Con esa descripción podría ser un prestamista, un camello… Un buen manojo de criaturas de las sombras.
—     Ni se lo imagina.
—     Tengo una imaginación muy flexible.
—     Pero esto no cabe en cabeza alguna. —Parecía que ni el mismo lo entendía.
—     Pruébeme
—     He vendido mi alma. —Fue su sentencia, tras la cual se quedó esperando algún tipo de reacción, quizá de burla. No hubo ninguna por mi parte— ¡A un demonio! ¿Se imagina?

La verdad era que sí, que me lo imaginaba. La gente pensaba que aquello eran cuentos chinos, pero no, había un negocio de compra de almas bastante bien organizado. Y era un problema de los gordos. No era fácil deshacer ese tipo de tratos.
—     Por cinco años más de vida… ¡Por cinco años! Y ya han pasado… No digo que no hayan valido la pena, he podido disfrutar cada minuto de esos días con mi amada esposa… Pero han pasado tan rápido…
—     No se preocupe, seguro que al final se soluciona. Seguro que ha sido un malentendido— Mentí para tratar de consolarlo.

Tras un par de copas más y de un par de horas de cháchara intrascendente me despedí. Pasé por mi oficina para coger una foto mía, y un hueso de gato negro, dos de los tres ingredientes necesarios para invocar a un demonio en un cruce de caminos. El tercer ingrediente, tierra de cementerio, lo recogí por el camino. Con todo me dirigí a uno de los cruces de camino más usados para este tipo de transacciones. Metí todo en una cajita, hice un agujero en el centro del cruce, lo tapé y esperé un rato.

—     ¿Qué se te ofrece? —Dijo una voz a mis espaldas.
—     Necesito información. —Contesté girándome.
—     ¡Mierda Hammett! Sabes que no podemos hacer tratos contigo. Tu alma es non grata.
—     ¿Quién ha hablado de tratos? Sólo quiero hablar.
—     Yo no tengo nada que hablar contigo.

Cuando trató de marcharse tire mi mechero encendido al suelo y un fuego, de oleo consagrado, comenzó a arder.

—     Pues me parece que nos vamos a aburrir un buen rato… —Dije forzando un bostezo.
—     ¿En serio Hammett, fuego santo?
—     Dame lo que quiero y te dejo marchar.
—     ¿Y si me niego?
—     Exorcizamus te, omnis immundus spiritus…
—     No me jodas…
—     Podría ser peor y lo sabes. Sabes que tengo los medios para acabar contigo en lugar de enviarte de vuelta al infierno.
—     Está bien, ¿qué quieres saber?
—     Seguís dando diez años, ¿no?
—     Sí.
—     ¿Has hecho un trato con Alan Wise?
—     Eso es información confiden…
—     Exorcizamus te, omnis immundus spiritus
—     No… ¡No! ¡Vale! No me suena ese nombre.
—     ¿Puede haber hecho el trato otro demonio?
—     No. Sólo yo. Al menos en este estado.
—     Pues me temo que tengo que hablar con tu jefe.
—     ¿Con Crowley? ¿Estás de coña?
—     ¿Me ves reír?
—     Estás muy loco.
—     Eso no te lo discuto.
—     Raymond… Raymond… —Dijo una voz, de nuevo a mis espaldas. Era Crowley.
—     No entiendo la manía que tenéis de ir por la espalda.
—     Puesta en escena, ya sabes. Deja a mi chico que se vaya y hablemos.

Apagué el fuego y nos quedamos a solas el jefe de los cruces de camino y yo.

—     Me temo que tienes una oveja descarriada.
—     ¿Entre mis chicos? Lo dudo… —Su tono sonaba siempre socarrón.
—     Alguien ha hecho un trato por un alma y cinco años.
—     ¿Cinco? —Comencé a captar su atención
—     Sí. Sabes que hay normas Crowley, y hasta vosotros tenéis que cumplirlas.
—     Nosotros somos los que más las cumplimos y lo sabes, Ray. —Tenía razón, por lo general los comerciantes se solían ceñir mucho a la ley. Era bueno para su negocio, aunque este fuera el de las almas— Soy muy severo con eso.
—     Entonces, si no ha sido uno de tus chicos… ¿Quién ha podido ser?
—     Otro demonio, eso seguro. Y en cuanto lo pille…
—     Si no lo pillo yo primero.
—     Tienes que traérmelo, Ray, si lo encuentras tú.
—     Sólo si rompes el contrato del marido de mi clienta.
—     No es bueno para el negocio.
—     Tú verás… Los dos somos gente de negocios…



Asintió y casi simultáneamente se desvaneció. Ahora entraba en una carrera contra reloj. Debía encontrarlo yo antes que Crowley.

Fui esa misma noche a casa de los Wise. No paré de llamar al timbre hasta que conseguí que me abrieran la puerta. Lo hizo Alan.

—     ¿Usted? ¿Qué hace en mi casa? ¿Qué quiere? —Sus palabras sonaban pastosas.
—     Soy detective privado, me ha contratado su mujer. ¿Está ella en casa?
—     Está durmiendo. ¿Por qué le ha contratado?
—     Está preocupada por usted. Por su reciente afición al riesgo desmedido.
—     Ya se lo dije, he vendido mi alma.
—     Lo sé. Le creo.
—     Y he oído que si acabo yo con mi vida antes de la fecha mi alma no se vería condenada.
—     Eso no es verdad, lo siento. —Su rostro se llenó de vacío. El clavo ardiendo se había soltado de su mano— Pero aún podemos arreglarlo. ¿Dónde hizo el trato?
—      En El Cruce de Caminos.
—     Sí, eso lo sé, ¿pero en el de las afueras de Keyston?
—     ¿Qué dice? En el de la cuarta con Franklin. —Le miré sorprendido— En el club, ya sabe.
—     ¿Vendió su alma en un bar?
—     Claro, ¿dónde pensaba?
—     No importa. Acuéstese antes de que su mujer se despierte.

Me apresuré todo lo que pude para llegar al local. No podía permitir que Crowley se me adelantara. Tenía que intentar dar con él esa misma noche.

Una vez allí comencé a beber, casi al mismo ritmo que lo había hecho Alana Wise horas antes, cuando le conocí. Al tiempo que bebía comencé a inventarme penas, dirigiéndolas a nadie en particular, a aquel que quisiera escuchar. Si estaba allí no podía tardar en aparecer.

—     No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella… —Una vez más la voz provenía de mi espalda. Resultaba del todo incómodo.

Le miré, no había duda, era un demonio. Cuando me vio notó algo raro, seguro que él no sabría explicar el qué, pero lo noto. Solía provocar esa sensación en las criaturas cuando me lo proponía.

Antes de que tuviera tiempo de reaccionar le calcé unas esposas.

—     ¿Unas esposas? —Dijo entre risas— No sabes quién soy yo…
—     Sí, un demonio de poca monta.
—     Puede, pero ¿unas esposas?

Mientras seguía riendo abrió la boca con la intención de que su condenada alma saliera en busca de otro cuerpo al que poseer. No funcionó. Me miró, las risas había dado paso al temor.

—     ¿Has visto todos estos dibujitos? Son los que impiden que salgas de este cuerpo… Entre otras debilidades que notarás.
—     Podemos llegar a un acuerdo. —Parecía que ya estaba notando los efectos.
—     ¿Un acuerdo?
—     Por tu alma.
—     ¿Mi alma? Como se nota que no es a lo que te dedicas… Si estuvieras de verdad en el negocio de las almas sabrías que la mía no es querida por tus jefes. —Me miraba sorprendido— Soy Raymond Hammett… Vaya, parece que, después de todo, sí has oído hablar de mí…
—     Pero… Algo podremos hacer…
—     Oh… Yo sí voy a hacer algo. Te voy a entregar a Crowley.
—     ¿A Crowley? ¡No! ¡Mátame antes!
—     Lo siento, con él sí que he hecho un trato. Voy a recuperar un alma de las que tu timaste. Por cierto… ¿Por qué lo hacías?
—     Quería hacerme notar, que Crowley viera que tengo iniciativa… Quería ser un demonio del cruce…
—     Ya he visto la iniciativa, —dijo una voz, esta vez a espaldas del pobre diablo— pero hay normas. Y ahora vas a saber lo que significa que caiga sobre ti todo el peso de la ley.
—     Todo tuyo, Crowley. Ahora cumple tu parte.

Sacó un contrato del bolsillo de su chaqueta, lo firmó y me lo entregó. Yo lo guardé en la mía.

—     ¿No vas a leerlo? —Preguntó Crowley
—     No creo que me engañes… —Dije con una sonrisa— Los dos sabemos que el que más perderías serías tu…

Asintió y se volvió a desvanecer. Otra manía de estos seres del Averno que no me gustaba. Volví a tomar el camino a casa de los Wise. Esta vez sólo tuve que llamar una vez. Ambos estaban levantados, esperando noticias mías. Les di la buena nueva y los dejé allí, llorando de la emoción y besándose como si no hubiera un mañana, aunque en este caso sí lo había.





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La próxima entrega será desde las 0:00 del lunes 15 de diciembre hasta las 23:59 del viernes 19. La frase que os propongo es la siguiente: Convirtió en garra la mano derecha y con ella trató de rasguñarme la cara con sus afiladas uñas. Tenía los dientes apretados y regañaba como un perro furioso. La agarré de la muñeca. —De Dashiell Hammett  sacada de su novela: El hombre delgado

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#150Palabras (Aldea, Momento y Respuesta):Caso 28, El Hombre Del Saco



El lugar al que me había llevado aquel caso era de lo más remoto. Aunque no muy lejos de mi Nueva Chop’d natal, sí que parecía una aldea sacada otro planeta. De hecho sus habitantes, los Deitsch, provenían del viejo Rho Setón. Su religión les hacía mantener a raya cualquier atisbo de tecnología o modernidad. No era para mí todo aquello, sin duda. No es que yo fuera un friki de la tecnología, pero cuando llevaba seis horas sin cobertura en el móvil comencé a traspirar de una manera compulsiva.

Afortunadamente ya estaba acabando con todo aquel lío.

—     Vamos, Boog, has de reconocer que ha sido un movimiento rastrero. —Dije lo más calmado que pude.
—     No sé de qué me habla. —Fue su respuesta— Yo me llamo Roberto.
—     Sí, ese es tu nombre humano. Pero no por el que se te conoce… profesionalmente…
—     No sé a qué se refiere… —En sus ojos había cierto aire de duda.
—     Conmigo no tienes que disimular, yo te veo tal y como eres. Sé lo que eres. Y está muy feo que vengas a una aldea como esta a sembrar el miedo y a robar niños por las noches. Niños, que en ningún caso merecían que los llevara el hombre del saco. ¿Tenías problemas de cupo? ¿Querías ascender?
—     Pero, ¿cómo…? —No cabía duda, ya se le habían despejado todas.
—     Es una larga historia que se remonta a uno de mis abuelos, pero no viene al caso hoy, quizá mañana te la cuente… Lo que sí viene al caso es que te voy a tener que entregar a las autoridades de Técnopolis. Sabes muy bien que no puedes actuar a tu antojo, que todos vosotros, los no muertos, tenéis unas normas al igual que el resto de los habitantes de Psi Deral.
—     Y… Y… ¿Quién...?
—     ¿Te ha delatado? Han sido los tuyos, los de El Comité de Sueños y Pesadillas. Y ahora, si me permites un momento… –Dije, zanjando la conversación con un gancho que lo dejó dormido el tiempo suficiente como para buscar un método por el cual poder llamar a la policía del Senado.



jueves, 13 de noviembre de 2014

La Colección Stonard (Uno)

Uno


            “Después de cinco meses como investigador privado, el balance que puedo hacer no es todo lo bueno que esperaba. Y no ya sólo por la escasez de casos a resolver, si no más bien por la poca relevancia de los mismos. Lo más apasionante fue cuando le encontré el perro a Cindy, la del segundo, que además, al ser vecina, no le cobré mi minuta...”
            Y es que Chinan no es lo que podríamos entender por un detective normal. Pero es que en él nada es normal. Ese adjetivo le viene grande en casi todos los aspectos. El apelativo que más se le ajusta es vulgar. Destacar una cualidad suya, que le hiciera resaltar sobre los demás, sería una ardua tarea por mucha buena voluntad que se tuviera. De estatura media y figura bastante desgarbada, su cuerpo contiene la misma cantidad de grasa que un sándwich vegetal. Su rostro blanquecino es de los que se olvidan con la misma facilidad con la que olvidamos un estornudo.
            Parte de su vida ha girado en torno al mundo del arte, más por la poca durabilidad de sus empleos que por su propio interés en ese mundo. En poco más de un año ejerció como bedel del museo de una localidad cercana, a conserje de la biblioteca de su pueblo. Incluso cuando decidió hacerse detective privado despreció una maravillosa y prometedora carrera en el mundo del cine, como acomodador del Luxor, el cine de su pueblo. Sala de reestreno por las tardes y de películas X por las noches. El Luxor tuvo su época de esplendor cuando aún era un teatro. De esa época conserva todavía el foso para la orquesta, el habitáculo del apuntador y un escenario cuyas tablas ya no son frecuentadas ni por las termitas. La decoración aun recuerda el glamour de los buenos tiempos, aunque por los desconchados de la pintura se diría más bien que ya acabó la última gran función de su carrera y que está desmaquillándose para pasar a mejor vida.
            Pero él es un tipo con la miras muy altas, demasiado para el nivel de inteligencia que posee. Y es que en las pocas cosas que llega a destacar por encima de la media son su total falta de criterio y su nula competencia laboral.
            “Quizá no debería haberme gastado esa cantidad de dinero en mis estudios de detective. Ahora creo que cinco mil pavos por un curso por correspondencia es demasiado, no sé. Al menos tengo un título. No tengo trabajo, pero sí un título... Soy licenciado, pero no puedo pagar el alquiler... Ganaba más cuando era un inculto sin diploma que ahora que tengo uno que lo acredita... ¿Me aceptarán de nuevo en el Luxor?”
            Pero no todo es culpa suya. Algún Dios, si es que cualquiera de ellos se tomó la molestia de fijarse en él, gastó todo su sentido del humor con su vida, desde el mismo inicio de ella. Un mes antes de nacer, murió su padre. Durante el parto quedó huérfano de madre. Al mes de su nacimiento fue adoptado y en menos de un año volvió a quedar huérfano. Vivió hasta la mayoría de edad en el centro de acogida del pueblo. Y no por ello fue menos feliz que el resto de los niños, pero esto es debido a su falta de consciencia, innata en él.
            Casi todo lo que conoce de la vida lo aprendió en el Luxor. Ya desde pequeño frecuentaba el que hasta hace unos meses sería su último lugar de trabajo. Esto no hizo sino crearle más confusiones de las que ya había desarrollado en su etapa escolar. Vivía en un mundo de fantasía perenne. Cegado por el esplendor de los films policíacos. Entonces supo que él quería ser el detective alcohólico que se queda con la rubia peligrosa. Y no se puede decir que haya fracasado por completo, es un detective y un alcohólico.
            - Hola Chinan, ¿qué tal? ¿Lo mismo de siempre? – le preguntó Mike, su mejor amigo y gerente del club-restaurante-sala de fiestas del pueblo. Mike y él han crecido correteando por todas y cada una de las variopintas calles de su localidad natal. De haber vivido en un lugar más grande habrían tenido muchas opciones de haber acabado en algún clan mafioso, pero su pueblo no es el lugar idóneo para ese tipo de oficios. Mike y Chinan son de la misma edad, un par de meses mayor Chinan, ambos han pasado hace un tiempo la barrera de los treinta, estando mas cerca de ella que de la de los cuarenta. Mike es un tipo de mayor inteligencia y mas emprendedor que su amigo, cosa bastante fácil por otro lado. Además de en el local de su propiedad, reparte su tiempo en chanchullos en la frontera de lo legal. Ambos comparten además una estatura semejante, aunque la complexión del empresario es más atlética que la del detective, modelada a ratos en el gimnasio que se ha montado en el sótano del club. Le gusta cuidar su imagen como si en el momento menos esperado le fueran a inmortalizar en algún óleo. Así una buena parte de sus ingresos los destina a ropa, productos de belleza y salud que la mayoría de los hombres del pueblo no saben ni que existen.
            - No Mike, hoy quiero cenar sobrio, por variar... Ya sabes...
            El Luxor también ayudó, en gran medida, a que sus relaciones fueran de fracaso en fracaso. Con el tiempo aprendió que sólo hay un modo para que las relaciones sean idénticas a las películas X. Y aún siendo más caro, es el que más asiduamente ha ido practicando. Tanto es así que casi se le podría catalogar de catador oficial del “Michele’s night club”. Como no podía ser de otra manera, tanto abono le ha llevado a cultivar grandes amistades dentro de la profesión. Gracias a las cuales subsiste, en parte, en los momentos malos. Es decir, casi a diario.
- ¿Que tal el día, jefe? – Le susurró al oído Vanity, una de las chicas del club y su secretaria en los ratos libres.
- Mantenemos la media de casos diarios. Lo cual sería excelente si tuviéramos casos diarios. – Respondió sin apartar la vista del plato del día. Mas pendiente de alimentar su apetito físico, que el apetito sexual al que ese susurro le habría abierto en cualquier otro momento. - ¿Puedo dormir otra vez aquí, Mike?
            - ¿Siguen montando guardia en tu casa?
            - Sí, y eso que llevo días sin aparecer por allí. Pero de camino aquí he visto a Rob merodeando por la puerta con el bate. Ya sabes como se pone cuando no cobra...
            Rob, viejo amigo también de Chinan, es un tipo alto y delgado, de rasgos más que dibujados, esbozados, casi caricaturizados. Y con una voz tan grave, que casi se podría penalizar por contaminación acústica. Es famoso en el pueblo tanto por su mal carácter como por su pasión por la corrección gramatical. En realidad es un académico frustrado, lo cual le ha llevado a acrecentar sus impertinencias con los que le rodean. Aunque también es posible que las amistades de ideología, cuando menos, poco recomendable por las que se ha visto rodeado él y algún miembro de su familia hayan ayudado a su constante estado de malhumor. No en vano un familiar cercano fue captado por una secta de vegetarianos radicales, y cuando pudieron sacarle de allí no era capaz de distinguir un solomillo de ternera de un cenicero.          
- Está bien, quédate. Pero tienes que solucionar lo de Rob cuanto antes.
            - Gracias tío. Haré lo que pueda, pero no prometo nada...
            Y desapareció escaleras arriba. Murmurando y maldiciendo. Unas escaleras que otras veces le habían conducido a cumplir mil y una fantasías. Hoy las subía con la esperanza de que al menos sus sueños se cumplieran mientras dormía.



¿Continuará? Puede que sí, puede que no...

martes, 11 de noviembre de 2014

Te Robo Una Frase, Jornada 5




Quería recordaros que se acerca la fecha de la siguiente jornada de “Te Robo Una Frase”. Comenzará a las 0:00 del lunes 17 de noviembre, y a partir de este mes alargaré la fecha de finalización, para hacerlo más cómodo a los que quieran participar, finalizaremos a las 23:59 del viernes 21 de noviembre.

La frase con la que jugaremos es la siguiente: No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella. —De Elbert Hubbard. Ensayista estadounidense. —Propuesta por Frank Spoiler.

SI queréis refrescar la memoria sobre cómo se juega y sobre el tema de los links, de InLinkz y demás podéis hacerlo en esta entrada.

Espero que os sigáis animando los que ya habéis participado alguna vez y que los que no lo hagáis en esta ocasión. Recordaros que podéis sugerir frases para siguientes jornadas a través de los comentarios de este blog.

¡Nos vemos/leemos a partir de lunes 17!