viernes, 10 de enero de 2014

La Puerta Del Horizonte (4 de 4)

El camino hasta ahora... (1), (2) y (3).









Desde luego no estaba en el estudio de Gomez-Delvalle, eso estaba claro. Más que nada porque estaba en medio de la nada. Aquello parecía un páramo, o al menos él se lo imaginaba así, ya que nunca había estado en ninguno. Caminó hasta encontrar un emplazamiento algo más elevado, con la esperanza de divisar algún lugar reconocible o cualquier tipo de zona habitada.

En la lejanía, según sus cálculos a un par de kilómetros, se veía algo parecido a un pueblo. No distinguía ningún edificio alto, así que debía ser un pueblo. Fue caminando hasta él. El camino estaba adoquinado y era más bien recto, salvo un par de curvas en forma de ese. El paraje a ambos lados era desértico, el terreno parecía arcilloso en algunos lugares. A la mitad de la distancia, más o menos, un ruido le sobresaltó. Miró al cielo y no podía creer lo que estaba viendo. De hecho, se frotó un par de veces los ojos y se pellizcó. Aquello seguía desplazándose por el cielo así que, debía ser real, por mucho que discordara con el resto del paisaje. Era una especie de aeronave, no demasiado ruidosa, pero si lo suficiente como para notarla desde el suelo. De un tamaño intermedio, algo más grande que una avioneta, más o menos como un avión privado. O como él creía que debía ser un avión privado, según lo visto en las películas. El diseño era mucho más moderno, eso sí. Aún con la boca abierta, la vio desparecer en un abrir y cerrar de ojos. A una velocidad inusitada.

Tras poco más de media hora caminando llegó a su destino. Lo que vio allí le turbó más. La discordancia entre la nave y el pueblo era ahora mucho más evidente, mucho más grande. La mayoría de las casas parecían estar hechas de adobe, aunque no era un experto en arquitectura, ni albañilería. También había algunas construidas con piedra, pero eran las menos. A la entrada del poblado se encontraba lo que a todas luces era una especie de templo. Majestuoso, sin duda. Con unas columnas que parecían perderse en el cielo. También había alguna estatua, suponía que representando deidades. Le resultaba apasionante, a la par que inquietante y sospechosamente familiar.

La imagen que divisó a lo lejos, más allá del pueblo, terminó de rematarle. Eran dos pirámides inmensas y, aunque estaba a una considerable distancia, parecían estar en perfecto estado, como recién construidas.

Después del shock, comenzó a fijarse en la gente, en los lugareños. El aspecto de la mayoría era bastante similar al suyo, no en las vestiduras, las de ellos eran muy livianas, de lino, acordes con el clima que reinaba. El aspecto físico sí que se asemejaba a los humanos. Si bien es cierto que había unos cuantos con el cráneo ligeramente cónico, a falta de una palabra mejor. También los había, aunque eran los menos, que tenían como cabeza la de algún animal. Una mezcla de lo más variopinta.

No demoró más tiempo lo inevitable y se decidió a preguntar. En ese momento se dio cuenta de a él también lo miraban con extrañeza.

—     Disculpe… —Se dirigió al primer transeúnte que se encontró. Este dio un respingo, como falto de costumbre de ser abordado en plena calle.
—     Eh… ¿Sí? ¿Es a mí? —El hecho de entenderlo y ser entendido ya ni siquiera le asombró. ¿Por qué no iba a ser así?, pensó. No era ni remotamente lo más raro que le había pasado o visto.
—     Sí. A usted. —No se atrevió a decantarse ningún género, ya que todavía no tenía claro si era hombre o mujer, o cualquier otra variedad. — ¿Sería tan amable de indicarme dónde estoy?
—     ¿En qué sentido? —La voz empezaba a hacerle decantarse por el género masculino. No arriesgó de todos modos. Siguió con el lenguaje neutro.
—     Me refiero a que si sería tan amable de decirme en qué lugar me encuentro.
—     ¿Con respecto a qué o quién o cuándo?
—     A todo en general. —Fue lo máximo que pudo decir, se sintió abrumado por tanta pregunta existencial.
—     Bueno, pues nos encontramos en la ciudad de At Rhibis, en el reino de Firon, en el planeta Terra Cota, dentro del sistema solar Psi Deral. Y el año de este planeta es el diecisiete mil doscientos veintinueve de la tercera era. El año global no lo recuerdo ahora mismo, lo siento.
—     ¿Qué? —Podía haber esperado infinidad de respuestas pero, desde luego, esa no era una de ellas.
—     Que nos encontramos en la ciudad de…
—     Sí, le he oído, gracias. —Le interrumpió— ¿No estamos en la Tierra entonces?
—     En Terra Cota, sí.
—     No, me refiero a la Tierra. Ya sabe, la Tierra de: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte… —Aquello pareció hacer sonar una campana en la cabeza de su interlocutor. Terminó de atar cabos.
—     Espere aquí. —Dijo, y sin apenas dar tiempo a Pablo a contestar se marchó con paso firme y ligero.

Lo vio alejarse y entrar en uno de los edificios más grandes, de los que estaban hechos con piedra más que de adobe. Al no saber cuánto iba a tardar buscó un lugar más resguardado del sol. Se fijó bien, no parecía ser un único sol, aunque bien es cierto que mirar directamente le deslumbraba. De todos modos le daba la impresión de ver dos soles. Los lugareños no parecían prestarle mucha atención, cada uno iba a sus cosas. Unos trabajando, otros de compras, alguno incluso parecía llevar algún tipo de aparato reproductor de música, si es que eso era posible, que ya no descartaba nada.

Pasados unos diez minutos regresó su interlocutor, acompañado de otro ser, ¿persona? Se le acercaron. El que ya conocía fue el primero en hablar.

—     Este es Hem, y yo soy Eudor, que antes no me presenté.
—     Encantado, yo soy Pablo.
—     Le he explicado a él lo que me ha contado. —Continuó sin dar más importancia a quién era cada uno.
—     Ajá.
—     Estamos asombrados. —Habló Hem por vez primera, su voz era grave, pero amable. Desprendía sinceridad.
—     ¿Y eso por qué?
—     Bueno… No pensábamos que siguiera habiendo vida allí. Aunque es cierto que hace mucho que no vamos por ese sistema solar.
—     ¿Eh?
—     Sí, hemos estado viajando a lo que usted llama Tierra, durante milenios, pero ya hace varios cientos de años que nos prodigamos menos. Hasta el punto que yo creía que ya se habrían aniquilado los unos a los otros…
—     Bueno, pues ya ve que no. Y, la pregunta es, ¿me podrían ayudar?
—     Sí. Y, nuestra pregunta es, ¿cómo ha llegado aquí?

Pablo les explicó toda su aventura, sus saltos temporales, no sabía muy bien si, también, entre universos paralelos,  y ahora aparentemente, siderales. Hem y Eudor le escuchaban con atención, aunque a veces, por sus gestos, parecían no creer lo que escuchaban, aunque la evidencia era clara: Pablo estaba allí. Y no había noticias de la llegada de ningún tipo de nave no reconocida.

—     ¿Pueden ayudarme entonces? —Concluyó.
—     Podemos y lo haremos.
—     Gracias. —Sonrió.
—     No se merecen. Lo haremos a la vieja usanza.
—     Lo cual significa…
—     Venga con nosotros.

Lo llevaron a uno de los edificios, posiblemente al que entró anteriormente Eudor para buscar a Hem. Le hicieron pasar a un cuarto, y le indicaron que se sentara.

—     Muy bien Pablo, ¿preparado?
—     Claro. ¿Me va a doler?
—     No.
—     ¿Qué van a hacer? ¿Algún tipo de conjuro?
—     ¿Conjuro? No, no vamos a curarle un dolor de cabeza. —Ambos lugareños rieron. Pablo intuyó que de él. —No, vamos a devolverle como hemos hecho siempre.
—     ¿Y eso es…? —Notó un fuerte pinchazo en la nuca, aguantó el grito y cerró los ojos.

Sonó una especie de campana o timbre. Era repetitivo y cansino. Abrió los ojos para ver de qué se trataba. Al abrirlos sintió un sudor frío por todo su cuerpo. Lo que sonaba era su despertador, y lo que veía a su alrededor era su cuarto. Esta vez no tenía dudas, era su cama, su ropa tirada por el suelo y sobre una silla… Era su cuarto, sí o sí. Miró la hora, eran las siete  y cuarto de la mañana. Cogió el móvil para mirar la fecha era el día diez de enero de 2014. Pero… No podía ser, el día diez de enero era la fecha en la que él iba a realizar su conjuro. ¿Había sido todo un sueño? Quizá sí, aunque sentía ligeramente entumecida su nuca, en el lugar donde había notado el pinchazo. Sin embargo todo lo demás indicaba que no se había movido de allí. Sí, debió ser un sueño, era lo más plausible. Lo que sí tenía claro ahora era que, ni por asomo iba a realizar el conjuro. Que el horizonte se quede donde está. Que el misterio permanezca oculto, que sea otro el que lo desvele, si quiere. Él, desde luego, no iba a arriesgarse a que lo que había soñado se convirtiera en realidad.

Mientras tanto, al otro lado del universo, en el sistema Psi Deral, Hem y Eudor trataban de encontrarle explicación a la aparición de aquel hombrecillo.

—     Es increíble, ¡con un conjuro! Sólo espero que no se le ocurra a nadie más. Lo único que faltaba es que se nos llenara esto de monos sin pelo…
—     Ya te digo Eudor… ¿Lo comunicamos a las autoridades de Tecnópolis?
—     No, creo que lo mejor es que, de momento, quede entre nosotros.
—     Sí, será lo mejor… ¿Nos hacemos unas gordas ahí, en lo de mi cuñado?
—     ¡Sean!

Y ambos se marcharon a tomarse unas pintas a la taberna del cuñado de Hem.



FIN


Foto cortesía (una vez más) de Diego Escolano


jueves, 9 de enero de 2014

La Puerta Del Horizonte (3 de 4)

En episodios anteriores... (1) y (2)











Reconocía el paisaje, se había criado allí después de todo, pero ahora era radicalmente distinto. No había torres de apartamentos, ni urbanizaciones. Aquello era un descampado con todas las de la ley. Caminó hasta dar con una casa, a todas luces de labranza, y llamó a la puerta. Abrió un hombre robusto, recio, con el rostro cincelado por horas de trabajo a pleno sol.

—     ¿Qué? —Su voz era seca, sin un ápice de amabilidad.
—     Hola, buenos días caballero. —El labriego le miraba de arriba abajo. — ¿Me permite una pregunta?
—     Sí. ¿Qué?
—     Gracias. Verá, ¿sería tan amable de decirme dónde estoy?
—     En San Fernando de Henares, ¿dónde va a estar si no? —Seguía escudriñándole, pero sin tratar de hacer averiguaciones.
—     Ajá, lo sospechaba. Y el año es…
—     Mil setecientos ochenta y siete. ¿Sabe cómo se llama o eso tampoco? Porque ahí me temo que no le puedo ayudar.
—     Sí, eso lo sé, gracias. Sólo una cosa más. ¿Me puede indicar el camino hacia Madrid?
—     No es de por aquí, ¿verdad? —Finalmente se atrevió a preguntar el lugareño.
—     En realidad sí, pero vengo del futuro, y esto está muy cambiado. —Contestó sin inmutarse.
—     Ah… Pues mire, vaya todo recto hasta el camino y entonces a la izquierda. Siga las indicaciones. —Replicó con la misma naturalidad el labriego.

Tras casi cuatro horas de camino y un par de ellas haciendo averiguaciones, dio con lo que él creía que era su única esperanza: la residencia de un alquimista de la época, Gustavo Gómez-Delvalle Mendiolagarai. Una eminencia en las artes del esoterismo, la nigromancia y la brujería. Si alguien le podía ayudar a volver a su hogar y al año correcto era él.

Antes de llamar a la puerta, un leve suspiro salió de su boca. Era un momento emocionante. Había conocido a muchos hechiceros, brujos y demás, pero no a una leyenda como él. Entre otras cosas por lo evidente, no eran coetáneos. Hizo sonar el picaporte. Esperó. Tras un par de minutos repitió. Siguió esperando. A la tercera fue la vencida, se oyó una voz murmurar mientras se acercaba a la puerta. Al abrirse la puerta asomó una figura delgada, espigada, con el pelo oscuro y la tez pálida de haber pasado mucho más tiempo en interiores que en exteriores. Tenía que ser él, aun así preguntó.

—     ¿El señor Gómez-Delvalle? —Su voz sonaba nerviosa, por primera vez desde que empezó la aventura. Tuvo que reprimir sus ganas de pedirle un autógrafo.
—     El mismo, ¿quién lo pregunta? —Su voz era atiplada, Pablo se sintió algo decepcionado por eso.
—     Hola señor Gómez-Delvalle, soy Pablo Madriñan Herbello. Es un honor para mí conocerle. ¿Me permite que le estreche su mano?
—     ¿Ha venido a mi casa para estrecharme la mano?
—     No… No, claro que no. No, señor Gómez-Delvalle…
—     Llámeme Gustavo, me va a desgastar el apellido si lo sigue repitiendo.
—     Sí, señor, como quiera, don Gustavo. —Se escuchaba hablar y se avergonzaba de sí mismo. Del ridículo que, a todas luces, estaba haciendo. ¡Y ante tamaña eminencia!
—     Anda, entra y relájate. A ver si así me puedes decir lo que quieres.

La casa era a su vez el laboratorio, por llamarlo de alguna manera, del alquimista. Tenía pocos muebles, un par de sillones, una cama, un par de espejos de cuerpo entero, una mesa con sillas (presumiblemente para comer), y otra mesa llena de vasijas, frascos, papeles con anotaciones... Su nerviosismo iba en aumento. Trató de tranquilizarse, sin demasiado éxito, y comenzó a explicarle porqué y cómo había llegado hasta allí. Desde dónde y, lo más importante, desde cuándo.

Gustavo, contra todo pronóstico, dedicándose a lo que él se dedicaba, parecía ser reticente a creerle. A pesar de los detalles que le había dado sobre su conjuro. A pesar de haberle enseñado aparatos modernos, como su reloj digital o su teléfono móvil. Ni siquiera su ropa parecía dar el punto definitivo para ser creído. Entonces recordó algo, una noticia que había leído hacía poco más de un mes, y en la que el nombre de Gustavo Gómez-Delvalle Mendiolagarai había salido a relucir. Probó suerte, aunque no recordaba  a ciencia cierta si para Gustavo ese acontecimiento había sucedido ya.

—     Hace unas semanas leí una noticia en la que salía su nombre. —Captó su interés, así que prosiguió. — En ella usted había ayudado a alguien de mi época. Al parecer le avisó de un acontecimiento que iba a suceder, y que él podía evitar. La persona a la que ayudó era un tal Roberto, como era… Roberto Dóle…
—     ¿Roberto Dólera Marhuenda?
—     Sí, ese.

Ese dato pareció ser el que acabó por convencer al brujo. Pablo respiró de alivio. Ya se veía atrapado en el siglo XVIII para el resto de sus días. Gustavo se interesó por cómo había acabado la historia, y se alegró de que hubiera sido con buen final. Después de eso comenzaron ambos a averiguar el mejor modo de hacer regresar a Pablo al año 2014.

No era tarea sencilla, ya que alguno de los ingredientes que había usado para su conjuro no eran muy fáciles de conseguir. Al menos no en un espacio de tiempo razonable. Tenían que improvisar, cosa que nunca es buena, pero si hablamos de alquimia, de conjuros… Ahí la improvisación es directamente proporcional a la fatalidad. Pero era un riesgo que estaba dispuesto a afrontar Pablo.

Por fin, tras unas semanas de arduo trabajo, llegaron a la conclusión de que habían dado con la formula correcta. Antes de realizar el hechizo se fundieron en un abrazo y Gustavo le deseó suerte. Pablo se limitó a sonreír, con todo el miedo del mundo. No en vano, y tras sus resultados anteriores, las posibilidades de éxito no eran muy esperanzadoras. No se iba a echar atrás, eso tampoco, pero el temor estaba ahí.

Mezcló los ingredientes de la receta, mientras recitaba el conjuro, una vez más. Estaba vez las palabras eran distintas, confiaba en que eso le fuera a su favor.

—     … posulim abiajaf moriarde… —Cerró los ojos e hizo lo más parecido que sabía a rezar.

Y de nuevo la cadena de acontecimientos. Parada de tiempo, horizonte hacia él, estruendo y calma tensa. Abrió los ojos. No había funcionado. 


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Foto cortesía de Diego Escolano.

miércoles, 8 de enero de 2014

La Puerta Del Horizonte (2 de 4)

Ayer...





Miraba a su alrededor, todo parecía familiar, pero distinto de algún modo, en algunos matices. Desde luego estaba en su casa, reconocía la vista que veía a través del ventanal. Reconocía el interior, pero había diferencias. La decoración, por ejemplo, era mucho más moderna. Todo estaba como más conjuntado, como con un propósito. Su decoración no era así para nada. La suya era más por acumulación de objetos, de chismes y muebles que se suponía que debían estar en una casa, que por haberse molestado en ojear alguna revista, o haber pedido consejo a algún profesional. Así y todo estaba claro que era su casa.

Desde luego las fotos que había allí parecían corroborarlo. En ellas aparecían sus padres, tíos, primos, abuelos, toda clase de familiares y amigos, excepto él. En su lugar aparecía una niña, una muchacha o una mujer, dependiendo de la época de las instantáneas. Un grito le pilló por desprevenido y le hizo dar un salto tal que casi toca el techo con la cabeza. Algo que habría sido meritorio para su escaso metro setenta.

—     ¿Quién es usted? —Dijo la voz que había gritado, y que pertenecía a una mujer de unos cuarenta años. La reconoció, era la mujer de las fotos.
—     ¡Eso mismo podría preguntar yo! —Contestó sin miedo a que la mujer le atizara con la sartén que blandía en su mano derecha.
—     ¡Pero está usted en mi casa! —La voz de la mujer sonaba cada vez más nerviosa. La sartén estaba con ganas de hacer su trabajo contra la cara del intruso.
—     Bueno, bueno, eso es debatible... —Contestó aún sin un ápice de temor y con todo un muestrario de inconsciencia. — ¿Puedo saber su nombre, señorita?
—     Paula Madriñan Herbello. —La mujer no podía creer que le estuviera dando su nombre a un desconocido, a un intruso.

Esto le desconcertó.

—     ¿Perdón? —Preguntó contrariado.
—     Paula Madri… ¡Ya está bien! ¡Contésteme usted antes de que llame a la policía! —Esto le pareció una amenaza un poco tonta, ya que si iba a llamar a la policía de todos modos, era inútil que se identificara.
—     Yo me llamo Pablo Madriñan Herbello. —Contestó a pesar de todo.

Ahora estaban desconcertados ambos.

—     ¿Es alguna clase de broma? —Preguntó ella, tras unos segundos de silencio. — Porque de ser así no tiene ninguna gracia.
—     En absoluto, señora…
—     ¡Señorita! —Se apresuró a interrumpir.
—     … Señorita Madriñan. ¿Sería tan amable de decirme en que año estamos?
—     ¿Eh? En… Eh… —Seguía desconcertada ante la parsimonia del intruso. — En 2014.
—     Ajá. Curioso. Y estamos en San Fernando de Henares, ¿me equivoco?
—     Eh… No… No se… No se equivoca. —La sartén parecía haberse rendido, ahora colgaba junto a la pierna de ella.
—     Pues ha funcionado entonces. No como esperaba, qué duda cabe, pero ha funcionado.
—     ¿Eh? ¿Qué? Ha funcionado, ¿el qué? —Paula seguía sin saber si reír, llorar, atizarle con la sartén o llamar a la policía. No hizo nada de eso, le siguió el juego. — Explíquese.

Pablo le contó todo lo que había estado investigando, sus averiguaciones, y cómo estas le habían llevado a ese momento, en ese lugar. Un momento y lugar similares a los que él había abandonado, pero evidentemente distintos. Por lo visto sí había sido una puerta, lo que no estaba muy claro si había sido a otro lugar, a otro universo paralelo o, si por el contrario, la única variable había sido que sus padres habían tenido una niña en lugar de un niño.

—     Es algo que voy a investigar tan pronto como regrese a mi casa, a mi tiempo. —Ella le miraba boquiabierta. Pero por mucho que le costara admitirlo, tenía sentido. Ella había sentido las mismas inquietudes, aunque nunca había dado paso alguno para saciarlas. — Un placer haberte conocido Paula.
—     Igualmente, supongo… —Contestó, mientras le estrechaba la mano que él le había ofrecido.

Sacó todos los elementos que había traído consigo, por si salía bien el conjuro (como así había sido), y tenía que volver a casa. Los fue mezclando en los recipientes que su alter ego femenino le había facilitado, mientras recitaba el hechizo, con la vista clavada en el techo.

—     … jardum grafodel amtan…

Los acontecimientos se repitieron. El tiempo se paró, el horizonte se abalanzó sobre él, el trueno y después la calma tensa. Pero el resultado no fue el esperado.



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Foto cortesía de Diego Escolano.

martes, 7 de enero de 2014

La Puerta Del Horizonte (1 de 4)

Inspiración, foto de Diego Escolano






Las nubes se alineaban hacia la puesta de sol, como si ésta fuera un túnel que llevara a otra realidad, a otro mundo. Quizá así era, pensó hace años, quizá es lo que se esconde en ese horizonte infinito, inalcanzable. Sabía que tras ese horizonte había ciudades, casas, colinas, mares. Pero ese no era el concepto. La idea del horizonte era más grande que todo eso.

¿Por qué, si no, iba a ser un punto al que nunca se podía llegar? Esa debía ser la puerta. La Puerta. Una puerta a otra realidad. Estaba convencido de ello. Sabía que era así, el problema era que no podía demostrarlo. O no había podido a hasta entonces. Había tenido muchas ideas durante estos años, todas ellas infructuosas. El horizonte parecía ese amante esquivo que sabe bien cómo evitar encuentros no deseados. Que conoce tus intenciones y que se adelanta a tus acciones. Que en un momento dado no dudaría en dejarte en evidencia delante de todo el mundo, si fuera menester.

Pero creía haber dado con la manera de vencerle. De poder probar que él tenía razón. De acceder por esa puerta a otros mundos, otras realidades, quién sabe si a otros tiempos, antiguos o futuros. Lo que sí sabía era que no iba a tardar mucho en averiguarlo.

A lo largo estos años que llevaba obsesionado con el horizonte, con la puerta que éste escondía, había leído mucho. Había estudiado culturas que ni siquiera sabía de su existencia. Había hablado con chamanes, brujos, magos, hechiceras, curanderas. Toda una gama de esotéricos de todos los países, de todas las condiciones. Y había podido recopilar mucha información. Muchos textos. Conjuros, hechizos, encantamientos, sortilegios… Quizá tenía la mejor colección de ellos. Desde luego los había aprendido de los mejores. Era un alumno aventajado de varias decenas de genios del esoterismo, del ocultismo, de la magia. Se podía decir que él era único. Un elegido. El Elegido.

De todos modos, a pesar de su confianza extrema en sí mismo. A pesar de saberse el mejor, en el campo de las ciencias ocultas siempre había riesgos. No había pruebas a menor escala. La prueba y error, no solía ser una opción, porque el error podía ser de consecuencias épicas. No sería el primero que tras un hechizo había perdido sus cejas por algún tipo de explosión. Y eso en casos menores, en los que el hechicero salía bien parado (no tanto su orgullo) y podía contarlo.

Sin embargo él no pensaba en nada de eso. De haberlo hecho no habría recorrido el mundo entero para llegar a ese momento. Así pues dispuso todos los elementos sobre la mesa, la sangre de hipopótamo, un diente de gacela, sudor de una virgen (que dejó de serlo), flor de azahar, gordolobo, flor de lys, belladona (no había receta de conjuro, hechizo, sortilegio, que se preciara, que no llevara belladona), la uña de un mandril, agua de desierto y aloe vera (que iba bien para todo). Repasó un par de veces la lista, comprobó que estaba todo correcto y que lo había colocado en el orden correspondiente. Pasó la página de su libreta y allí estaban las frases que lo iban a hacer la persona más famosa del momento. Y por qué no, de la historia.

Suspiró. Más por la emoción, contenida, del momento, que por miedo al fracaso. No era una opción. Fue mezclando meticulosamente todos y cada uno de los ingredientes. Iba acompañando esta tarea con las palabras, las frases, que tenía anotadas. No estaban todas en el mismo idioma. Alguna, incluso, lo estaba en alguna lengua muerta. Pero esa era la clave de su éxito, había juntado la sabiduría de civilizaciones tan lejanas en el espacio y en el tiempo, pero tan cercanas en el conocimiento. Nadie lo había hecho nunca. Nadie había indagado tan a fondo.

El momento se acercaba, tras mezclar los dos últimos ingredientes, extendió sus manos y mirando al cielo (bueno, en su caso al techo de su casa), recitó las últimas palabras: jardum grafodel amtan…

Esperó unos instantes antes de sacar conclusión alguna. De repente sucedió algo. El tiempo pareció pararse (al menos el reloj de su salón lo hizo) y la imagen del horizonte que tenía frente a él, que veía a través del ventanal, se acercó hacia él a tal velocidad que su instinto le hizo apartarse a un lado. Parecía una de aquellas secuencias de películas del espacio, en que una nave implementaba su velocidad y las estrellas parecían hacer una especie de pasillo. Hubo un estruendo, una especie de trueno que le hizo estremecerse, los cristales temblaron, incluso alguno se agrietó. Y después una calma tensa. 



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sábado, 4 de enero de 2014

I Put Your Records On

I Put Your Records On es la canción de The Pierces que hizo que este texto surgiera.



Pongo tus discos a diario. Cada segundo que paso en casa suena tu música. Lleno cada estancia de las melodías que tanto te gustaban. Lloro con las canciones que te entristecían y trato de bailar, sin mucho éxito, con las que tanto te animaban. Pero nada es igual. Las notas van rebotando por las paredes, chocando con los muebles cual quinceañero al volver a casa tras su primera borrachera.

Nada es igual, porque tú ya no estás. Da igual la música que suene. Da igual que impregne de tu aroma cada sillón, cada cortina. Que en los espejos se amontonen tantas fotos tuyas que apenas puedo ver mi imagen reflejada. Tampoco es que quiera verla. Lo que refleja es una imagen burda de lo que yo he sido, una mala caricatura de la persona que tú conociste. 

No te culpo. No podría. El tiempo que pasé junto a ti no me permite culparte de nada. Ni siquiera de este doloroso vacío que has dejado. Si me hubieran arrancado el corazón estaría más vivo. 

De hecho es lo que hicieron. Aquel fatídico día, en que aquel coche se te llevo de entre nosotros a mí me arrancaron el corazón. Y eso nunca volverá, por mucho que me engañe poniendo tus discos. Por mucho que tu aroma esté esparcido por todas partes. Por muchas fotos tuyas que suplanten mi imagen. Nunca volverás. 

Pero no te preocupes, mi amor, volveremos a bailar juntos muy pronto. Danzaremos al son de los Stones o de Springsteen. Lloraremos juntos mientras escuchamos aquellos tangos desgarrados de Gardel o aquellas melodías de Chopin. Pronto. Muy pronto. Tan pronto como el corazón que me arrebataron deje de bombear más sangre. Tan pronto como caiga la última de las gotas de mis muñecas, volveremos a estar juntos. Eternamente.