jueves, 14 de agosto de 2014

El Libro del Advenimiento (XIV): Dirección Este

Toda historia tiene un principio. Y todo capítulo tiene uno anterior.


En algún lugar de Rusia…

… Lo que digo es que tienes que llevar al grupo hasta Chichén Itzá.

Él se le quedó mirando con toda la incredulidad de alguien que hasta hacia unas semanas sólo era un esquimal borrachín, que no había salido nunca de su Siberia natal. Y ahora se encontraba liderando a un grupo de jóvenes, en un mundo pos apocalíptico, obedeciendo (en mayor o menor medida) las órdenes de un libro raro que se escribía sobre la marcha y que, para más inri, todo indicaba que lo escribía él mismo desde algún… Bueno… Él no era de los que iban por ahí usando las expresiones plano astral, o universo paralelo a la ligera. De hecho sólo las había escuchado en algún documental, hasta que llegó el libro a sus manos… El caso era que lo que había en ese libro, por mucho que se reescribiera sobre la marcha, era su letra. Y, aunque él era la personificación del despiste, no recordaba haberlo escrito.
                                                                                                                                                                
Y no, no es un insulto. —Concluyó el Libro antes de que él le hiciera el chiste.

—     ¿Y cómo pretendes que lleguemos allí?

En barco.

—     ¿En barco? ¿En qué clase de barco? ¿Dónde vamos a conseguir un barco?

En una carabela ya te digo yo que no…

—     ¿En una qué?

El Libro bufó.

Da igual. Lo que tienes que hacer es dirigirte hacia el este, hasta que llegues al océano Pacífico. Una vez allí ya resolveremos los demás problemas… Mierda…

—     ¿Qué? ¿Qué ha pasado ahora? —Dijo con su tono asustadizo tan característico.

Madre mía… ¿Qué jugarreta del destino hizo que tú fueras el elegido? Vives en un ay continuo.

—     La culpa es tuya. Vas a conseguir que uno de esos giros tuyos me mate.

No, por favor… Nada más lejos de mi intención…

—     ¿Sarcasmo?

Sí… Al final tendré que sacar el cartel de sarcasmo cada vez, para que no te pierdas…

—     ¿Tienes un cartel de sarcasmo?

El Libro contó hasta diez, para luego hacer caso omiso a la estupidez de aquel mesías de pacotilla.

Lo que me ha… inquietado ha sido el otro grupo.

—     ¿Otro grupo?

¿Vas a hacer una pregunta cada vez que hable yo? Sí, el otro grupo. Era una posibilidad remota. Debían de darse unas circunstancias muy concretas, casi improbables, que al parecer se han dado. Y ahora sois dos grupos. Lo malo es que sólo uno puede salvarse… Así que debéis llegar allí antes que ellos.

Él se le quedó mirando con esa mirada ingenua suya. Como un niño que teme un castigo.

Dale, pregunta. —Dijo el Libro con desgana.

—     ¿Y qué pasa si llegamos… a la vez?

Que ganara el grupo que consiga ser más salvaje.

Le vinieron a la mente imágenes de una película, en la que un pirata, espada en mano, se deshacía con toda la facilidad del mundo de un grupo parecido al suyo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—     ¿Ilie Vasiliev, señor?

Era la voz de uno de los muchachos la que sonó a sus espaldas. Del susto dio un bote como el de un balón lanzado desde un décimo piso.

—     Os tengo dicho que no hagáis eso… —Contestó, tratando de recuperar el resuello.
—     Lo siento, señor. Ya hemos recogido todos los víveres que quedaban en el supermercado. —Hizo un gesto hacía el campamento.

Efectivamente, allí había comida para un par de semanas tranquilamente, dispuestas de tal modo que parecía que alguien fuera a pintar un bodegón.

—     Está bien, chicos, empaquetad todo, nos vamos a Chichén Itzá.
—     ¿A México? —Preguntó una muchacha.
—     Si tú lo dices… Pon dirección este, ya que sabes dónde está y los demás te seguimos.

La muchacha puso rumbo este, al tiempo que se ruborizaba para, al menos, dos horas de viaje y se maldecía a si misma por ser una marisabidilla.

Fue en ese momento cuando, en la península ibérica, el otro Libro se dio cuenta.

No me jodas… —Escribió dentro de la mochila.




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Gracias a mis buenos amigos, Ricardo, Mary y Ángela por su inestimable colabroación en el texto de hoy. Os sigo animando a que propongáis vuestras palabras y yo, como siempre, procuraré incuirlas en el próximo capítulo.


Ángela: despiste, insulto, salvaje

Mary: mate, balón y esquimal

Ricardo:  pirata, bodegón y carabela

sábado, 9 de agosto de 2014

El Libro Del Advenimiento (XIII): Dirección Oeste

Esta aventura comenzó aquí. Y este fue el capítulo anterior.




Los muchachos le observaban con extrañeza. No es que en este tiempo con él aspirante a mesías hubieran llegado a entenderle, pero las reacciones de hoy les estaban resultando de lo más chocantes.
                     
Él no sabía que pensar tampoco. No sabía si aquello era un sueño, aunque tenía la esperanza, incluso el convencimiento de que no era así. Había vivido ya demasiadas… aventuras… con el dichoso Libro como para descartar aquella situación. A pesar que el pueblo hubiera desaparecido y los muchachos estuvieran allí… todos ellos… Confiaba en que aquellos con los que tuvo el… problemilla… no lo recordaran. Sólo le faltaba un grupo en busca de venganza.

Abrió el Libro, éste se estaba reescribiendo por enésima vez. Estaba lleno de tachones y de renglones torcidos, como la libreta de un niño que está aprendiendo a escribir.

—     Madre mía… Realmente estás perdido, ¿no? —Dijo en voz alta. Sin importarle que le escucharan los muchachos.

Eh… No, no… Para nada, para nada… —Escribió el libro, tratando de ser convincente— Es más, esto me aclara una gran duda.

—     ¿Y cuál es?

Ya sé a dónde debéis dirigiros.

El libro hizo una pausa dramática. José Andrés no estaba para pausas dramáticas y así se lo hizo notar con una mirada que al Libro le hizo recordar Farenheit 451.

No te va a gustar.

—     Ponme a prueba.

Es que, dependiendo de los giros de los acontecimientos. De cómo te fueras comportando tú, los chicos. De las decisiones…

—     Al grano. —Interrumpió el mesías.

… Podíais tener que ir a un sitio o a otro— El Libro continúo con su hilo argumental, haciendo caso omiso— Podía haber sido Stonehenge, las pirámides de Gizeh… O cualquier otro centro de poder…

—     Dime que no tenemos que salir de España…

Ya te he dicho que no te iba a gustar…

Ambos se miraron. El Libro continuó.

Chichén Itzá…

—     Tu padre, por si acaso.

No, no es un insulto, es el lugar a donde debéis ir. Está en México, en la península del Yucatán.

—     Ya me dejas mucho más tranquilo… ¿Se puede saber cómo demonios quieres que lleguemos allí?

Si me haces caso de cuando en cuando… —Enseguida se dio cuenta de que no debía entrar en ese camino— Debes dirigirte al oeste, hasta que des con el Atlántico. Una vez allí, conseguimos un barco, ponemos rumbo a Centroamérica, y cuando lleguemos allí… Bueno, ya veremos lo que pasa cuando lleguemos allí…

—     Ah, si es así de fácil…

¡Ese es el espíritu!

—     ¿Con tanto que escribes y no sabes lo que es un sarcasmo?

Cerró el Libro de golpe, ahogando cualquier posible contestación. Se dirigió al grupo de muchachos para darles las noticias.

—     A ver chicos, tenemos que ir a Chichén Itzá…
—     ¿A México?—Interrumpió una muchacha.
—     No, al Chichén Itzá de Colmenarejo… —Vio que el sarcasmo tampoco funcionaba con el grupo— Sí, a México. Así que tú, la lista, pon dirección hacia el oeste que los demás te seguimos.

La muchacha puso dirección oeste al tiempo que se ruborizó para, al menos, dos horas de camino. Todos la siguieron. Los muchachos parecían animados. Por fin tenían una meta, un destino. Un final del camino.

Hasta el Libro parecía feliz, dentro de la mochila de José Andrés. Tanto que se echó una siesta, o  lo que para un humano habría sido una siesta.

Quizá por eso no lo vio…




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Gracias a mis amigas Mary Ann y Ángela por aportar su granito de arena en este capítulo. Os animo a que sigáis dejando vuestras sugerencias de 3 palabras y yo trataré de incluirlas.

Mary Ann: libreta, madre y Chichén Itzá

Ángela: venganza, sueño y esperanza


miércoles, 6 de agosto de 2014

Día 80: Hasta Otra Júpiter

Si os apetece leer la historia desde el principio, hacedlo aquí. Si os perdistéis el último capítulo es este.



                Es alucinante el despliegue de medios que ha hecho esta gente. Seguro que todo esto lo tenían preparado antes de conocerme a mí. De haber sabido quien iba a representarles en esta misión habrían preferido gastarse el dinero en otras cosas mas satisfactorias para su salud. Pero bueno, mejor para mí. Tengo de todo aquí metido, hasta un invernadero, lo malo es que lo tengo que mantener yo, así que no creo que coma verduras durante mucho mas tiempo.

Lo mejor no es eso, lo mejor es que tengo biblioteca, videoteca, discoteca... ¡coño, que hasta la cocina es Teka! Me ha hecho ilusión, a ver si así me aburro menos en las interminables órbitas a los planetas. Claro que más ilusión me hizo encontrar el cuarto de baño. Cuatro días me llevó, porque entre el trajín de desmayos, voces sospechosas y demás no me movía demasiado. Y aunque el traje con el que despegué estaba preparado para alguna circunstancia fisiológica, no lo estaba tanto como para pasar cuatro días con sus respectivas noches... Ahora entiendo lo mal que lo pasaría mi madre cambiándome los pañales...



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sábado, 2 de agosto de 2014

El Libro Del Advenimiento (XII): Perdidos Y... ¿Encontrados?

Si quieres leer la historia desde el principio, empieza aquí. Si te perdiste el capítulo anterior, es este.



—     Y no me digas que estamos en otra dimensión, o que hemos cambiado a otro universo paralelo, o alguna memez de esas tuyas, porque te juro que te hago trizas aquí mismo. Dime algo que pueda entender.

El Libro permaneció unos instantes callado. Parecía estar reescribiendo la historia, una vez más, pero en este caso parecía hacerlo para salir de un apuro. Uno muy grande.

Bueno, la verdad es que… Consigues hacer cosas que sólo existen en los futuros más descabellados. Te gusta ir tomando una decisión tras otra, con lo sencillo que sería ir leyéndome y seguir mis indicaciones al pie de la letra…

—     Resumiendo, que estás más perdido que un pulpo en un garaje…

No, no… Sé perfectamente dónde estamos y cuándo estamos.

—     ¿Y a qué esperas para compartirlo conmigo? Dime que no hemos perdido a los chicos. Porque seríamos los peores padres de la historia.

¿Perdona? ¿Hemos? Yo no he sid…

El Libro advirtió que si seguía por ese camino argumental le llevaría directo a ser parte importante de una hoguera.

Sí… En fin… Por lo visto, al pararte tú a tomarte esas cañas…

El Libro podía notar la mirada del aprendiz de mesías intentando taladrarle. De haber podido, o mejor dicho, de haber sabido le habría obsequiado con una maldición de algún tipo, en lugar de aquella mirada.

—     ¿Señor? ¿Está bien? —Era una voz joven la que interrumpió aquel duelo.

De haber podido inmortalizar las expresiones del Libro y de José Andrés con una fotografía, habría sido complicado hallar las siete diferencias. En lo que coincidían era en el asombro, la incredulidad, incluso en unos pequeños rayos de felicidad que se abrían paso a través de la nube que había llenado de oscuridad sus vidas desde la salida del pueblo a los instantes previos a la llegada de esa voz.

—     ¿Do… Dónde estabais? Os… Os he estado… buscando… ¿Dónde estabais?
—     Estamos donde nos dijo que le  esperáramos, mientras usted investigaba ese valle. ¿Se encuentra bien?  Tiene mala cara.
—     ¿Valle? Querrás decir pueblo.
—     ¿Qué pueblo señor? No hemos visto ningún pueblo desde que iniciamos la marcha.
—     Dame un segundo, voy a consultar el libro.

El joven se apartó unos metros.

—     ¿Puedes explicarme… lo que quiera que sea esto?

Como poder…  —Contestó el Libro, como haciendo notar algún tipo de rencor guardado durante años.

—     Ahora no. Deja los juegos para luego. ¿Hay algo en esa mezcolanza de futuros que tienes por ahí?

¿Algo? ¿Cómo qué? ¿Podrías ser más específico?

—     Como poder… —Ahora fue el Libro el que le lanzó una mirada de desaprobación. — Qué se yo, algún tipo de profecía. No sé qué clase de mierdas tienes escritas.

Ese es el caso que me haces —contestó el libro muy ofendido.

—     Te prometo que en cuanto salgamos de esta, busco una buena playa, una toalla y te leo enterito. Pero ahora, explícame…

Se comenzó a escuchar un murmullo tras de él. Reconocía ese murmullo. Eran los muchachos, esperando alguna novedad. Alguna orden. Una guía que los llevara a… Bueno, que los llevara dónde fuera que ese señor, más bien gordito, y el Libro tuvieran a bien llevarles.

Se giró con el Libro en las manos. Pensando en cómo podría decirle al grupo lo que tuvo que hacerle a sus compañeros.

—     Pero qué…

Pero qué…

Dijeron al unísono.



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Quiero agradecer a las cuatro amigas que dejaron unas palabras propuestas para ayudarme con la historia de esta semana (y que en este caso he podido incluir todas). Os animo a que volváis a hacerlo, todo aquel que lo crea oportuno.

Lydia: dimensión. poder y padres

Ángela: historia, oscuridad y maldición

Gema: pulpo, toalla y nube

Anya: decisión, prefecía y felicidad