domingo, 9 de noviembre de 2014

#150Palabras (Amanecía, Picoteaban y Puerta): Amanecer


Amanecía un día más a orillas del Mediterráneo, en ningún sitio en concreto y en todo el litoral a la vez. Y lo hacía sin darse importancia, como tampoco se daban importancia los pajarillos que picoteaban por el suelo encontrando manjares diminutos. Todo fluía con naturalidad, aunque no hubiera nadie allí para observarlo. O quizá por ese mismo motivo…

Al fondo de aquella escena había una puerta. No abría ni cerraba nada, ya que no había nada que abrir ni cerrar. Si tuvo su uso tiempo atrás, pero ahora sólo era una puerta en medio de la nada.

Detrás de ella, sin embargo, sí había alguien. Una persona. La última persona viva del planeta, aunque él no lo sabía. Un virus había eliminado toda vida inteligente, y él era el único superviviente, lo cual no decía mucho en su favor. Estaba sentado en el suelo, tratando de recuperar el resuello, cansado de vagar por aquel páramo en el que se había convertido el planeta, cansado de buscar a alguien, a ser posible del sexo femenino, para intentar reconducir aquella situación.

—     ¡A la mierda todo!
—     ¿Qué haces? ¡Que lo has matado!
—     ¿Para qué preguntas entonces?
—     Pero… Lucifer, tío, en serio ¿qué problema tienes?
—     Tú sabrás, que me desterraste del cielo…
—     Ya, joder, pero con él íbamos a empezar a construir de nuevo…
—     ¿En serio? ¿Con él? Pero si tuviste que hacer que llovieran entrecots ya cocinados para que no se muriera de hambre…
—     Eso es cierto…
—     Además, ¿de verdad quieres volver a poner humanos aquí? ¿No has visto que son incapaces de llevarse bien? Y no, no digas que es culpa mía, que la mayoría de las veces yo sólo tengo que sentarme y observar.
—     Entonces…
—     Ni entonces, ni leches. Déjalo estar. Deja que los animalillos vivan su vida y vamos a tomarnos unas vacaciones.

Varios millones de años después una pequeña especie decide abandonar el mar y comenzar una nueva vida en la superficie…

—     ¡Que no joder! —Dijo una voz sulfúrica al tiempo que de un pisotón acababa con el pequeño aventurero.



La estupenda foto es, una vez más, cortesía de Diego Escolano.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Dos Sheriffs Y Un Destino



La calle estaba vacía, como sabedora de los acontecimientos venideros, tan sólo un arbusto se atreve a cruzar con la inestimable compañía del silbido del viento. Unas contraventanas se cierran raudas, mientras unos ojos escrutan la calle desierta. A lo lejos se escucha el tintineo de unos adornos metálicos que cuelgan de un porche. La escena, en definitiva da más miedo que otra cosa. Tan sólo el gallo del corral del viejo Bob se atreve a gritar, el resto de los habitantes callan con expectación mientras el trote de un caballo comienza a ser audible. Los murmullos van dando paso a los suspiros contenidos. Incluso el gallo del viejo Bob decidió hacer mutis por el foro. No parecía quedar una brizna de valentía por allí. De hecho la valentía había puesto pies en polvorosa y de ella sólo quedaban facturas sin pagar.

El trote del caballo trajo consigo a un jinete, el cual atravesó la calle principal lentamente, como se corteja a una dama de buena familia, pero con su mano derecha apoyada en la culata de su revólver, que desenfundaría, tan rápido como se consigue dormir con una de las bailarinas del Saloon, al primer movimiento sospechoso.

Atadas a su silla había unas riendas y al final de ellas un caballo. La sorpresa hizo su aparición, empujada desde el fondo de algún lugar eso sí, pero apareció. Era el caballo de Jim, de eso no cabía ninguna duda, como tampoco cabía ninguna duda sobre quién iba sobre él. La sorpresa no pudo más y huyó como un niño cuando le rompen su juguete favorito.

Un chirrido hizo que el jinete se detuviera y simultáneamente amartillara el revólver. No tuvo ni que pensarlo, su pulgar actuó por iniciativa propia. De una blanca puerta, perteneciente a una blanca casa, salió un hombre de sombrero blanco, todo era tan blanco que sintió el impulso de disparar, sin preguntar siquiera,  aunque sólo fuera por darle una nota de color a la escena.

—     ¡Jack! —Gritó la blanquecina figura.

El jinete detuvo el caballo y, con una desgana digna de un parlamentario en agosto, contestó.

—     Hola Rick. —La voz salía porque no le quedaba más remedio— No esperaba verte por aquí. He estado a punto de dispararte.

La blanca figura de nombre Rick y cuyo apellido, White, resultaba tan obvio que casi uno se avergüenza escribirlo, mostró una sonrisa tan falsa como un dólar cuadrado que dejó ver una blanca dentadura.

—     Bueno, tampoco es que nosotros hayamos contratado una banda de música para recibirte, no sé si te has dado cuenta. —Dijo, mientras señalaba las casas y los locales cerrados a cal y canto.
—     Es curioso que uses el plural, Rick, —espetó Jack— teniendo en cuenta que esta gente se esconde en sus casas desde que tú y tus hombres os apoderasteis del pueblo. Y hablando de secuaces, ¿dónde te dejo a Jim? A lo mejor queréis darle el entierro que merece. O podéis enterrarlo como a una persona, también es una opción.

El miedo se fue, era demasiado para él. Allí sólo quedaba una sensación de vacío. Esa sensación previa a… ¿cómo decirlo?... El fin del mundo. Suponiendo que el fin del mundo fuera lo suficientemente valiente como para interrumpir aquella escena.

—     Será mejor que el padre O’Hara se haga cargo del bueno de Jim y mientras tú y yo podemos tomar un trago en mi casa. Hace demasiado calor para hablar aquí y seguramente te apetezca bajar del caballo y descansar un poco. Hablaremos de los viejos tiempos y de paso me cuentas qué pasó con Jim. —Se giró y dio un silbido. De la casa blanca salieron un par de tipos y se acercaron para hacerse cargo de los caballos.

Una atronadora carcajada salió de la garganta de Jack. El sonido permaneció reverberando por las callejuelas del pueblo. Era una carcajada desafiante, como la figura del propietario. Y no conocía la palabra miedo, porque esas cosas no las conoce una carcajada, o al menos eso le enseñó su madre de pequeñita, y menos una carcajada de Jack Wilson.

Jack Wilson debía ser la persona más valiente a ambos lados del Pecos. No en vano cuenta que La Muerte le ha tachado de su lista porque teme enfrentarse al desprecio de Jack. Otros cuentan que él es el propio hijo de La Muerte, ya que allá por donde ha pasado ha dejado un sembrado de cruces. Si bien es cierto que, últimamente, lo hace dentro de la Ley, o todo lo dentro de la Ley que la Ley le permite, como sheriff de Kinsley.

—     ¿En serio crees que he venido hasta aquí para entrar en esa porquera que llamas casa?

Los dos esbirros de Rick pararon en seco, hasta ellos tuvieron miedo en ese instante.

—     Jack, Jack… —Respondió Rick, pronunciando lenta y suavemente el nombre—Sabes que me caes bien. Incluso me caes bien a pesar de ser quien eres y hacer lo que haces. Pero será mejor que no te pases, hay gente a la que no le caes tan bien, que no te aprecia tanto como yo. Gente que estaría encantada de que el hombre que tengo apostado te atravesara la cabeza de un disparo. Así que, seamos razonables, ¿de acuerdo?
—     ¿Qué tipo? —Dijo Jack con su habitual desgana.

Los hechos siguientes fueron rápidos. Demasiado rápidos. Incluso a  un observador neutral, al que hubieran entrenado desde la infancia, al que hubieran adiestrado única y exclusivamente para anotar y relatar los hechos que acontecieron en ese instante, le habría costado.
Se oyó un disparo. Alguien murió. Y Rick White era el único que seguía encañonado por un arma.

—     Joder, Jack, eres mejor de lo que recordaba. Y un maldito cabrón, ese era mi mejor hombre.
—     Pues te he quitado un sueldo tonto de encima, Rick. ¿Hay alguien más al que le caiga mal?— Lanzó la pregunta al aire, y el aire se fue a un rincón a hacerse el distraído.
—     La lista es larga y lo sabes. En fin, no puedo obligarte a tomar un trago conmigo, pero si te quieres quedar por aquí un rato o a pasar la noche los gastos corren de mi cuenta. Nos veremos pronto. —Diciendo esto se giró y desplazó su blancura al interior de la blanca casa.

Los hombres de Rick, que aún mantenían las manos en las fundas de sus revólveres, y se preguntaban cómo demonios había podido acertar desde tan lejos, se apresuraron a coger las riendas del caballo de Jim para llevarlos a descansar, al caballo al establo y a Jim al cementerio.

Jack bajó de su caballo con tranquilidad. Con esa tranquilidad que hace que hayan oído hablar de ti en veintidós estados. Su mayor virtud no era, sin embargo, esa tranquilidad. Ni su velocidad para desenfundar. Ni su valentía. Ni siquiera el que dijeran de él que era capaz de ver más allá del horizonte. Su mayor virtud era que su aspecto no delataba nada de eso. Era un tipo al que la normalidad le había retirado el saludo por aburrido. Además su afición al whiskey podía hacer pensar que sus facultades disminuirían. Ese solía ser el último error de los que le menospreciaban.

Una vez que la extraña reunión se hubo disuelto, el pueblo comenzó a volver a la vida. Las ventanas se abrían, las habitaciones respiraban de nuevo y las maderas volvían a crujir. Presintiendo que los paisanos necesitarían una buena dosis de alcohol, el dueño del Saloon, que no era otro que Rick White, ordenó que abrieran sus puertas. Y así se comenzó a volver a la normalidad, con Francis el pianista tocando y con Rob, paño en manos, dando lustre a los vasos tras la barra.

Las notas salían a la calle, más por ganas de salir del pueblo cuanto antes que por el ímpetu que ponía Francis al tocarlas. Francis podría haber sido un gran pianista. O al menos podría haberlo sido si se le hubiera dado el don de nacer unas quinientas veces más. Aunque nadie le ponía un pero a su forma de tocar. Por varios motivos. El primero porque lo siguiente más parecido a la música que había oído los lugareños eran las campanas de los entierros. Porque la mayoría de los clientes distraían sus sentidos en dos actividades, los senos de las chicas y lo que quiera que fuera que vendía Rob en aquellas botellas añejas. Y por último porque Francis tenía a bien apellidarse White y, si bien es cierto que no era hijo de Rick, no podía tomarse a la ligera que llevara el mismo apellido.

Un tipo entró en el local atravesando la portezuela de dos hojas con agilidad. Estas se abatieron repetidamente, como si quisieran ventilar el viciado ambiente cargado de una mezcolanza de alcohol, sudor y tabaco de mascar. Vestía camisa azul, unos tejanos, botas marrones con unas espuelas plateadas, a juego con la estrella de su pecho, y un bonito sombrero. Pero lo que más llamaba la atención era lo que no llevaba, una cartuchera.

—     Buenos días, Rob, dame una botella de ese whiskey que sirves aquí.
—     ¿Y desde cuándo te gusta a ti el whiskey, Matt?
—     No si sigue sin gustarme, pero tengo quitar unas manchas de grasa en unos pantalones y la tienda de la Sra. Wilkins sigue cerrada.
—     Sheriff… —Saludó Jack.
—     Sheriff… —Contestó Matt— Ya he visto que sigues haciendo amigos.
—     Bueno, sólo hago cumplir la ley, Matt. —Sonrió
—     Lo sé, lo sé, ¿qué me vas a contar? —Devolvió la sonrisa— ¿Qué tal sigue Chiquitín? —Se refería a Chiquitín McBride, el ayudante de Jack en Kinsley.
—     Muy bien, lo he dejado al mando en el pueblo. Le diré que has preguntado por él. ¿Y tú qué tal por aquí? Si necesitas mi ayuda sólo tienes que pedirla.
—     Lo sé. —Esbozó una sonrisa sincera— Está todo donde yo quiero que esté.

Jack apuró su vaso.

—     Creo que lo mejor es que me marche antes de que me pille la noche por el camino.
—     Sí, será lo mejor. Por la noche es más difícil ver las balas.

Se estrecharon las manos antes de que Jack tomara el camino hacia la calle. Cuando Jack estaba a punto de cruzar el umbral algo hizo reaccionar a Matt.

—     ¡Rob!

Sólo fue necesaria esa palabra para que un instante después apareciera en su mano un rifle de repetición. Con la misma celeridad apareció junto a Jack en la puerta del Saloon. Nadie en el interior osó moverse. Parecía que lo peor estaba por llegar.

Sin haber puesto siquiera un pie en la calle, propiamente dicha, los dos sheriffs ya habían dado cuenta de un par de los matones de Rick. Cuando por fin lo hicieron los asalariados del Sr. White fueron cayendo como moscas. Un tercer tirador se había unido a ellos en dicha labor, era Franklin, el segundo de Matt en el pueblo que debía estar sobre aviso dada la escena protagonizada unas horas antes. Los disparos se iban sucediendo, como en un castillo de fuegos artificiales, en los que el color rojo era el predominante. Si Jack era bueno con su revólver, Matt y su ayudante no se quedaban atrás. Daba la sensación de que estaban  en una exhibición de tiro al malhechor. Éstos, a pesar de ser más en número no parecían ser tan certeros y seguían siendo los receptores de las malas noticias en forma de balas.

De repente el estruendo dio paso al silencio, a una calma tensa. Sólo quedaban cuatro personas en pie, los tres defensores de la ley y Rick White.

—     Vaya, Rick, parece que vas a ahorrar un dineral en sueldos… —Dijo el parsimonioso de Jack.
—     Lo mejor es que no hagas ninguna tontería, ya has visto el resultado de tu última ocurrencia. —Sugirió Matt.

Rick los miraba con furia, con rabia mal contenida. Era un cartucho de dinamita al que se le estaba acabando la mecha. Había pasado de ser el dueño del pueblo a ser el hazmerreír, o eso pensaba él. Lo que estaba claro era que estaba en un camino sin retorno. Había quedado demostrado que su mandato en el pueblo era porque Matt así lo quería. Porque cuando contravenía la ley siempre era en otros pueblos y no en Larned, el pueblo de Matt. No se sabe si fue un error de juicio, o un suicidio provocado, pero trató de desenfundar su revólver. No llegó a hacerlo, dos disparos llegaron antes a su blanco pecho, que comenzó a teñirse de rojo.

—     Le he dado yo primero. —Dijo Jack
—     Ni de broma, he sido yo. —Contestó Matt
—     Sabes que soy mejor que tú disparando. Siempre lo he sido.
—     Eso es lo que tú te has creído.

El pueblo seguía en silencio, observando con cierto temor la discusión de los dos sheriffs. Sin saber muy bien en qué iba a acabar aquello. Si habría un nuevo duelo por ver quién tenía la supremacía.

—     No es que lo crea, es que es así.
—      Pregúntale a papá. Él nos enseñó a los dos…
—     Oh… Vamos, Matt, ¿vas a jugar esa carta ahora? No seas niño…

Ambos sonrieron y se fundieron en un abrazo antes de dirigirse de nuevo al Saloon. Cuando entraron las notas del piano volvieron a sonar, mucho más sosegadas que hacía un rato.

—     Pagas tú, que has perdido. —Dijo Matt
—     Ni de coña, pagas tú, que para eso es tu pueblo. —Contestó Jack
—     Me parece bien. —Ambos sonrienron.


---------------------------------

[19:56:01] chinan dice:
cruza un arbusto acompañado por el silbido del viento...
 [19:56:52] esquivando dice:
unas contraventanas se cierran raudas
[19:57:12] esquivando dice:
mientras unos ojos escrutan la calle desierta
[19:57:29] chinan dice:
a lo lejos
[19:57:50] chinan dice:
se escucha el tintineo de unos adornos metalicos colgados en un porche
[19:58:25] chinan dice:
la escena, resumiendo, da mas miedo que otra cosa
[20:00:14] esquivando dice:
el gallo del corral del viejo Bob es el único que se atreve a gritar
[20:00:34] esquivando dice:
el resto de los habitantes callan expectantes
[20:01:00] esquivando dice:
mientras el trote de un caballo comienza a ser audible
[20:01:14] esquivando dice:
(cambio)
[20:01:33] chinan dice:
los murmullos van dando paso a los suspiros contenidos
[20:01:57] chinan dice:
incluso el gallo del viejo Bod decide hacer mutis por el foro
[20:02:56] chinan dice:
la valentia habia puesto pies en polvorosa y de ella solo quedaban facturas sin pagar
[20:03:01] chinan dice:
(cambio)
[20:03:02] esquivando dice:
(juaz)
[20:06:03] esquivando dice:
El jinete atravesó la calle principal lentamente, como se corteja a una dama de buena familia pero con su mano derecha apoyada en la culata de su revolver, que desenfundaría tan rápido como se consigue dormir con una de las bailarinas del saloon, al primer movimiento sospechoso.






domingo, 2 de noviembre de 2014

#150Palabras-extra (Gracias, Perdon y Por Favor): La Dama Llorona


—     Tenemos que ir y cuanto antes mejor. —Dijo Sara, llena de entusiasmo.
—     No sé si es buena idea, no me gustan nada las historias que cuentan sobre ella. —Contestó un precavido Vicente.
—     No me seáis gallinas. —Replicó Sara.
—     ¡Eh! Que los demás no nos hemos acojonado… Todavía… —Dijo, tímidamente Alberto.
—     No se hable más, mañana por la noche vamos. Y dad gracias que ya ha pasado la noche los muertos. —Sentenció Sara entre risas.

A la mañana siguiente quedaron para repasar todos los detalles de la excursión prevista para aquella noche. Todos debían llevar una linterna, una grabadora y una cinta de casete, por si alguna fallaba no hacer el viaje en balde.

El lugar al que iban era una casa de mediados del siglo dieciséis, con una torre de vigilancia típica de la época en Alicante. Según contaba la leyenda, en aquella casa se había quedado atrapado el espíritu de una dama. Dicha dama había sido abandonada por su amado el día en que los sarracenos llegaron. Huyó cobardemente dejándola sola, a merced de semejantes bárbaros. Su casa fue la primera en ser saqueada, dada su cercanía a la costa. Lo peor fue lo que le hicieron a ella… Digamos que… También la saquearon y cuando acabaron la dejaron para que la agonía y la tristeza se la llevaran. Y así fue, sólo que su alma decidió, según las leyendas, quedarse en aquella casa eternamente, vagando y llorando en busca de alguien que llenara su vacío.

Muchos, antes que ellos, había ido allí a investigar, a pasar una noche de miedo, a curiosear… Unos decían que aquello era un timo, una patraña, que allí lo único que había era humedad y oscuridad. Otros afirmaban haber contactado con ella, haber grabado su voz, incluso su silueta. Ellos quería vivir la experiencia de primera mano, que nadie se lo contara.

—     No entiendo el porqué de esta entrada. Venir andando tampoco costaba nada.
—     ¿Qué dices, Armando? ¿Venir andando?
—     ¿Se puede saber que os pasa?
—     Es la emoción, por llegar a la casa…
—     No, me refiero a qué hacéis rimando…
—     Bueno, al venir por el mar… Era más difícil caminar…
—     Rimando… Como en un poema ¡Rimando!
—     No sé qué cojones dices, Vicente… Ha de ser cosa del narrador omniscente…

NARRADOR: Omnisciente, se dice omnisciente. Y no, no sido culpa mía. Ha sido el autor, el que al parecer quería,  incluir en la historia una poesía.

Los muchachos miraban con estupor, ¿el autor? ¿Qué autor?

SARA: Perdone y usted es…
NARRADOR: ¿No está claro?
SARA: Lo que es, es raro…
NARRADOR: El narrador, pardiez
AUTOR: ¿Por qué no dejáis la discusión y con la historia continuáis?
NARRADOR: Sí señor, se hará como vos digáis.

A la costa por fin arribaron, y a partir de ahí hasta la casa caminaron.

VICENTE: ¿Y vamos a seguir la historia de ripio en ripio?
ALBERTO: Ni idea, yo por mi volvería al principio…

El narrador hizo caso omiso, pues con la historia tenía un compromiso.  Entraron en la casa y a su paso la madera crujía al tiempo que su corazón palpitaba…

SARA: Disculpe, narrador, ¿no se dio cuenta del error?

El narrador reviso lo último que había escrito.

NARRADOR: Ah, es cierto… repito

Entraron en la casa y a su paso la madera se lamentaba al tiempo que su corazón… latía

El grupo de repente paró, como con cierta grima.

SARA: El grupo sí paró, pero por su mala rima

AUTOR: ¿Queréis dejar de discutir y avanzar con la historia?

NARRADOR: Es el grupito este, me marea como una noria…

AUTOR: Deja ya la rima ripiosa, y a otra cosa.

Los cuatro muchachos fueron investigando por toda la casa, habitación tras habitación, con el fin de decidir qué estancia sería la más adecuada para su investigación. De repente Armando frenó en seco.

—     ¿Qué pasa? ¿Has sentido algo? —Pregunto Sara, con cierta esperanza.
—     No. Pero creo que lo mejor es que nos vayamos. —Contestó, con apenas un hilo de voz.
—     ¿Por qué?
—     ¿Por qué? ¿En serio? ¿No ves el problema? Jugar con ciertas… artes… no suele salir bien.
—     Anda, no digas tonterías. —Dijo Sara con su mejor sonrisa.
—     Que sí, Sara, que uno lee historias… Y no acaban bien… No quiero acabar aquí, como alma en pena yo también.
—     Espera, espera… ¡Eh, tú! —Exclamó enfadada Sara.
—     ¿Quién yo? —Preguntó Armando.
—     No, tú no… El de ahí arriba… El omnisciente… ¿Has metido publicidad de otra historia?

NARRADOR: ¿Quién? ¿Yo? Para nada, para nada…

—     ¿No? Entonces, ¿si la gente pulsa en ese enlace no accede a una historia anterior?

NARRADOR: No sé de qué me estás hablando…

—     ¡Lo has vuelto a hacer!

AUTOR: En serio… Parad ya… Que la gente va a dejar de leer…

La muchacha bufó con disconformidad.

—     Está bien… A ver Armando, aquí ha venido mucha gente antes que nosotros, y a nadie le ha pasado nada…
—     Uy sí… Con eso me quedo mucho más tranquilo…
—     Venga, vamos a ver si podemos grabar una cacofonía y así nos entretenemos… — Guiñó un ojo de complicidad a Armando.

Fue Alberto el que sacó su grabadora, introdujo la cinta y apretó el botón de grabar.

—     Si estás ahí, manifiéstate… —Dijo Vicente, sin demasiada convicción.

Acto seguido se callaron los cuatro durante los 30 segundos que había acordado. Transcurrido ese tiempo pararon la grabación y comenzó una algarabía de voces discordantes.

—     Venga, vamos a escucharlo. —Dijo la entusiasta Sara.
—     No sé yo… Mejor nos vamos… —Volvió a las andadas el asustadizo Armando.
—     Yo creo que algo ha pasado, ¿habéis notado como un escalofrío? —Preguntó Alberto.
—     Que no haya sido la corriente de las ventanas rotas… —Trató de convencerse Vicente.

Al final, como era evidente, escucharon la grabación. Pusieron el sonido al máximo volumen, porque decidieron que si se había grabado algo lo oirían mejor, que los espíritus tenían la mala costumbre de vocalizar poco y susurrar mucho. Lo que sonó fueron unos cuantos segundos de silencio, y de repente:

… AME VENENO ME QUIERO MORIIIIIIIIIIRRRRRRR DAME VENEEEEEEENOOOOOOOO…

—     Me cago en todo lo que se menea, Alberto —Espetó Sara con el corazón a punto de salirle por la boca— ¿Quieres matarnos? ¿No trajiste una cinta virgen?
—     Eh… Es que… ¿Quién encuentra una cinta virgen estos días?
—     Ni cinta ni nad… —Intentó bromear Vicente, hasta que Sara lo fulminó con su mirada.
—     Seguro que ahora la hemos enfadado… —Murmuró Armando.
—     Vamos a repetirlo con mi casete, que yo sí traje uno virgen —Dijo con una mirada asesina Sara.

Repitieron la operación con un resultado similar, pero sin el clásico de Los Chunguitos para amenizar.

—     Nada otra vez… ¿Ves? Mejor nos vamos… Aquí no hay nadie… —Trató de convencer al grupo Armando.
—     Si no hay nadie, ¿a qué esas prisas? —Sonrió Sara— Además, que no haya contestado no quiere decir que no esté por aquí.

En esto tenía razón la muchacha. Podría darse el caso de que el espíritu en cuestión estuviera por allí, viera a cuatro muchachos con una gran dosis de excitación, mezclada con miedo, entrar en su sala de estar, y dejando una grabadora en el suelo. Seguramente el espíritu pensaría, “si hablo ahora les jodo la maqueta…”

—     Mírale, que gracioso…
—     ¿Quién?
—     El payo omnisciente.

NARRADOR: Queréis dejar de romper la cuarta pared…
ALBERTO: Nosotros no hemos roto nada, ya estaba así…
SARA: No se refiere a estas paredes, memo…
ALBERTO: Ah… ¿Hay otras?
SARA: Se refiere a la pared imaginaria que nos separa a nosotros, los protagonistas de la historia, de los espectadores. Pero, ¿ese caso no se daría si nos dirigiéramos a los lectores en lugar de a ti?
NARRADOR: Bueno, pero ya me habéis entendido…
ALBERTO: No, yo no lo había hecho… Y hablando de cosas que no entiendo… ¿Qué es el narrador omnisciente?
NARRADOR: Es el encargado de contar la historia, teniendo además la cualidad de saber todo, tanto sobre la historia como sobre los personajes.
VICENTE: ¿Todo? ¿Lo sabes todo sobre nosotros?
NARRADOR: Sí, pero tranquilo, no diré que los tres estáis ahí porque estáis enamorados de Sara… Uy…

Los tres muchachos se sonrojaron.

—     ¿Y sabes cómo acaba esto? —Se apresuró a preguntar Armando

NARRADOR: ¿Si morís alguno o no?
ARMANDO: Eh… Bueno…
AUTOR: Al grano… Vamos al grano… Que la historia es para el juego de las #150Palabras.
SARA: Me parece que ese tren lo perdiste hace tiempo, querido autor… Por cierto, van ya unas 1400 y aún no has colado las palabras de hoy…
AUTOR: Eso es culpa del Narrador:
NARRADOR: ¿Perdón?
AUTOR: Sí, no me mires así. Ahora, por favor, ¿podemos continuar con la historia? Gracias.
NARRADOR: ¿Por dónde íbamos? Ah, sí…

… La cinta, pues, no había registrado voz alguna. Sin embargo sí que pudieron escuchar un lamento en la lejanía que les heló la circulación.

—     ¿Habéis oído eso? —Fue Vicente el que se atrevió a preguntar.

Sus amigos le miraron como diciendo, ¿por qué no te callas? Lo hemos oído pero queremos olvidarlo cuanto antes, no necesitamos que vengas tú a recordarnos estas mierdas. De repente se escuchó un grito como un cañón.

—     ¿Es Sara?
—     Cómo va a ser Sara, Alberto, ella está con noso…

En ese momento los tres se dieron cuenta de que la chica no estaba allí.

—     ¿Sara? ¿Dónde estás? No juegues con nosotros, anda… —Dijo el asustadizo Armando.
—     ¡Socorro! ¡Ayudadme!
—     ¡Es ella! ¡Vamos a buscarla! —Dijo el valiente Alberto.

Los otros dos le miraron con cara de, deja de usar el plural y ve tu a buscarla, que nosotros os esperamos aquí…

—     Venga, chicos, es nuestra amiga la que está pidiendo ayuda. ¿En serio la queréis dejar a merced de… de lo que quiera que haya por ahí?

A pesar de que no había sido el mejor de los argumentos, de hecho podría decirse que estaba en el top cinco de los peores argumentos, los tres chicos comenzaron la búsqueda por la casa. Eso sí, sin separarse, que todos habían visto muchas películas de miedo como para cometer ese error.

La búsqueda fue infructuosa en las primeras estancias. Al paso de cada una de ellas el nerviosismo aumentaba, al tiempo que el miedo… Bueno, el miedo había tenido que ir a cambiarse la muda… Al entrar en la primera habitación del piso superior la vieron. Era una figura, el tipo de figura que el cerebro no quiere reconocer como real y que trae con ella varios años de terapia. Los tres se quedaron quietos.

—     Vamos… Sara… Deja las bromitas… —-Se atrevió a decir Vicente.

La figura comenzó a moverse hacia ellos al tiempo que su lamento, casi llanto, se hacía más intenso. Los muchachos comenzaron a correr, bajaron la escalera como si fuera una rampa. Detrás de ellos la figura la bajo a duras penas, trastabillándose por el camino hasta llegar a la planta baja. Los chicos salieron de la casa sin mirar atrás, al tiempo que la figura les decía: pero qué gallinas sois, se pone una un velo negro y masculla un poco y os cagáis por las patas abajo… Venga, parad, que soy yo…

Pero ellos no lo escucharon, lo que si escucharon fue un golpe contra el suelo. Tras una breve discusión, de esas que se hacen con las miradas, entraron con toda la precaución del mundo a ver qué había sido el ruido y a volver a buscar a su amiga. Encontraron ambas cosas a la vez.

—     ¿Sara? ¡Sara! ¡Nos escuchas!

Claro que os escucho, bobos, estoy aquí, ¿no me veis?

—     Me cago en… ¡No respira! ¡Mierda!

Venga chicos, dejaros de tonterías… Estoy aquí…

De repente una figura apareció junto a Sara. Ella la miró incrédula.

¡Sorpresa!

Tú eres…

El espíritu de la casa, sí…

Chicos, ¡huid! ¡Corred!

Como no enchufen la grabadora no te van a poder escuchar…

Pero… ¿qué dices?

La figura hizo un gesto hacia donde estaban los muchachos, entonces lo vio por primera vez. Era su cuerpo inerte, vacío de vida. Con la sangre abandonándolo a borbotones.

No me jodas… y… ¿ahora qué? ¿Me quedo vagando aquí contigo?

Oh… No, querida, deja que te presente a una amiga…

Al lado de ellas había otra figura. Esta era… cómo decir… La Figura. Sara la miro sin miedo, consciente de su situación.

¿NOS VAMOS? TENGO UN POCO DE PRISA, TENGO UNA CITA EN SAMARRA…

La voz de la muerte sonó como un ataúd cerrándose. La muchacha asintió.





La foto, una vez más, es cortesía de Diego Escolano.