lunes, 20 de octubre de 2014

Te Robo Una Frase (4ª edición): La Extraña Pareja (2ª parte)

Los que tengáis pensado participar en el juego de noviembre al final del texto aparece la frase obligatoria que fue la más votada entre las que os propuse. La frase con la que jugamos hoy es:
La persona que había al otro lado era una mujer joven. Muy obviamente una mujer joven. No había manera posible de confundirla con un hombre joven en ningún lenguaje, especialmente en braille. Está sacada de la novela Mascarada, de Terry Pratchett. 


Esta historia comenzó ayer en el juego de las #150Palabras.



—     ¡Sheriff, tenemos un problemilla aquí abajo!
—     ¿Qué pasa?
—     Hay alguien que no quiere dejar sus armas y pide hablar con el que esté al mando del pueblucho. También dice que odia Rho Setón y sus tonterías.
—     Voy… —Dije con desgana.

Con la misma motivación arrastré mis pasos hasta el piso inferior. He de reconocer que me sorprendió lo que vi. Me desconcertó la imagen, esperaba al típico matón de tres al cuarto, que necesita un poco de motivación en forma de crochet en su barbilla para que deje sus armas en mi oficina. Pero no era así. La persona que había al otro lado era una mujer joven. Muy obviamente una mujer joven. No había manera posible de confundirla con un hombre joven en ningún lenguaje, especialmente en braille.

—     ¿Es usted el que manda aquí? —Preguntó con cierto aire de superioridad. Empezaba a gustarme.
—     Buenos días para usted también. —Contesté con una sonrisa cargada de ironía.
—     Si, bueno, lo que sea. Pero, ¿es el que manda aquí o no?
—     Eso dice mi placa.
—     En realidad su placa dice Sheriff…  Pasa como con el coche de la ama, que tiene una placa que dice Pony, pero en realidad es un coche…—Dijo una voz desde el umbral de la puerta.
—     ¡Lemmy! Disculpe a mi golem, suele ser muy literal…

El golem se quedó petrificado. Era obvio que su ama era de esa clase de personas a las que les gusta que les obedezcan. Cada vez me parecía más interesante.

—     Bueno señorita…
—     Less.
—     Señorita Less. Tenemos unas leyes muy estrictas con respecto a la entrada de armas en el pueblo. Tolerancia cero.
—     Ajá.
—     Así pues… —Le hice un gesto amable con la mano.
—     Va a ser que no.
—     En serio. No quiero pedírselo por las malas.

Me miró de arriba abajo. Era una mirada que decía: me gustaría ver cómo lo intentas. No era una mirada desafiante. Más bien era una que sabía que tenía las de ganar, porque nunca había perdido. No me intimidó. No te puedes dejar intimidar por ningún tipo de mirada si pretendes que tu pueblo se haga respetar entre los maleantes. Sonrió.

—     No le voy a entregar mis armas, sheriff, pero le prometo que no las voy a usar… Al menos contra usted y su ayudante. Además, si me deja que haga mi trabajo me iré pronto, eso también se lo prometo. No me gusta nada Rho Setón…
—     ¿Y cuál es su trabajo?
—     Soluciono problemas.
—     ¿Y qué problema ha venido a solucionar aquí?
—     Ese pequeño… Embrollo en el banco.
—     Ese es mi trabajo.
—     No hoy…
—     Me temo que sí, señorita Less. No sé quién le ha enviado, pero este es mi pueblo y no va a investigar nada sin mi presencia.
—     Me envía el Senador Templeman. Es un…. Amigo de la familia, digámoslo así…

En esta ocasión sonreí yo.

—     Muy bien, llámele. Dígale con quién está y que él decida.

Salió de la oficina. La escuche poner objeciones varias. Incluso menospreciarme e insultarme. Cuando colgó volvió a entrar y sin abrir la boca me hizo un gesto para que la acompañara.

—     No se lo tome a mal. El senador Templeman y mi padre sirvieron juntos en el ejercito . Yo me licencié en la Academia de Policía de Tecnópolis con su hijo pequeño… Digamos que… También es amigo de la familia.
—     Ya puede borrar esa estúpida sonrisa de su cara.

No lo hice.

Cuando llegamos al banco el director estaba a punto del ataque de nervios. Era la primera vez que robaban bajo su mandato.

—     Sheriff… —Saludó a punto del llanto.
—     Hola, Joe, esta es la señorita Less. Me va a ayudar con la investigación. La envían desde Tecnópolis. —Mi comentario pareció no hacerle gracia, aunque no lo verbalizó. Apenas saludó con un gesto al director. — ¿Sabes ya lo que han robado?
—     No, sheriff, sólo han vaciado una caja de seguridad.
—     ¿Sólo una? ¿Y no sabes lo que había en ella?
—     No… —Comenzó a decir el bueno de Joe Monedero
—     … El contenido de las cajas es confidencial… —Interrumpió con un bufido mi compañera provisional.
—     Lo sé, era por si ya había contactado con el propi…
—     Yo sé lo que había —Volvió a interrumpir.
—     Ilumínenos.
—     Sólo podía haber dos cosas. Una la lista de los clones activos en el Sistema y la otra la… fórmula con la que poder hacerlos. Una de ellas estaba aquí y la otra en un banco de Terra Cota.
—     ¿Y por qué iban a robar algo así?
—     ¿No sabe que han cancelado el Programa Clon? Han dado orden de… desactivarlos a todos y destruir el estudio del profesor Dollie. ¿Podemos ver la caja fuerte?

El director asintió y nos dirigimos Less y yo hacia su interior. De repente un estornudo sonó como un cañón. Fui yo.

—     ¿Se encuentra bien sheriff?
—     Sí, debe ser una de mis numerosas alergias.

Continuó andando dándole una nula importancia a mi respuesta. Allí dentro no había nada que pudiera ser catalogado como una pista, lo cual nos frustró a ambos.

Una vez fuera del banco y de camino a mi oficina tuvo a bien dirigirse a mí.

—     Se preguntará el motivo de que un documento así de importante se encuentre en su pueblo.
—     En realidad no. Ya sé el motivo. —Me miró con curiosidad. —Es un pueblo poco conocido y en el que tenemos… ley seca de armas. Sé que este banco es de los menos robados de todo el Sistema. Por cierto, casi me ofende que se sorprenda de que sepa esto.
—     No se lo tome a mal, sheriff, suelo tener las expectativas bajas con todo el mundo.
—     ¿Y cuál va a ser nuestro siguiente paso?
—     ¿Nuestro?
—     No creerá que la voy a dejar que resuelva usted solita el robo de mi banco.

Volvió a mirarme con mirada escrutadora. Trató de disimular una sonrisa cuando volvió a hablar.

—     Lo siguiente que vamos a hacer es ir a Terra Cota, a ver si podemos llegar a tiempo al otro banco.
—     Odio Terra Cota… —Dije con desgana.
—     Qué me va a contar…

Hicimos el viaje al planeta vecino en su automóvil. Podíamos habernos teletrasportado, pero no era una opción muy conveniente a pesar de tener ese gen añadido desde hacía generaciones todos los habitantes del Sistema. Las autoridades lo desaconsejaban a no ser que se tuviera bien claro el lugar al que se iba. De lo contrario podías aparecer unido a una valla, un ferrocarril, una vaca o un señor que pasara por allí. Se dieron muchos casos al principio. Así pues viajamos en su Pony de avanzada edad. Muy avanzada edad. No arrancó a la primera. Ni a la segunda. A la tercera parecía que sí, pero al final no. A la cuarta fue la vencida.

—     Está como nuevo… —Dije yo para romper el hielo del viaje.
—     ¿Prefiere ir en tren? —Dijo señalando con su mirada al andén del pueblo.
—     ¿Tren? Ah… No… Hace tiempo que no la usamos. La última vez fue para un viaje en el tiempo… Tiene una luz encendida en el cuadro.
—     Lo sé…
—     ¿Eso no quiere decir que algo va mal?
—     Sí…
—     Genial, vamos a viajar en una máquina de matar de dos mil kilos…
—     Aún está a tiempo de bajarse.
—     No, de todos modos algún día hay que morir… ¿Y dónde vamos?
—     A Terra Cota…
—     Ya… Eso ya lo sé, pero… ¿dónde en concreto? No será donde las pirámides… No me gusta esa parte… Me dan repelús algunos de sus habitantes. Unos con la cabeza cónica… Otros con el torso de animal y las piernas humanas…
—     No, no es allí.
—     Tampoco me gustan los de las dagas… No me parecen de fiar… Además inventaron las matemáticas. Odio las matemáticas…
—     Da la sensación de que es un poco racista.
—     ¿Yo? No, para nada. Pero hay gente que no me gusta.
—     Prejuicios entonces.
—     ¿A usted le gusta todo el mundo?
—     No, no me gusta nadie, pero no le busco excusas.
—     Ya veo…
—     Y no, tampoco vamos allí. Vamos a… como diría usted… Los de las estatuas y los edificios grandes de mármol.
—     De esos hay dos, los originales y las copias…
—     A los que le dan más a la razón que a las espadas… ¿No se piensa callar en todo el viaje?
—     No me gusta volar…
—     Bueno… Mientras no vomite…
—     No se lo puedo prometer…

Llegamos a Terra Cota sin… incidentes. Aterrizamos en plena ciudad de Par Tenón. Una hermosa capital dividida en dos por un río. Cuando llegamos al banco vimos que llegábamos tarde. Igual que el de Kinsley estaba adornado con el característico humo que deja un corte por plasma.

Como era de esperar, tampoco encontramos pista alguna. Aunque sí dejé allí una parte de mí, ya que me dio otro ataque de estornudos. Me repuse a duras penas.

—     Dichosas alergias… ¿Le puedo hacer una pregunta?
—     Ya la ha hecho… —Contestó Less.
—     ¿Por qué quieren desactivar el Programa Clon?
—     Porque es imposible hacerlo accesible a todos los habitantes. Y el Senado no quiere que esos avances estén sólo al alcance de los ricos.
—     Me parece bien. ¿Y son muchos los clones?
—     Ni idea. Pero calcule que casi todos los ricos, políticos…
—     ¿Y para qué los quieren?
—     Comodidad supongo… Así ellos pueden pasar más tiempo con sus familias mientras los clones hacen su trabajo.

Pensé que no me vendría mal a mi uno de esos. Así podría pasar más tiempo en el Saloon y menos en la oficina… El sonido de su móvil me despertó de mi ensoñación. La cara que iba poniendo mientras conversaba no hacía presagiar nada bueno.

—     ¿Malas noticias?
—     Vaya, que perspicaz… ahora entiendo cómo ha llegado usted a sheriff…
—     No la pague conmigo.
—     Tiene razón, disculpe. —Por primera vez sonrió de corazón. —Han secuestrado al… hijo de Dollie.
—     ¿Al hijo?
—     Es un clon. Su hijo natural murió. Eso hizo que dedicara todos sus esfuerzos al Programa Clon. Su hijo fue el primero.
—     No lo sabía…
—     Pues ya lo sabe. Y piden una nave interestelar con los depósitos llenos a cambio.
—     ¿El Senado negocia con secuestradores?
—     No, por eso me han llamado a mí.
—     ¿Este es el tipo de… problemas que le encargan resolver?
—     A veces son más sencillos, pero sí, más o menos.
—     El secuestrador debe ser el ladrón…
—     Eso pienso yo también.
—     ¿Y a qué esperamos?
—     A que se calle, sheriff, a que se calle…

Esta vez su cacharro arrancó a la quinta. La luz seguía encendida y mi miedo a volar no mejoraba. Aterrizamos en unos hangares. Parecía después de todo sí habían decidido negociar. Al menos eso indicaba la nave interestelar que estaba fuera de uno de ellos. Apenas habíamos bajado del Pony cuando vimos al profesor Dollie encañonando a su hijo.

—     ¿Qué hace doctor? —Preguntó Less— Suelte el arma antes de que alguien salga herido.
—     Hola Less… —Contestó amablemente el doctor— No puedo hacer eso. Tengo que acabar con esto. ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿A mí?
—     No sé de qué habla, ¡está loco! —Argumentó el hijo— Hagan algo por favor…

El muchacho comenzó a lloriquear. Un ruido atronador hizo su aparición. Volvía a ser mi alergia. Y esta vez venía con una sorpresa. Otro doctor Dollie apareció en escena arma en mano.

—     ¡Less! —Pareció alegrarse de ver a mi compañera— Ayuda a mi pequeño, no dejes que le haga daño.
—     No le hagas caso. —Dijo el primer doctor— Él es el clon.
—     No, yo soy el real. ¡Maldigo el día en que te creé! ¡En que os creé! —Respondió el segundo.
—     Por favor, Less. Ayúdame, no dejes que este ser se salga con la suya. -Suplicó el hijo

Less parecía desconcertada. No sabía muy bien a cuál de los dos doctores apuntar. Sonaron dos disparos. Sólo una pistola humeaba. Era la mía. Uno de los doctores y el muchacho estaban en el suelo, con una rodilla destrozada cada uno.

—     ¿Qué has hecho? —Preguntó con una mirada que habría asustado al miedo.
—     Solucionar tu problema.
—     ¿Qué?
—     He derribado a los dos clones.
—     ¿Cómo lo sabes?
—     Porque ambos tienen la misma marca de nacimiento en la mejilla derecha, junto a la oreja.
—     ¡Porque son padre e hijo!
—     Correcto.
—     Enton… —Pareció comprender mi hilo deductivo— Claro, si son padre e hijo y el hijo es un clon…
—     Estoy casi seguro que, además, esa marca será la firma del doctor. Apostaría a que la tienen todos los clones. —El doctor asintió— Además si quieres te lo confirmo. Dame un segundo.

Me acerqué al hijo primero y después al padre abatido. Ambos produjeron el mismo resultado en mí: un sonoro estornudo.

—     ¿En serio tú no los hueles? Porque tienen un olor característico... Supongo que debe ser que has tratado con más de ellos que yo…

Se me quedó mirando. Era la primera vez que me miró con respeto.

—     De nada. —Sonreí— Yo que tú los esposaría, ¿o pretendes que eso lo haga yo también?

Los maniató, no sin antes darles unas… caricias, más para soltar el estrés que por otro motivo. Llamó a la Guardia del Senado. Mientras venían saqué mi petaca con el matarratas que vende Gary en el Saloon, le ofrecí un trago y me la devolvió casi vacía. Eso demostró que lo suyo no era fachada. Era una tipa dura. Muy dura. No todo el mundo es capaz de encajar así el whiskey de Kinsley.

—     Me ha gustado trabajar contigo, sheriff.
—     Lo mismo digo, Less. Hacemos buena pareja.
—     Sí, algo extraña.
—     Sí, eso sí.

Volvió a sonar un estruendo. Eran nuestras carcajadas. 



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La próxima entrega del juego será desde las 0:00 del lunes 17 de noviembre hasta las 12 del mediodía del miércoles 19.
La frase con la que jugaremos es la siguiente: No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella. —De Elbert Hubbard. Ensayista estadounidense. —Propuesta por Frank Spoiler


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