viernes, 11 de abril de 2014

Less (Parte 2 de 2)






Miró el cuerpo inmóvil de Leon. Tenía que deshacerse de él. En el más amplio sentido de la expresión. No era nada que no hubiera hecho antes. A fin de cuentas era una parte de su trabajo. Se dedicaba a solucionar problemas. De cualquier tipo. Podían ser problemas menores, como encontrar evidencias de alguna infidelidad conyugal, o cosas más serias como tener que sesgar la vida de una persona y no dejar ni un átomo del cadáver al que poder examinar. Lo malo era que no tenía sus herramientas con ella.

—     Lemmy, ¿dónde estarás ahora? —Dijo en voz alta
—     Aquí, mi ama. —La voz sonó en la penumbra de la habitación, tras ella.
—     Joder, Lemmy, te tengo dicho que no hagas eso… Un día vamos a tener un disgusto.
—     Lo siento, ama Less.
—     Está bien Lemmy, no pasa nada. —Forzó una sonrisa tranquilizadora, como la de una madre antes de entrar con su hijo al médico.

Lemmy era un regalo de su padre. Se lo hizo cuando ella cumplió ocho años. Siempre han estado muy unidos. Él sólo se ha separado de ella en sus ingresos en el ejército del Senado y en la policía de Técnopolis. El resto del tiempo se separaba de ella lo justo para no entorpecer las misiones. Era su hombre de paja. Formaba parte del enrevesado sistema que ella había diseñado para aceptar las misiones. Por un lado porque no le gustaba que nadie supiera que era mujer. Eso podía hacerle perder clientes, por arcaico que resultara este cliché. Por otro porque tampoco quería que supieran quién era la mano ejecutora. En una profesión como la suya, venía bien una buena dosis de anonimato. Por eso tenía un hombre de paja, en este caso de arcilla, Lemmy.

Lemmy era un golem de última generación. Ya no se fabricaban, así que, en su caso, la última generación había sido, efectivamente, la última. Podría tener un androide, mucho más modernos y muchos más sofisticados, pero ella le prefiere a él. Por las vivencias que han compartido. Pero sobre todo porque, a pesar de ser una criatura creada a partir de un hechizo, una criatura (en teoría) sin alma, a ella le hacía creer todavía en las personas. Le hacía sentir que, ella, todavía tenía alma. Que todavía había algo dentro de ella capaz de sentir empatía.

—     Dime, ¿sabes dónde estamos?
—     Sí, señorita Less. —Permaneció en silencio, a la espera de más preguntas o de alguna orden.
—     Lemmy, ¿no hemos hablado ya de esto? —Preguntó, con la voz de una madre, o una maestra, que está enseñando la misma lección por enésima vez.
—     Sí.
—     ¿Y qué has hecho mal?
—     ¿No responder a la pregunta con la localización exacta en la que nos encontramos?
—     Muy bien. Así pues, ¿dónde estamos?
—     En Tah Res, un pueblo abandonado, a unos diez kilómetros de Syna. En la comarca de Cnit, Reino de Senaye.
—     Eso no está lejos de casa, ¿verdad?
—     No mucho, no.

La casa a la que se refería era una de las muchas que tenía. Era propietaria de al menos tres casas en cada uno de los cuatro planetas del Sistema. Ella siempre bromeaba: catorce casas y ningún hogar. Aunque en realidad, y era algo que ella nunca reconocería, en ciertos momentos de soledad, sí le apetecía que hubiera un hogar al que volver. Con sus mascotas, una pareja, quizá niños, con el tiempo… Pero no ahora.

—     Muy bien Lemmy, voy a ir a casa a por mis herramientas. ¿El vehículo está fuera?
—     Sí, ama Less.
—     Bien. Mételo a él dentro. Si se despierta haz que duerma de nuevo. No te preocupes por usar demasiada fuerza con este. Ya no nos sirve. —Dijo, obsequiando al cuerpo de Leon con una última mirada de desprecio.
—     Así lo haré, señorita Less.

Era ésta una advertencia que convenía hacerle a un golem. Ya que ellos disponen de una fuerza sobrehumana, no siempre bien controlada. Lemmy ya había roto a algún personaje en anteriores misiones de ella.
Lanzó una última mirada a Coh, luego otra a Lemmy y suspiró para sus adentros. Tenía que ser rápida. No es que creyera que Coh fuera a poder con Lemmy, al contrario. En este caso se preocupaba por el perro de presa más que por el niño.

Cerró los ojos, puso la mente en blanco y se centró en recordad su casa más cercana. Cuando vas a tele transportarte es conveniente ser muy preciso, no sirve con pensar, “quiero ir al Parque Central, o a la playa”, si se es tan poco concreto se corre el riesgo de aterrizar encima de un señor mayor, o dentro de una deidad. Se han dado casos. Es por eso que está recomendado por la Agencia Psi Deral de Salud que sólo se use el tele transporte a zonas bien conocidas, visualizar el lugar concreto de una habitación, o algún tipo de estancia de la que se tenga la, casi total, certeza de que está desocupada en ese momento.  

El tele transporte era algo ya genético entre todos los nativos del Sistema. A finales de la tercera era se decidió, por la resolución 1939-07/20014 de la Junta Extraordinaria del Senado, que se comenzará a desarrollar un gen que proporcionara esa habilidad. Poco después se comenzaron a implantar en todos los seres de las distintas razas inteligentes. Pasados unos cientos de años ya no hizo falta realizar implante alguno, los recién nacidos lo hacían ya con dicho gen. El Gen TT.

Less comenzó a visualizar su casa, más en concreto su habitación de los juguetes. A ella le gustaba llamarla así, era donde, evidentemente, guardaba todo su arsenal de armas, accesorios, elementos de tortura, mezclas químicas... Un sinfín de abalorios con los que poder desarrollar su trabajo en condiciones.

La habitación era amplia. El mobiliario era escueto, al menos en cuanto a comodidades. Había sólo un par de sillas donde sentarse. El resto eran estanterías, mesas y  armarios, donde guardar todos los elementos que pudiera necesitar. Sólo le restaba imaginarse en ella. Lo hizo. Abrió los ojos ya en su casa. Comenzó la recolecta de enseres por un par de armas cortas, no pensaba matar al gigantón a tiros, pero nunca se sabía cómo iban a terciarse los acontecimientos. Cuando acabó de hablar con su amigo Rómulo, ya sabiendo el encargo que le había hecho, lo primero que pensó fue en el des atomizador. Era uno de sus juguetes más nuevos, ilegal en los cuatro planetas, fuera de las fuerzas de orden, lo cual no había sido impedimento para que ella consiguiera uno. El funcionamiento era sencillo, apuntabas a tu víctima, disparabas y un rayo de Healeano hacía el resto. Entendiendo por el resto que no quedara de ti ni un solo átomo. Era indoloro, no es que eso sirviera de consuelo, a fin de cuentas morir es morir. Tenía, eso sí, el inconveniente de dejar un rastro electromagnético, detectable hasta cinco días después de usarlo.

Si bien es cierto que hay maneras y maneras de morir. Y ella se lo había pensado mejor. Un bastardo como Coh no merecía una muerte indolora. Por eso decidió cambiar y llevarse el vaporizador. Desde luego si querías hacer sufrir a una persona hasta que te suplicara la muerte, el vaporizador era lo idóneo. Era una mezcla de elementos, sacados tanto de la ciencia más purista, como de los alquimistas más excéntricos. Y lo mejor era que la fórmula la había ideado ella. Había aprovechado todos y cada uno de los viajes por los cuatro planetas, por las distintas culturas, para recopilar información de todo tipo de plantas, agentes químicos, fármacos y especias. Le gustaba aprender y experimentar. Esto último no les gustaba tanto a los voluntarios que sufrían sus experimentaciones. Muchos explotaron por el camino, hasta que dio con la receta. El funcionamiento era maquiavélico. Era un suero que se le inyectaba al, le llamaremos, paciente, a falta de una palabra mejor y en pocos segundos da comienzo el espectáculo. La mezcla de los ingredientes del suero con la sangre, las enzimas, las proteínas, las células del cuerpo comienzan a reaccionar. Es una especie de choque, una lucha interna por un lado por sobrevivir, por otro por destruir. Gana la destrucción, hasta tal punto que el resultado final es similar al del rayo Heleano, no queda un átomo para contarlo. Pero el dolor hasta que llega ese momento es de tal escala que hasta los Dioses serían capaces de bajar para aliviarlo, si tuvieran el valor de enfrentarse a Less. 

Con todo el instrumental que creyó necesario, volvió a cerrar los ojos. Comenzó el trabajo de concentración, dejó la mente en blanco. Poco a poco fue dibujando la estancia donde había sido apaleada por Leon. Iban apareciendo los muebles, tapados con sus correspondientes sábanas, la lámpara de cristalitos tan hortera, el presunto mueble bar… Abrió los ojos. Allí estaba de nuevo, con Lemmy apoyado contra el quicio de la puerta, esperándola.

—     ¿Lo has metido en el coche? —Preguntó ella, sin perder el tiempo con saludos.
—     Sí, señorita Less.
—     ¿Te ha dado algún problema?
—     No.
—     Bien, vamos.

Ambos salieron a la busca del vehículo, un destartalado Gusf Pony, heredado de su padre y que este había heredado del suyo. Le tenía especial cariño, era uno más de la familia, por ese motivo no lo jubilaba, a pesar de tener un consumo desorbitado. El Gusf Pony era un vehículo grande, lo suficiente como para transportar cómodamente a cuatro pasajeros y disponía de un amplio panel posterior en el que cabía casi de todo, incluido el cuerpo de Leon Coh. Éste permanecía todavía inconsciente, esto le alegró, “aún conservo mis facultades”, pensó. Dejó sus armas y el vaporizador en el asiento del copiloto, Lemmy se sentó detrás, pendiente de que Coh no se pusiera peleón, si volvía en sí antes de tiempo. Arrancó el motor, o mejor dicho, trató de arrancarlo. Nunca lo hacía a la primera, ni a la segunda, la mayoría de las veces tampoco a la tercera. La cuarta aumentaba sus posibilidades a un cincuenta por cien. La quinta solía ser la elegida. Esta vez fue la sexta.

—     Debería llevarlo a que lo arreglaran, señorita Less. —Dijo Lemmy, con voz de haber repetido esa misma frase varias decenas de veces.
—     Lo sé, Lemmy.
—     Es que tiene una luz del motor encendida en el panel.
—     Lo sé, Lemmy… —Contestó y comenzó a contar hasta diez, tratando de calmarse antes de la siguiente frase del bueno de Lemmy.  
—     Eso indica que hay algo en el motor que no funciona bien.
—     ¡Lo sé, Lemmy! —No lo consiguió.
—     No se enfade conmigo, señorita, yo sólo digo que es muy peligroso circular así.

Cortó la conversación con un acelerón brusco. A Lemmy no le paraba la boca, si le dabas conversación. Era capaz de entrar en un bucle infinito. Un bucle que siempre acababa con la paciencia de ella y los llantos del golem.

Tras dos minutos de tiempo y doscientos kilómetros de distancia, dirección sur, llegaron al que ella pensó sería el mejor lugar para acabar con su encargo. Era un claro en un bosque, junto a un lago. Todo muy bucólico, pensó con cierta ironía. Lo que tenía aquel lugar, y por eso estaba allí, era tranquilidad. No había ninguna casa o zona habitada en cincuenta kilómetros a la redonda. No quería compañía, ni curiosos, ni mucho menos agentes del orden por allí. Y dado que iba a haber gritos, muchos gritos, cuanto más alejados de la civilización mejor. Además, el lugar era perfecto por otro motivo. Todos los componentes de su suero eran biodegradables. Y aunque estaba diseñado para no dejar rastro, ni del sujeto, ni de su arma, siempre era bueno jugar la baza de la naturaleza.

—     Bájalo, mientras yo voy a por un poco de agua para que espabile.
—     Sí, ama Less.

Llenó un par de cuencos y volvió junto al golem y el gigantón. Fueron necesarios los dos para que éste comenzara a despertar.

—     Hola, guapetón. —Dijo Less, sin darle importancia a la situación, mientras llenaba una pistola adaptada para inyectar el suero.
—     ¿Dónde estamos?
—     ¿Importa eso?
—     ¿Qué vas a hacer?
—     ¿Ves? Esa pregunta es más adecuada. —Sonrió— Te voy a matar, no sin antes hacer que me supliques.
—     No pienso suplicar por mi vida.
—     ¡Oh! no, cielo, siento la confusión. Me suplicarás para que acelere tu muerte.

Coh la observó. No había un átomo de compasión en el rostro de ella. Su mirada, cuando la cruzaba con la de él, era gélida como el aliento de la muerte. Y casi tan amable. Comenzó a comprender su situación. Estaba claro que aquella mujer, de poco más de cincuenta kilos, sabía lo que hacía, y lo hacía muy bien. No era fácil tumbarle a él, y menos aún dejarlo inconsciente. Ella lo había conseguido, con muy buena nota. Era una profesional, era obvio, lo que no era tan obvio, y sí más preocupante, era el hecho de que era una profesional de la peor de las clases. No tenía empatía. Incluso él, con todas las muertes y torturas que llevaba en sus espaldas, tenía un mínimo de empatía, de conciencia. Ella no. Lo podía decir bien, se había topado con un par de personas así antes. Todas tenían esa mirada. Empezó a tener miedo.

—     Escucha, guapa, esto no tiene por qué ir más allá. —Dijo Coh, con todas las esperanzas que fue capaz de reunir.
—     Me temo que ahora es demasiado tarde, princesa. — Contestó Less, esbozando una sonrisa y sin dignarse a mirarle.
—     Vamos, ¿podemos llegar a un acuerdo? ¿Es cuestión de dinero? Si es por eso, sólo tienes que pedirlo, la cantidad que quieras, y nos olvidamos del asunto.
—     ¿En serio? ¿Olvidarías que me conoces? ¿Olvidarías que te noqueé? ¿Qué te maniaté y estuve a punto de matarte? ¿Lo harías y además me pagarías?
—     Sí, te doy mi palabra. —Su voz sonaba suave y temblorosa, como la de un niño tratando de evitar un castigo.
—     Es una pena. No va a ser posible. He dado mi palabra. Eso vale más que todos los Derales que me puedas ofrecer. Es lo malo de tener principios.
—     ¡Zorra! ¿Sabes qué puedes hacer con tus principios?
—     Me puedo hacer una idea… Oh… Vamos… ¿estas llorando, princesa? Vamos a darnos prisa, no sea cosa que me ablandes el corazón y te perdone.

Volvió a sonreír. Era una sonrisa que nadie, en su sano juicio, querría presenciar. Era una sonrisa capaz de hacer que los diablos huyeran a esconderse y cerraran las puertas del infierno con siete llaves. Era una sonrisa capaz de hacer que los cancerberos se mearan encima y aullaran desconsolados. Era la típica sonrisa que si la ves será, prácticamente, lo último que veas.

Sin más dilación le inyectó el suero. Al principio Leon se intentó resistir. Con una mirada de ella, Lemmy lo sujetó. No le hizo falta aplicar toda la fuerza, de haberlo hecho le habría partido varios huesos, y eso no le habría gustado a su ama. Escasos segundos después de que la última gota hubiera penetrado en el organismo, comenzaron los gritos. Eran gritos que están experimentando el dolor más grande jamás sufrido por persona alguna. Eran gritos que suplicaban porque aquello fuera lo más rápido posible. Leon suplicaba lo mismo. Ella se limitaba recoger todos sus cachivaches, sin prestar atención. Era como si no oyera los alaridos, como si no fueran con ella. En su gestualidad no se apreciaba ni el más mínimo signo de compasión. El llanto comenzó a equipararse en intensidad a los gritos. El cuerpo comenzaba a hincharse. Las venas parecían compuertas de una presa a punto de estallar. Los ojos fueron los primeros en ceder a la presión. Tras ellos, aunque no era apreciable desde fuera, siguieron los intestinos, el hígado, los riñones, todos y cada uno de los órganos internos comenzaron a colapsar, para acto seguido estallar y poco después vaporizarse. En cuestión de minutos el llanto y los gritos cesaron. Donde había estado el cuerpo del gigantón sólo quedaban los grilletes de manos y pies con los que ella le había atado. Y un olor amargo, que se iba desvaneciendo al compás del ligero viento que había decidido unirse al espectáculo.

Con todos los bártulos ya en el coche, le hizo un leve gesto con la cabeza a Lemmy, y ambos se introdujeron en el coche. Sin molestarse en dar una última mirada a su obra, arrancó, esta vez a la segunda, y puso rumbo a su casa en Clymont, en el planeta Cy Phoes.

jueves, 10 de abril de 2014

Less (Parte 1 de 2)






Los golpes se iban sucediendo uno tras otro, como siguiendo el compás de un metrónomo. Marcando el ritmo de una melodía, cuyas notas eran gotas de sangre, y la partitura las paredes de aquella habitación. Una especie de zumbido desagradable interrumpió, momentáneamente, aquella sinfonía de percusión.

—     ¿Sí? —Era una voz femenina la que contestó la llamada. Tenía activado su dispositivo inalámbrico para acceder, de forma automática, a cualquier llamada entrante pasados diez segundos. —Me pillas en mal momento ahora, ¿te puedo llamar después? Ok, así quedamos.

El hombre, que estaba dando lo mejor de sí en su recital de golpes, se quedó desconcertado. Y no parecía ser de esas personas que se desconciertan con facilidad. Al contrario, las cicatrices de su rostro, la falta de algunos molares y premolares, una mirada capaz de atemorizar al mayor de los felinos, todo eso no se consigue desconcertándose con facilidad. El cuerpo le acompañaba, al menos para su cometido de sacar información a palos a la gente. Era un tipo de más de dos metros de altura y más de dos diez de envergadura. Sus brazos siempre llegaban a ti, por mucho que tú quisieras esquivarlos. Los músculos parecían cincelados por un escultor, uno de los buenos, uno de esos que sabe matizar cada recoveco para dar una sensación de poderío, de invencibilidad. Así y todo se quedó desconcertado. Justo cuando crees que lo has visto todo, parecía pensar, aparece algo como esto.

—     ¿Vas a tardar mucho? Es que parece que tengo asuntos más importantes. Ojo, no es que no te valore, que lo hago, y mucho. He de reconocer que pegas bien, casi tan bien como mi sobrina de doce años. Pero el negocio es el negocio, y una no vive del aire. Bueno, al menos no solo de él, ya me entiendes. —La voz femenina desprendía seguridad en sí misma, firmeza, incluso sensualidad. Lo que no desprendía era miedo, o inconsciencia. Parecía estar justo dónde quería estar —  ¿Hola? ¿Te ha comido la lengua el gato?

El hombre la miraba anonadado. No sabía qué hacer, si seguir con la paliza, si contestarle, o si pedir cita a su loquero. ¿Cómo alguien, a quien le habían estado golpeando durante más de media hora, que está atado de pies y manos, puede tener esa parsimonia?

—     ¿No? ¿Nada? ¿No te decides? A lo mejor no me has oído bien. Ven, acércate, cielo. —Le hizo un gesto con la cabeza, acompañando su propuesta.

Sin saber muy bien porqué, el hombre accedió a su petición. Se acercó, ese fue su primer fallo. Lo hizo poniendo su oreja cercana a la boca de la mujer, como desafiándola a que le repitiera toda aquella monserga, con la valentía inconsciente que te dan ciento veinte kilos de puro músculo. Y el hecho de tener a tu contrincante atado, eso también. Ella le mordió la oreja, con la fuerza de un cánido. Él trató de separarse al instante, pero la mandíbula de ella no parecía estar por la labor. El forcejeo de fuerzas opuestas acabó como suelen acabar estas cosas, una parte cedió, en este caso fue parte de la oreja del armario empotrado.

Gritó. Gritó con la fuerza suficiente como para hacer que todas las aves de varios kilómetros a la redonda huyeran despavoridas. La sangre brotaba con la misma fuerza, parecía que tenía un corazón acorde al resto de su musculatura. La miró con ojos vengativos, no de esos inyectados en sangre, no, aquello iba en serio. Su mirada no pretendía sólo asustar, aunque lo hacía de maravilla, era una mirada que no dejaba espacio para la duda, te iba a matar, y no de una forma muy agradable.

Embistió contra ella, cegado en rabia, dolor y furia indomable. Ese fue su segundo error. Ella tuvo la calma suficiente para volcar su silla en el preciso momento en que la mala bestia llegaba. La inercia hizo el resto, que no fue otra cosa que hacerle empotrar contra la pared. Ella había aprovechado, desde la llamada y durante toda la cháchara y el juego de distracción posterior, para dislocarse los pulgares. Le resultaba ya fácil, por la práctica y por las veces que se los había curado mal, tras las mismas veces que se los había roto. Con los pulgares aún dislocados, y sin mostrar un ápice de dolor, se deshizo de las ataduras de las manos y los pies.

Aprovechó que el hombre estaba aturdido en el suelo, del autogolpe que se había propinado contra la pared, para echar un primer vistazo en condiciones a la habitación. Otra persona en su lugar lo que habría hecho es atacar a su enemigo, beneficiarse del momento, pero ella no. Eso le parecía hacer trampas.

La habitación no era gran cosa. Y dudaba que lo hubiera sido nunca. Las paredes, ahora salpicadas con su sangre, estaban pintadas de una especie de amarillo feo y con ese tipo de pintura que simula gotas cayendo. Había un par de cuadros, uno de ellos pretendía representar un bodegón, una especie de bandeja llena de fruta. Le dio la sensación de que la fruta original debía estar al filo de la podredumbre, a la vista del resultado de la obra. El otro era un retrato de un señor, bien vestido, con un traje negro y camisa blanca, pañuelo rojo en el bolsillo superior de la chaqueta, a juego con la corbata. Muy repeinado, con patillas casi hasta el cuello y un bigote fino, que le hacía parecer mayor de lo que debía ser en el momento de ser retratado.

Unas sábanas cubrían el mobiliario, a excepción de la silla en la que ella había estado acomodada. A pesar de ello, se atrevió a especular. Intuyo un sofá de dos plazas y dos sillones. En el centro de la estancia  se encontraba, lo que decidió era, una mesa de comedor, rodeada por media docena de sillas. También había una especie de mueble, posiblemente uno de esos que servían para guardar las bebidas buenas. Del techo colgaba una lámpara, de las que están repletas de cristalitos y que tan horteras le parecían a ella. El polvo era el denominador común de toda la decoración. Lo cual hacía resaltar, aún más, lo evidente: que estaban en una casa abandonada. La falta de ruidos en el exterior, le indicaban que la casa estaba abandonada a las afueras de alguna ciudad, o directamente en una ciudad, o urbanización, desierta. El estilo del mobiliario le decía que, casi seguro, era una casa abandonada en el planeta Rho Setón.

El gigantón parecía estar despertando, o eso indicaban los sonidos que éste hacía. Lo miró. No se había fijado demasiado bien en él, estaba más pendiente de encajar los golpes. Era un tipo que, de no ser por lo trabajada (en el peor de los sentidos) que tenía la cara, podía haber sido atractivo. Aunque salpicado de canas, mantenía la práctica totalidad de su cabello rubio, el cual peinaba con una raya en el centro de la cabeza, que parecía hecha por un delineante o un ingeniero de caminos. Las orejas tenían el tamaño justo. Sus ojos, marrones, escondían un no sé qué, una especie de ternura reprimida, tras su mirada asesina. Su boca, partida por una cicatriz en el lado izquierdo, dejaba ver una maltrecha dentadura. Su nariz había sido operada no menos de cuatro veces, y parecía estar a la espera de una quinta. Por un momento tuvo lástima de él. Parecía un buen tipo. Uno de esos que tienen la mala suerte de su lado siempre. Nacen donde no deben. Se juntan con las personas que lo le convienen. Y acaban llenos de cicatrices y muertos prematuramente, abandonados en una cuneta cualquiera o en una casa abandonada.

Cuando su compañero de estancia se había incorporado por fin, y parecía dispuesto a continuar donde lo había dejado, volvió a sonar el molesto zumbido.

—     ¡Qué! —Contestó ella, con una evidente indignación. Escuchó a su interlocutor y le hizo un gesto con la mano, alzando su dedo índice al gigante, y obsequiándole con una sonrisa a modo de disculpa. Este se quedó quieto, como los perros bien amaestrados, más por asombro que por educación. Ella se giró, dándole la espalda, para buscar más privacidad y continuar con la conversación— Lemmy, por todos los dioses, ¿no te he dicho que te llamaría luego? Ya sabes que ahora tengo otro asunto entre manos. Sí. Sí, lo sé. En cuanto acabé aquí te llamo. Vamos, Lemmy, no me jodas, ¿ahora estás llorando? Sí, ya sé cuánto me quieres. Sí… Cuelga…, luego te llamo. Adiós.

Miró al hombre y le volvió a sonreír.

—     Disculpa. Era Lemmy, mi ayudante. Parece que no puede vivir sin mí. Bueno, ¿por dónde íbamos?

Aquella pregunta, cargada de ironía, hizo que el hombre despertara de su letargo. Fue como si, de repente, hubiera recordado el propósito de su visita a aquel lugar, con aquella compañía. Volvió a embestirla. Ese fue su tercer, y último, error. Ella le propinó una patada en la entrepierna que, al unir la inercia de la carrera de él a la de la pierna de ella, hizo que se doblara por la mitad con la misma facilidad que una brizna de paja en la mano de un niño. Ella aprovechó el movimiento de bajada para propinarle un golpe en la mandíbula, con ambas manos juntas y con un movimiento seco. Él comenzó a tambalearse, la miraba entre aturdido y consternado. ¿Cómo podía una mujer de poco más de cincuenta kilos hacerle tambalear? La respuesta era que ella era una maestra en varias artes de defensa personal. Había pasado muchas épocas de su, corta, vida en el Imperio Delta Tami, tomando clases de los mejores maestros. Estaba cerca de que la reconocieran como guerrera Oseb Henza, uno de los más altos honores.

Antes de que dejara de tambalearse y pudiera reaccionar, le propinó una patada (con medio giro de su cuerpo), en el cuello. Fue un golpe definitivo, y de una belleza plástica y una maestría digna de aplauso. La lámpara de cristalitos, y el resto de muebles, tuvieron la tentación de sacar unos carteles y puntuarla, nunca por debajo del nueve. El gigante cayó desplomado, cual tronco de árbol recién talado. Con ánimo más de dejarlo fuera de combate, que de rematarlo, le dio una patada en la cabeza. La que le dio en el estómago sí que fue por amor al arte, por darse el gusto. No había rencor en ninguno de los golpes que le había propinado. El rencor nunca era una opción para los luchadores de ninguna de las artes de defensa que ella había aprendido. Además, sabía que, en el fondo, el hombre estaba haciendo su trabajo, como ella.

Tras ponerle unos grilletes de gwyntiranio, uno de los metales más resistentes, tanto en manos como en pies, y comprobar que aún respiraba, llamó a su cliente.

—     ¿Hola? ¿Rómulo? ¿Puede ponerse él? De parte de Less.

Rómulo, su cliente, era Rómulo Carriani, un teniente de la Guardia de la Républica de Ryk, en el planeta Terra Cota. Ella y él eran buenos amigos. Se conocieron en el ejército del Senado, en Tecnópolis. Ella estuvo allí con un contrato de tres años, y él ya era suboficial. Le tenía en gran estima, ya que siempre la ayudó. Incluso en momentos difíciles, como cuando la acusaron de insubordinación a un coronel. Acusación totalmente falsa, ya que había sido el coronel quién cometido un delito, acosándola sexualmente, y ella lo único que hizo fue defenderse y denunciarlo. Por ese orden. Lo cual no fue lo más inteligente, ya que el coronel necesitó más de cinco horas de cirugía para que su cara se asemejara lo más posible a cómo era antes de sobrepasarse con la chica equivocada.

Y Rómulo la ayudó. Él proviene de una familia acomodada y, porque no decirlo, con influencias. Su padre, Lippo Carrisi, es Senador del Sistema y vicepresidente de la República de Ryk. Lo cual en este caso, el tener más influencias que el coronel, era importante. Le buscó una buena defensa y, no sólo consiguió que retiraran los cargos contra ella, sino que condenaron al coronel por acoso, contra ella y contra otras doce chicas más. Ese era el principal motivo por el que había aceptado este caso, le debía una a su amigo.

—     ¿Less? —Era la voz de Rómulo. Sonaba inquieto, emocionado.
—     Hola Rom. Ya tengo lo tuyo. Atadito, ¿le pongo un lazo también y te lo envió como regalo?
—     ¿Has conseguido dar con ese bastardo?
—     Sí. No fue fácil, pero sí.

El bastardo en cuestión. El gigante al que Less había sometido y tenía apresado, era Leon Coh, un miembro de una de las familias mafiosas más importantes de todo el Sistema Psi Deral. Asentada en el planeta Cy Phoes, tenían negocios en los cuatro planetas.

—     No sabes el peso que me has quitado de encima. —Daba la sensación de que Rómulo iba a romper a llorar.
—     Lo sé, Rom, lo sé.

El tal Coh había matado al compañero de Rómulo en la Guardia de la República, Senn Totto. Ni siquiera fue una muerte por encargo, no es que de ser así hubiera tenido justificación alguna, el bueno de Senn se topó con Leon en una taberna. Se enzarzaron en una trifulca y Leon lo mató a golpes en el callejón trasero. Rómulo tardó en averiguar quién había sido el culpable. No por falta de testigos, sino por falta de alguno que quisiera contar lo que había visto. Una vez que tuvo la certeza, llamó a Less  y le hizo el encargo.

—     Su familia te lo agradece. —Senn había dejado mujer y tres niñas— Y yo. Yo también te lo agradezco. Te debo una Less.
—     No. No me debes una mierda. Tú me has ayudado siempre. Ni siquiera estamos en paz. Estamos lejos de estar en paz.
—     Deja al menos que te pague.
—     No. Éste corre de mi cuenta. El próximo ya veremos.
—     Espero que no haya próximo.
—     Yo también. —Soltó una leve risita que le contagió a su amigo— Bueno, ¿qué quieres que haga con él? ¿Te lo llevo ahí para que lo puedas interrogar a gusto y tenga un juicio justo?
—     No.
—     ¿No?
—     No. Con gente como él es difícil que haya un juicio justo. —Su voz sonaba seria, apesadumbrada.
—     Bueno, tú dirás entonces.
—     Deshazte de él. —Había rabia mal escondida en esas tres simples palabras.
—     ¿A qué nivel?
—     A nivel molecular.
—     Entendido, Rom. Espero que nos veamos pronto.
—     Yo también lo espero. Al menos me dejaras pagarte unas rondas.
—     Sí, eso siempre. —Ambos rieron fuerte, a modo de punto y final a la conversación.



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martes, 8 de abril de 2014

15 Días Para El Lanzamiento: Competencia

Todo empezó aquí: Día 70


Mi mejoría en las prácticas de pilotaje está llegando a cotas insospechadas, sobre todo para mí, y bien orgulloso que estoy. Los de la Agencia, sin embargo, no comparten mi entusiasmo. Deberían hacérselo mirar. Tanto negativismo no puede ser bueno. Ellos siguen empecinados en que no llego a los mínimos para que el proyecto no corra más riesgos de los necesarios. Yo sé que en realidad de lo que se preocupan es de las naves, no de mi persona. Pero no se lo tengo en cuenta.

En realidad, no es culpa mía…, del todo… Y es que estos días están siendo los más estresantes desde que llegue a la base y comencé los entrenamientos, y eso es mucho decir. Pero es culpa de ellos. Hace tres días que trajeron un mono, para las prácticas de pilotaje, y me siento mucho más presionado. Es la primera vez que me empiezo a ver fuera del proyecto. Pero es que el jodido mono a es capaz de despegar y aterrizar sin llevarse nada por delante, ¡en sólo dos prácticas!

Debo relajarme, para que todo esto no se me escape de las manos. Con lo bien encarrilado que lo llevaba yo… O eso, o veo de buscar alguna pistola, navaja de afeitar, veneno… Y acabar de una vez por todas, y suicidar… al mono… 


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domingo, 6 de abril de 2014

#150Palabras (Amigo, Cumpleaños, Sorpresa): Regalo


La historia hasta el momento: (I) Dibujo, (II) Nos Vemos Pronto y (III) Viaje Astral.



—     Inspector, tiene una llamada por la línea dos.
—     ¿Quién es?
—     No lo ha querido decir, sólo ha dicho que era un amigo y que quería felicitarle el cumpleaños.

El inspector descolgó el teléfono, presionó la tecla de la línea dos y contestó.

—     ¿Dígame?
—     Hola, inspector Corbinos. Permítame que le felicite.
—     ¿Quién es?
—     Oh… Vamos, inspector… Me decepciona. Me está arruinando la sorpresa…
—     ¿Eres el asesino de los moteles?
—     ¿Así me llaman? No me gusta el nombre…
—     Dime, ¿en qué te puedo ayudar?
—     Usted a mí en nada, mi querido amigo…
—     No somos amigos, tu eres mi presa y yo tu cazador.
—     Que tierno… ¿En serio cree eso, inspector? Bueno, dejemos los preliminares. Le llamaba para entregarle su regalo.
—     ¿Regalo? ¿Te vas a entregar?
—     No. Pero le doy la opción de salvar a una chica de dos. Ahora le facilitaré ambas direcciones. Una está muerta y la otra no. Elija sabiamente. 


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